Análisis

Mons. Sergio Gualberti: El tesoro escondido y la perla preciosa

En el texto del evangelio de hoy, continuación de los dos domingos anteriores, Jesús sigue enseñando, por medio de parábolas, sobre el Reino de Dios, tema central y la gran novedad de su predicación. El Reino de Dios, es un misterio tan grande y tiene tanta relevancia en nuestra vida de discípulos, que no debe extrañarnos esa insistencia de parte de Jesús al punto de enseñarnos a pedirlo a Dios como don en la oración del Padre nuestro: “Venga a nosotros tu Reino”.

Jesús, en estas parábolas presenta dos comparaciones muy elocuentes para destacar el valor inestimable y supremo del Reino sobre todas las demás cosas: un tesoro escondido y una perla preciosa. Cuando escuchamos estas palabras, “tesoro” y “perla preciosa”, enseguida en nuestra mente pensamos en objetos muy deseados y de gran valor. Un tesoro no es algo que todos encuentra a cualquier esquina y cada día, encontrar un tesoro significa un giro y un cambio total en la vida, hecho que exige actuar muy rápido y sacrificar todo para hacerse de él.

Así actúan tanto el hombre del evangelio que ha encontrado un tesoro en el campo: “lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo”, como el negociante que descubre una perla de gran valor: “fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

Los dos hombres para poder dar ese paso, por un lado han tenido que darse cuenta del valor de lo que habían encontrado y por el otro han tenido que desprenderse de todo lo que tenían.

Han tenido que tomar una decisión, sin titubeos y miedos, solo así han conseguido las riquezas descubiertas.

Jesús, con estas parábolas, está anunciando claramente que el Reino de Dios es el verdadero tesoro que exige la decisión definitiva y valiente de venderlo todo, porque, ante este tesoro, todos los demás bienes son secundarios, añadiduras. En efecto, ese jornalero al descubrir el tesoro, “Lleno de alegría”, fue a vender todo. Cuando uno descubre que el Reino de Dios es el único y verdadero bien que colma nuestro profundo anhelo de amor, de felicidad y de vida, con alegría enfrenta cualquier sacrificio para ser digno de ese don. El Reino es de Dios, pero para nosotros; por eso se vende todo para ganar verdaderamente todo.

La alegría es el primer regalo del Evangelio, que nos hace descubrir que el Reino es la misma persona de Jesucristo, muerto y resucitado, el viviente que sale al encuentro de todos. La alegría de encontrar a Jesús de una manera personal, reconocerlo como el amigo y el salvador, nos motiva a dejarlo todo para estar siempre con él.

El cristiano está feliz porque ha encontrado el tesoro, por eso no es una casualidad que el Papa Francisco nos haya regalado como su primera exhortación apostólica la: “Evangelii gaudium – La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. Con estas palabras el Papa Francisco manifiesta la convicción profunda de que, en Jesucristo, el éxito de nuestra vida personal y de la historia de la humanidad será siempre feliz.

Al respecto quiero compartir con ustedes el testimonio de un sacerdote de mi pueblo, el P. Juan, muerto a 29 años por un banal accidente.

En su diario dejó constancia del porque decidió hacerse sacerdote: “¡Yo de verdad he encontrado Dios!, ¡Yo de verdad me he sentido amado y perdonado por Jesús. Por eso he optado jugarme por Él. Por ningún otro motivo!”. Palabras de un joven que ha encontrado el tesoro en su vida, palabras de un joven que lleno de sabiduría ha elegido con alegría a Cristo y se ha jugado su vida por Él. Él entendió que vivimos más felices y seguros si entregamos todo a Dios.

En la Biblia el auténtico “tesoro” se refiere a la sabiduría, la búsqueda de felicidad y realización que es el anhelo de todo ser humano. El rey Salomón nos da un testimonio claro de sabiduría, como hemos escuchado en la primera lectura. Una noche, recién elegido rey de Israel, en sueño se le apareció el Señor: “Pídeme lo que quieras”. Salomón responde reconociendo en primer lugar que es un muchacho y que tiene un oficio muy arduo de llevar adelante en medio de su pueblo, por eso pide a Dios: “Concede a tu servidor un corazón que escuche para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal”.

Con su respuesta Salomón agrada a Dios, porque ha pedido lo esencial, lo primero, lo más importante, “un corazón que escuche”, y no riquezas, ni larga vida y tampoco aniquilar a los enemigos. Salomón entiende bien que un gobernante necesita sabiduría para escuchar a Dios y al pueblo:

Escuchar a Dios, para discernir entre el bien y el mal, según los criterios de Dios y no los humanos.

Escuchar al pueblo para responder a sus necesidades, para servirlo y para juzgarlo con equidad e imparcialidad, no para dominarlo o explotarlo al estilo de los reyes de entonces.

Este pedido de Salomón Concede a tu servidor un corazón que escuche para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el malestaría muy bien en los labios y en el corazón de todos nosotros, pero sobre todo de nuestros gobernantes, autoridades y de los candidatos a las próximas elecciones, para que sean verdaderos servidores del bien de todo el pueblo.

La palabra de Dios de hoy nos indica que una persona es verdaderamente sabia cuando acoge el Reino de Dios y testimonia con su vida sus auténticos valores. La sabiduría exige vigilancia ante la presencia del mal que nos asecha y fidelidad a la voluntad de Dios, como nos indica la parábola de la red y los peces de distinta calidad. El sabio sabe bien que en la vida no todo vale y que una convivencia justa y fraterna tiene regirse por la moral y la ética, para fomentar el bien y rechazar firmemente el mal.

Esta manera de actuar es la que caracteriza a todo discípulo que ha encontrado a Jesús y se convierte al Reino, como el “dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”, es decir, que sabe reconocer y elegir los valores del Reino presentes en las experiencias pasadas y también en las nuevas, de acuerdo a la palabra de Dios.

Agradezcamos a Dios que nos ha llamado a ser parte de su Reino con las palabras del salmo que hemos proclamado: “El Señor es mi herencia: yo he decidido cumplir tus palabras. Para mi vale más la palabra de tus labios que todo el oro y la plata”.

Amén