Destacadas

Editorial: Seguridad ciudadana y responsabilidad del Estado

Estar seguro ha sido una preocupación frecuente y repetida a lo largo de la historia. Desde Aristóteles, que tenía la convicción que la seguridad sólo se encontraba al interior de la polis, hasta Hobbes, para quien el Estado debía tener el monopolio de la violencia como la única manera de evitar que los seres humanos, naturalmente agresivos y ambiciosos, termináramos por destruirnos.

La Cumbre de Seguridad Ciudadana de Santa Cruz se ocupa de tan enjundioso tema. Ciertamente sentirse inseguro en nuestras ciudades es cosa común para una buena parte de la población y cuestión que nos inquieta desde hace ya varios años. Pero, si terminamos confundiendo seguridad con pura y simple acción policial, terminaremos rozando la paranoia y no parece el camino más sensato.

El crecimiento de la criminalidad es fruto de una serie de factores que es imposible enumerar y tratar exhaustivamente en este espacio, intentaremos agruparlos, pues, de forma un tanto didáctica en: los que preceden al hecho criminal, aquellos que permiten la ejecución del crimen y finalmente los que vienen después de un delito.

Antes de un delito están las causas sociales y económicas que llevan a una persona a dedicarse a una vida delictuosa. Desde la pura y dura necesidad económica, que en nuestro país viene influenciada por un desempleo patente, aunque las estadísticas oficiales se empeñen en afirmar lo contrario. Para mostrar que el desempleo es mínimo, los técnicos terminan por contar como empleo incluso a los canillitas. Una manera de proveer seguridad ciudadana tiene que ser, por tanto, proveer también de seguridad laboral.

En el cometido mismo del delito, en evitarlo, está el desempeño de la policía como un factor esencial. Hemos visto recientemente, con los casos denunciados y sin sancionar todavía, cómo los llamados a combatir el crimen pueden ser sus principales favorecedores. Sin un cuerpo policial adecuadamente remunerado, cuestión imprescindible, y formado de manera profesional -que ponga énfasis no sólo en su capacidad represiva- será imposible que realmente pueda proteger a la población. Muestra de la incapacidad estatal para garantizar la seguridad de la gente está en la proliferación de los servicios de seguridad privados.

Finalmente, una vez el delito se ha cometido, nuestra obligación como sociedad pasa por castigar adecuadamente la falta según su gravedad, pero además rehabilitar. Esto implica un sistema judicial ágil y un programa penitenciario que permita la reintegración en sociedad de las personas en situación delictiva. Se trata de personas que han cometido delitos, pero que merecen la oportunidad de rehacerse. Nuestro sistema penitenciario, en cambio, favorece la mayor implicación criminal de los reos y no su rehabilitación. No hay mejor escuela de crimen que nuestras cárceles.

Limitar o reprimir el consumo de alcohol, y encima mostrar que este es un problema de los jóvenes, o atribuir todo este complejo problema a las películas o novelas, son muestras de cinismo demagógico o de una gran ignorancia respecto al tema.

No permitamos que se nos distraiga de la verdadera esencia del problema de seguridad ciudadana que es la existencia de un Estado que es débil cuando se trata de proteger al ciudadano pero fuerte y eficaz para proteger los intereses de los gobernantes. La solución, pues, pasará por el fortalecimiento democrático del Estado y el cumplimiento de sus deberes más allá de lo puramente represivo, aunque sea esto último lo que ha terminado por priorizar la citada cumbre.