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HOMILÍA MONS. JESÚS PÉREZ: “CRECER, CREAR, AMAR”

En la Eucaristía de Acción de Gracias por sus 75 años de vida. Solemnidad de la Santísima Trinidad

“Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo” (Jn 3,16)

Esta es la gran revelación de Jesucristo que empalma con aquella otra afirmación del evangelista Juan: “Dios es amor” (1Jn 4,8). El misterio central de nuestra fe. Dios uno y trino, el misterio de la Santísima Trinidad, nos acerca a un Dios que nos ama, que es vida, salvación, ternura… “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo para que no perezca ninguno de los que creen en Él” (Jn 3,16).

Al celebrar la Fiesta de la Santa Trinidad nos asociamos al misterio de Dios que se da a sí mismo al darnos a su Hijo, pues Cristo afirma: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10,30). Al participar en la eucaristía recibiendo a Cristo corporalmente, recibimos la plenitud de la divinidad. En ese momento, la Trinidad viene a nosotros. Ya esto se produjo en el Bautismo al recibir la vida de hijos “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Este misterio será siempre un eterno desafío a la imaginación de los pastoralistas, catequistas, teólogos, siempre deseosos de encontrar comparaciones o ejemplos para explicar lo inexplicable. Nunca podremos comprender bien el misterio de la tres Personas divinas, llenas de vida, trascendentes, plenamente unidas entre sí, iguales y distintas. A Dios no se le comprende sino que a Dios se le acepta, se acepta su amor.

Dios sale siempre al encuentro de la persona. Un Dios “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” como le dice a Moisés (Ex 34,6). Esta presentación que Dios mismo hace a Moisés, anima a éste a interceder por su pueblo.

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios es el Dios del amor. Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura presenta a Dios como el Padre de Jesucristo y le llama “el Dios del amor y de la paz” (2Cor 13,11). Todo se deriva de Dios, la iniciativa es de Dios. Dios es Padre, Hermano, Espíritu que anima y nos da vida.

Si de verdad creemos en Dios que es uno y trino, en el Dios que vive en comunidad, en el Dios familia, tendríamos que sentirnos alegres, dinámicos y optimistas. Si comunicamos a un Dios alegre, compasivo, misericordioso, quizás habrían menos agnósticos.

La fiesta de la Santísima Trinidad no sería de por sí necesaria, porque en toda oración comunitaria nos dirigimos y celebramos al Dios Trino. Pero no resulta en vano el que este domingo lo dediquemos a alabar y glorificar a Dios que es Padre, Hijo y Espíritu, ellos son los que dan sentido a nuestra existencia cristiana.

Al recordar que vine a este mundo hace 75 años, no puedo menos de agradecer el gran regalo, el primer regalo que he recibido de Dios, la vida. Dios es Dios de vida.

La vida es el gran regalo de Dios, del Viviente, del que vive de verdad, sin limitaciones, que vive desde siempre y para siempre. Nunca he necesitado llegar al cumpleaños para agradecer a Dios lo que es la vida. Siempre he sentido a Dios muy cerca de mí, a pesar de mis fragilidades.

Pero sin duda alguna, que 75 años y, la presencia cariñosa de ustedes, me ayuda a dar gracias a Dios de una forma profunda y más auténtica. Me ha tocado un gran y largo premio, vivir 75 años. Esto es una gracia de Dios, es algo providencial. Estaba previsto por Dios. Millones y millones de seres humanos, no han podido ni siquiera nacer, a causa del terrible crimen del aborto, no llegaron a entrar en este juego maravilloso y prodigioso de la vida del cuerpo y del espíritu, de la vida trinitaria. ¡Qué hermosa es la vida!

Les invito y, me invito a mí mismo, a disfrutar de la vida plena que la Santa Trinidad, el Dios Amor, nos regala a través del don de participar cuerpo y espíritu, a través de Jesucristo por medio de quien fuimos injertados en la vida trinitaria: de oír, de ver, oler, gustar las maravillas de la creación; de celebrar y así gozar de la Palabra de Dios y de la palabra de los hermanos con quienes entramos los unos dentro de los otros; de la posibilidad de amar y sentirse amado de Dios y de los demás con quienes crecemos y nos sentimos felices cada día del don de la vida. A degustar el manjar celestial, “el pan de vida”, Cristo que nos da la vida y evita la muerte; la mesa nos la sirve el mismo Señor en esta Eucaristía.

¡Gracias, muchas gracias, Señor, por la vida! Gracias por la vida de todos los que nos encontramos reunidos en la fe y en el amor. Gracias por la fe que nos hace vivir con la perspectiva que se prolongará esta vida para la eternidad. Gracias a Dios y a todos, por la oportunidad de hacer algo más, de crecer, de crear, de amar…

Jesús Pérez Rodríguez O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE