La vida, nos presenta inevitablemente desafíos y desilusiones. Nuestra realidad a menudo es muy diferente de lo que soñamos o deseamos, ya sea por nuestras decisiones, circunstancias ajenas o el curso impredecible de la existencia. Como enseñaba el sacerdote jesuita Francisco Dardichón(Dardi para los amigos), no se trata de evadir las tormentas, sino de aprender a navegar en ellas con la certeza de que no estamos solos.
En el Sermón de la Montaña, Jesús nos dejó las Bienaventuranzas, y el Padre Dardi lo explicaba con esa sencillez que lo caracterizaba: “Dios quiere que seamos felices, por eso las bienaventuranzas“. Él nos recordaba que Dios no nos promete una vida fácil, sino que nos ofrece una felicidad profunda incluso en medio de las luchas, cuando confiamos en Él. Es natural sentirse abrumado cuando las dificultades se acumulan…
En estas circunstancias, mantener la fe es el mayor de los desafíos, pero también el ancla más confiable. Es la invitación a creer cuando todo parece derrumbarse, a confiar en que hay un propósito incluso en la penumbra. El P. Dardichón, mostró con obras cómo se vive la coherencia, ¡cuán necesaria es esa fe sólida! que nos dé sabiduría para decidir, serenidad para aceptar y empatía para no lastimar desde nuestro dolor.
Sabemos reconocer nuestra humanidad imperfecta, lo que es correcto; pero a veces priorizamos nuestras necesidades inmediatas. Nos duele esa desconexión y anhelamos alinearnos con esa felicidad que Dios quiere para nosotros. Como enseñaba el Sacerdote Jesuita, se trata de discernir, de mirar nuestra vida, con sus luchas, el desempleo, la salud, la familia, a la luz de esa simple y gran verdad: “Dios nos quiere felices“.
Es entonces cuando la oración se convierte en un susurro desde lo más hondo:
“Ayúdame, Dios mío, a entender que me quieres feliz. Ayúdame a aceptar y a confiar en ti. Perdona mi rebeldía e impaciencia. No me abandones en mi fragilidad. Te necesito para sentir que no estoy solo, para encontrar esperanza cuando mis fuerzas se agotan. No te pido que me saques de inmediato de esta situación, sino que me des la fuerza para avanzar un paso más. Dame la fe para entender tus tiempos”.
Porque al final, es en la lucha donde encontramos esa felicidad serena que Dios nos promete, y en la fe compartida, la luz que nos guía para seguir adelante, haciendo comunidad incluso en el desierto.


