Análisis

Demetrio Reynolds: La moral de los candidatos

De a poco, cada día, se va dibujando el perfil psicológico y moral de los políticos en campaña. Es un cuadro rocambolesco, a cual más original  y sorprendente. El propio Ripley, el que registra lo insólito e increíble que ocurre en el mundo, debe de estar quejándose. Nada raro que estuviera fuera de sus cánones el acuerdo para hacer tabla rasa de la moral en la política, bajo la suposición de que la amnesia del “soberano” ha recrudecido. A mayor demagogia, más votos. ¡Qué guapo es el “soberano”!

No entraremos a la intrincada maraña de las leyes. Anotar que hay también una de índole moral o ética, nos es suficiente.  ¿De qué depende que una ley tenga real vigencia?  ¿Cómo se relacionan con la moral nuestros políticos? Unos ejemplos: para demostrar su ferocidad, un poncho rojo degolló con inaudita crueldad a unos canes; luego, hizo una apología pública de la tortura. Fue legal su nombramiento en el Senado, pero moralmente estaba inhabilitado. En la judicatura los  jueces desprovistos de autoridad moral  no pueden ser jueces, y sin embargo ahí están. Son los que el pueblo reprobó en las urnas.

En el mismo bando: para hacer aprobar la convocatoria al referéndum constitucional, el MAS  necesitaba los votos de la oposición en el Congreso (2009). Entonces surgió la iniciativa de acordar una transacción, “entre caballeros”. A cambio de que Morales no vaya a la reelección el 2014, los opositores aceptaron apoyarlo. Como garantía, se introdujo el compromiso en el texto mismo de la Carta vigente (disposición transitoria).  Después el jefazo anunció públicamente su decisión: “Me iré a mi cato de coca al Chapare”. Era un gesto de humildad y de grandeza; micrófonos, cámaras y testigos recogieron con admiración el testimonio. Pero luego cambió;  Morales se desdijo. Según su propia confesión, al ver que le hacían trampa, él les hizo otra mejor. Ahora es de nuevo candidato.

Desde luego, el universo de esos casos es más amplio. La oposición es parte de él. Por ambición desmedida o por miedo a perder el poder, los políticos descuidan sus flancos y dejan que los veamos por dentro. Si para vivir bien sólo hay que levantar la mano, la tentación debe ser muy grande. Es un cambalache abierto, una cosa por otra: la reputación por oferta de escaño; postulación de caciques por voto corporativo de sus sindicatos; por interés común, verdugos y víctimas en fraternal alianza; la hiperdemocracia aberrante con la paridad de género (50–50); las izquierdas y derechas en revoltijo escandaloso;  la mentira por la verdad y ésta por aquella; el cohecho electoral “sin medida ni clemencia”… Y de yapa,  con un árbitro “bombero”.

¿Y la doctrina, los principios, los valores, la consecuencia, las ideologías y utopías y demás ramas anexas ya no existen?

¡Quién sabe¡ Todo puede ser. Aun a riesgo de que sea una reflexión a contrapelo o palabras para los oídos de mercader, es preciso pensar que quienes ejercen una alta función pública están obligados a dar pautas de comportamiento ético, la moral no puede estar ausente de las aspiraciones electorales. La democracia se sustenta en valores y principios; tal vez el de más delicado rango sea aquel que preserva el respeto a la  dignidad, atento a que todo lo que la compromete es demasiado caro.

Y en fin, esos son los bueyes con los que contamos para arar la dura tierra de la democracia en octubre. ¡Salve, oh patria!

El autor es escritor, miembro del PEN Bolivia.