Potosí

Damián Oyola Ramos contó su testimonio como seminarista boliviano al Santo Padre #PapaenBolivia

Durante el ecuentro del Papa Francisco con la Vida Consagrada, el seminarista Potosino Damián Oyola Ramos, expuso al Santo Padre su testimonio de vida vocacional como formando, camino hacia el sacerdocio diocesano.

Texto completo del testimonio al Papa

Su Santidad Francisco, señores obispos y queridos hermanos y hermanas permítanme hacerles presente mis saludos en nombre de los seminaristas de Bolivia:

Nací en febrero de 1985 en Huari Huari, Potosí, al occidente de Bolivia, en el seno de una familia minera, en un centro minero de larga tradición. Mi papá, mi abuelo (que aún vive), mis bisabuelos y todos mis tíos son humildes mineros sacrificados de los socavones de angustia de Potosí. Yo mismo viví la experiencia de trabajar es esos oscuros parajes de las minas, siguiendo las vetas sangrantes del preciado metal. Mis padres viven juntos y ya llevan un matrimonio de más de 30 años. Mi papá, don Zacarías desde muy pequeño me impulsó a estudiar y formarme en la rectitud; aún recuerdo esas tardes, cuando de niños, estudiando junto a mis hermanos en la mesa del comedor; y él con su gran cinturón de la mina, a la cabeza, leyendo las revistas “Socavón” de Cepromin al que se suscribía por entonces. Soy el mayor de cinco hermanos. Todos ellos se decidieron por la medicina (¡A veces pienso que yo soy la oveja negra de la familia!) Mi madre Hilaria siempre nos quiso con ternura a todos y recuerdo que antes de dormir siempre rezaba, incluso si estuviera muy enferma. Hasta el día de hoy, no hay un sólo día que no se siente a rezar antes de dormir.

Recordando aquellos primeros años, pienso que mi seguimiento del Señor no es producto del azar o de una decisión acelerada. Cuando ingresé al seminario pensaba que había tomado las cosas muy apresuradamente. Ahora que vuelvo a mirar aquellas épocas, sé que mi llamada no surgió en una noche de sudores o en una espectacular conversión al estilo de San Pablo. Fue más bien un largo proceso que aún sigue su curso. Mi primer encuentro con el Señor se plasmó de la mano de mi madre. Ella me enseñó a no olvidarme de rezar. Mi padre, aunque a veces fuerte y rígido también contribuyó a mi vida cristiana. Gracias a su mandato me aprendí de memoria, cuando aún era muy pequeño, las oraciones clásicas de un pequeño catecismo. Él solía leer siempre aquel catecismo que teníamos en casa.

En el pueblo no teníamos un párroco y nuestro templo estuvo por muchos años cerrado, hasta que llegó la Congregación de las hermanas del Niño Jesús. Ellas volvieron a darle vida a nuestra Iglesia. Una de ellas marcó decididamente mi porvenir vocacional. Provenía de Malasia y nos daba las clases de religión. De una bondad sin par. Ahora lo sé, a través de ella el Señor ya me estaba llamando, cuando empecé a gustar por su invitación de actos como el Viacrucis y a participar activamente de la vida de la comunidad.

Así que cuando entré al seminario ya tenía una larga historia de llamadas. No sé exactamente cuando nació. Pero sé que es una constante invitación del Señor a seguirle.

Cuando terminé los estudios filosóficos quise desentenderme de la llamada. Huí. Emprendí una larga huida. Me embarqué para Tarsis como Jonás. No sé cual fue la excusa exacta, pero lo cierto es que traté de olvidarme de todo. Pienso que era otra etapa más de mi relación con el Señor. Entré a la Universidad a estudiar Derecho. Allá pretendía ir con nuevas expectativas, con nuevas metas por cumplir. Yo ciertamente no soy el indicado me decía (Bueno, aún a veces me asaltan esas dudas). Ya fue me dije. Ahora seré un muchacho más, común y corriente. Hasta cierto punto lo fui. Pero por razones que no entiendo comencé a percibir que no estaba en el lugar correcto. Hasta que un día una muchacha dijo que evidentemente yo era un seminarista. Aquello me dejó helado, fue un baldazo de agua fría cuando me lo dijo de sopetón, pero lo fue más cuando supe que nadie le había dicho nada, ni sabía de mi anterior vida en el seminario.

Cuando terminé de estudiar la carrera de Leyes tuve la certeza de decirle al Señor como alguno de sus discípulos: “A DONDE VOY A IR SEÑOR SI TÚ TIENES PALABRAS DE VIDA”. A dónde ir. Si a medida que lo conozco, cada día un poquito más, su voz se hace más profunda, más familiar, más cariñosa, como la cansada voz de aquella anciana religiosa de mis primeros años. Cada mañana me levanto sintiendo esa suave invitación a seguirlo, aunque otras mañanas me dan ganas, como a Jonás, de quedarme sentado a la sombra de un ricino. Desentenderme de todo. Cerrar los ojos y temblando decirle, gritarle ¡Señor no soy el que Tú quieres que sea! A veces, enfurecido, siento que mi vida se va a la ventolera, que todo fue un tiempo perdido. Pero aparece una vez más la dulce presencia de Jesús. Seductor. Mimoso ¡Así no es posible desentenderse!

Ahora que estoy finalizando la formación en el Seminario nacional San José, que hace poco cumplió sus bodas de oro, Él no ha dejado de llamarme: en cada lección de Teología, en cada oración comunitaria, en cada comida con los hermanos; pero sobre todo en cada Eucaristía su voz se hace nítida. Comparto con otros hermanos que sintieron en sus vidas esa fuerza irresistible del llamado. Somos distintos, nos cuesta entendernos, comprendernos; pero nos mueve un mismo sentimiento, un sólo llamado. En el seminario venimos de diferentes partes de Bolivia, adonde un día volveremos a compartir la alegría del Evangelio. Desde las tierras cálidas del oriente, desde las altas montañas del occidente; desde las agitadas urbes, desde el pujante Chaco; en fin, desde lo profundo de Bolivia: son los seminaristas bolivianos palpitando en el Señor, alegrándose en cada encuentro, sufriendo con los fracasos de nuestro pueblo, ilusionándonos con días mejores, descubriendo las riquezas de nuestra fe; oteando el futuro; pero sobre todo sintiendo la frescura del soplar del Espíritu. En Bolivia hay 124 seminaristas diocesanos, repartidos en 9 seminarios y el San José es como el centro al que confluyen todos, pues el cuarto año del teologado lo hacemos juntos, con la mayoría de las jurisdicciones eclesiásticas. Allá nos conocemos, aprendemos a respetarnos, compartimos nuestras experiencias y nos hacemos inseparables amigos.

Así andando voy, a veces dando tumbos. Aprendiendo, discerniendo diría mi señor Obispo; a veces cayéndome; dándome de bruces, ¡mis formadores dicen que son necesarias! Aunque me estrellase, mis oídos aún sentirían el suave susurro del Señor, seduciéndome y yo dejándome seducir.

Su santidad, hoy somos pocos los seminaristas de Bolivia, pero le aseguramos nuestra ilusión de formarnos a ejemplo de Jesús el Buen Pastor. Oramos por su ministerio Petrino y le aseguramos nuestro amor a la Iglesia, que Dios siga enviando más obreros a su mies; en nombre de todos los seminaristas le imploro sus oraciones por nuestra perseverancia y su bendición Apostólica.