Análisis

CIUDAD DEL CRIMEN

Ciudad Juárez, en el estado de Chihuahua, es la población que hace de frontera entre México y Estados Unidos. Una frontera regada de plomo y sangre. En Ciudad Juárez, invadida desde hace algunos años por el narcotráfico y con una guerra desatada por las drogas, la violencia está en todas partes. “Es como polvo en el aire, parte de la vida misma”, se lee en el libro que lleva el mismo título de este comentario. Lo escribió el periodista y escritor estadounidense Charles Bowden para el registro de una descarnada y estremecedora radiografía de Ciudad Juárez, ya conocida internacionalmente  como ‘Ciudad del crimen’, donde son cosa de casi todos los días las matanzas de hombres y mujeres, niños incluso, por organizaciones criminales. Los asesinan sin piedad y hasta dejan colgados de los puentes o arrojados en las principales vías públicas de aquella y de otras ciudades mexicanas, los martirizados despojos humanos como terribles muestras de su sanguinolento carácter. El último fin de semana, un nuevo episodio de la guerra de los cárteles se saldó con 41 muertes en Monterrey. Ajustes de cuentas, les llaman…
En tanto, no es mucho lo que puede hacer hasta ahora el Gobierno mexicano para contener semejante azote de violencia y sangre en su vasto y rico territorio. Ni siquiera con el desplazamiento del Ejército, que tomó el lugar de la Policía que el narcotráfico consiguió penetrar y corromper. México, un país con estructuras y recursos, que comparte vecindario con una potencia mundial, parece llevar las de perder frente al inmensurable y siniestro poder del narcotráfico y del crimen organizado.

 Trasladado el asunto a Bolivia, “en este país hay terreno fértil para el avance del crimen organizado”. Fue la contundente afirmación, casi una sentencia, de dos expertos mexicanos con los que en Santa Cruz de la Sierra, hace un par de años, periodistas de EL DEBER compartieron un taller sobre prensa y crimen.

“El narcotráfico y el crimen organizado se multiplican en el país. Las drogas y la delincuencia son piedras en el terreno de los bolivianos”. Es parte saliente de la homilía dominical del cardenal Julio Terrazas, el guía espiritual de una mayoritaria feligresía boliviana.

El mensaje del influyente líder eclesial se produjo poco después de haberse producido en Santa Cruz de la Sierra una nueva escalada de violencia con el inconfundible sello de las organizaciones ligadas al narcotráfico que parecen haber echado bases en nuestro medio, aunque el Gobierno lo descarta. Lo hace a pesar de unas contundentes evidencias que saltan a la vista con una frecuencia cada vez mayor. Cuando no hace mucho el máximo responsable de la lucha antidroga en Bolivia se declarara culpable de tráfico de estupefacientes ante un jurado estadounidense. Cuando a cada paso y por doquier son descubiertas modernas factorías de droga y se practican incautaciones de toneladas de narcóticos mientras se vienen dando, para espanto mayor, sangrientos ajustes de cuentas.

Frente a tan real, sombrío e intranquilizador panorama, es difícil que los bolivianos puedan conciliar el sueño sin sobresalto alguno.