“Muchos niños llegan a la escuela sin saber leer ni escribir”, cuenta Amy Barilla, misionera de Idente. “Por eso, después de la escuela no es un lujo, sino una cuestión de dignidad: darles la oportunidad de comenzar desde el mismo punto que los demás”. Muchos niños de entre 5 y 13 años presentan graves retrasos en la lectura y las matemáticas, relacionados con la desnutrición, la falta de estimulación y la falta de apoyo familiar. Con la adolescencia crece el abandono escolar, alimentado por la pobreza, la violencia doméstica y el trabajo infantil. Las aulas multigrado, sin recursos ni estrategias, agudizan la brecha. Alrededor, pueblos dispersos, campos agrícolas frágiles y monocultivos vulnerables a la sequía hacen que la vida cotidiana sea aún más dura.
La fe se convierte en oficio y pan
Raíces que se hacen futuro
La Chiquitanía aún lleva grabada la memoria de las misiones jesuíticas que, desde el siglo XVII, han dado vida a una cultura original y resistente: procesiones, cantos, fiestas patronales siguen marcando la vida comunitaria. “Proteger nuestra tierra es parte de nuestra fe”, subraya Milos. “El bosque seco chiquitano no es solo naturaleza: es memoria, cultura y vida para quienes viven aquí”. Por esta razón, la misión promueve la protección del bosque, la educación ambiental, la recuperación de la medicina tradicional y las prácticas agrícolas sostenibles. Al mismo tiempo, crece el compromiso con la comunicación digital para visibilizar el trabajo de San Miguelito y atraer el apoyo de universidades, voluntarios y benefactores.
La santidad es un destino compartido
“La santidad no es un ideal lejano, sino una posibilidad cotidiana que se refleja en el estudio, en el trabajo y en la vida comunitaria”, dicen Amy y Deisy. La experiencia no solo enriquece a las comunidades, sino también a quienes se dedican a ella. “Cada vez que un joven de la Chiquitanía obtiene una beca, es como si toda la comunidad fuera admitida en la universidad”, añade Jean. “No solo formamos individuos: invertimos en el futuro colectivo”. La dispersión de las comunidades, la escasez de sacerdotes, la crisis de los combustibles y la falta de servicios siguen siendo obstáculos cotidianos. “A menudo tenemos que reducir los viajes de los niños a San Miguelito y somos nosotros los que nos movemos para llegar a las aldeas”, explican los misioneros. Sin embargo, la mirada permanece dirigida hacia adelante: “Con fe, compromiso y solidaridad, incluso una tierra remota puede convertirse en fuente de futuro”.
Fuente: vaticannews


