Sucre

ARTÍCULO MONS. JESÚS PÉREZ: “CRISTO NO ANDA CON AMBIGÜEDADES” (19-02-12)

Los domingos pasados hemos escuchado el primer capítulo del Evangelio de Marcos, el evangelista ha hecho una síntesis de los éxitos y alabanzas de Cristo Jesús. En este segundo capítulo siguen las maravillas que realiza Cristo, pero empiezan las controversias, la oposición hacia Él, especialmente de los jefes religiosos.

El evangelista Marcos nos cuenta, de aquí en adelante, varias escenas de controversias de Cristo con los fariseos. La Cuaresma, que iniciaremos el miércoles de Ceniza, interrumpe esta lectura. La primera controversia se debe al perdón de los pecados.

El profeta Isaías 43,18-19,21-22.24b-25, nos presenta a Dios que siempre está dispuesto a perdonar los pecados del pueblo, aunque no se lo pidan: “tú no me invocabas, ni te esforzabas por mi”… “me cansabas con tus culpas”… “yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes”. Esta actitud de perdón se pone con mayor relieve en el Evangelio.

La gran Buena Noticia es que Cristo tiene el poder de perdonar los pecados. Esto es una revelación progresiva de Jesús de Nazaret. Algo inaceptable para un buen israelita. Por ello, esas posturas a favor y en contra de Jesús. Para ser cristianos es necesario tener clara esta manifestación, del hombre–Dios, Cristo Jesús. El viene a perdonar y no a condenar. Jesús se identifica con su misión salvadora, anda sin ambigüedades. Nos dirá que no necesitan del Salvador los santos, sino los pecadores. El ha venido a salvar a la persona integralmente, el cuerpo y el espíritu.

Todo lo que hacemos, aún lo más insignificante, va marcando a nuestra persona. Los golpes del escultor hacen nacer una nueva estatua. Como la estatua es el resultado de todos los golpes recibidos, así cada quien es la síntesis del pasado. Estos días de carnaval pesan por el pasado, por la tradición. A veces los errores y nuestros pecados pesan más en nuestra memoria. Podríamos afirmar, son nuestro pasado pesado.

Unas personas están a favor de las fiestas carnavaleras y no pocas en contra. Sucede, muchas veces, que el pasado nos lleva a la rutina, como también el pecado. Somos las personas como un animal de costumbres, hacemos las cosas de una cierta manera y no empleamos la imaginación e inteligencia creadora para reflexionar y llegar a cambiar en algo nuevo lo que rutinariamente venimos haciendo.

Bien podríamos todos aprovechar estos días para dedicarnos mucho más a la vida en familia, para algún encuentro de formación, para dar tiempo a la lectura. Es más fácil entrar en aquello de que “siempre se hizo así”, y también, “para que vamos a andar cambiando”. Por esto, nos vendría bien a todos, reflexionar en familia la primera lectura que nos invita a mirar al futuro.

El profeta Isaías nos dice: “miren que realizo algo nuevo: ya está brotando ¿lo notan? No recuerden lo de antaño” (Is 43,19). En estos días de carnaval, previos a la Cuaresma, nos conviene escuchar estas palabras para que, a pesar de todo, lo negativo o menos bueno en cada uno y en la sociedad nos dejemos llevar por el llamado de Dios a vivir la novedad del Evangelio, de la vida nueva en Cristo.

El perdón de los pecados es como la curación de un paralítico, no olvidemos que el pecado es una parálisis del alma, de la vida de hijos de Dios. El pecado paraliza, sin duda alguna, porque rompe la comunicación con Dios. Por ello, Jesús quiso, en primer lugar curar de la parálisis del alma antes que la del cuerpo, quiso mostrar su poder divino de perdonar. Quiso mostrar sin ambigüedades que vino para salvarnos de nuestros pecados.

El perdón de los pecados mira mucho más al futuro, a la vida nueva y plena en Cristo que hacia el pasado. El perdón de los pecados es ante todo, una nueva energía para la vida en Dios, en Cristo. El nos dice: “yo soy la vida”. Por ello, San Agustín decía, y lo cantamos en la Vigilia Pascual: “¡Oh feliz culpa!”, pues un pecado bien llorado es el comienzo de una nueva relación con Dios, de una mayor entrega a dejarnos amar por Él.

Va a comenzar la Cuaresma, tiempo de gracia, de renovación, de conversión y de una vuelta más profunda a la gracia recibida en el bautismo. Si queremos ser sinceros hemos de reconocer que nuestro accionar está lejos de la santidad, somos pecadores. Por ello, debiéramos acogernos a Dios que aunque aborrece el pecado, ama al pecador y por eso siempre le perdona. Dios quiere nuestra salvación.

La Iglesia, fiel al mandato de Cristo, sigue perdonando, especialmente en el sacramento de la reconciliación. El sacerdote perdona en nombre de Cristo en el sacramento de la penitencia como en el del bautismo. No es el sacerdote sino Cristo quien perdona los pecados a través de él, explica maravillosamente San Agustín.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Arzobispo de Sucre