La Paz

Apuntes de una conferencia realizada por Mons. Giambattista Diquattro

Mons. Giambattista Diquattro nuncio apostólico del Sant Padre Francisco, en Bolivia realizó una conferencia en ambientes de la nunciatura con gran presencia de vida cosagrada. A continuación los apuntes.

1.- La Iglesia de los Apóstoles

En estos días se está celebrando el Sínodo de los Obispos. Quisiera empezar de esta experiencia de la Iglesia para explicar ¿qué es la Iglesia? El Sínodo es la Asamblea de la Iglesia reunida para rezar, para reflexionar juntos y tomar decisiones. Caminar juntos. Esta Asamblea es fruto de meses de trabajo, de escucha, de diálogo y de discernimiento.

La imagen del Sínodo de los Obispos evoca la imagen y el rostro de la Iglesia de los Apóstoles. Las numerosas intervenciones, los proyectos, las declaraciones, todo manifiesta una fuerte tensión espiritual y moral. Los pastores quieren preparar una Iglesia capaz de hacer frente a los desafíos de la humanidad.

La Iglesia está llamada a descubrir, vivir otra vez, actualizar la Iglesia de los Apóstoles, de los primeros cristianos. La Iglesia de los Apóstoles y de los primeros cristianos es presentada en el texto de los Hechos de los Apóstoles. De esta manera podemos redescubrir el rostro de la Iglesia que es el esfuerzo de hacer actual la manera de ver, de juzgar y de orientarse al estilo de los Apóstoles y de los primeros evangelizadores.

El Sínodo tiene, por lo tanto, la tarea de hacer que las actitudes, las decisiones, el amor al Señor Jesús, la obediencia al Padre, la docilidad al Espíritu Santo, la escucha de la Palabra, la caridad y la generosidad misionera puedan vivirse ahora así como se vivieron en la Iglesia de los Apóstoles.

Empezamos entonces a redescubrir el rostro de la Iglesia a partir de la Iglesia Apostólica.

1.1.- La fe de la Iglesia de los Apóstoles

El tema de la fe es verdaderamente fundamental, nosotros debemos subrayar este tema de continuo. La fe permite a la Iglesia agradecer a Dios que la convoca como pueblo que anima su unidad en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Lumen Gentium nº 4).

La reflexión sobre la Iglesia tiene su punto de partida siempre en Dios, como la Iglesia de los Apóstoles que tiene al centro de su vida la oración, la caridad y la Eucaristía. Así la Iglesia de los Apóstoles y la predicación al bautismo, al organizar sus actividades caritativas quiere decir que es una Iglesia que sencillamente afirma la primacía de Dios, proclamando que Dios es el Dios de Jesucristo. En los hechos de los Apóstoles encontramos esta clara afirmación: la Iglesia a partir de Dios.

-Hch 17, 28: “Pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vosotros: Porque somos también de su linaje”. San Pablo cuando se dirige a los ciudadanos de Atenas proclama la Omnipotencia de Dios y su presencia en toda nuestra historia, la certeza de que Dios nos sostiene, que habita en nosotros, que nos respalda, que nos empuja, que nos da vida, que nos ama, que nos llama y nos salva.

Nuestro Dios es integral con cada uno de nosotros, por lo tanto, debemos construir, morar y vivir en él.

-Hch 3, 13: El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, El Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Siervo Jesús, a quien ustedes entregaron y de quien renegaron ante Pilato, cuando éste estaba resuelto a ponerlos en libertad. Por lo tanto, Dios no es un Dios desconocido, el Dios de la Iglesia es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, es el Dios de nuestros padres, es el Dios que resucitó a Jesús, es el Dios eterno. Y este Dios tiene un nombre y un rostro.

-Hch 10, 34-35: Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y práctica la justicia le es grato.

Nuestro Dios, el Dios de la Iglesia es el Dios de la humanidad entera, todos los seres humanos todas las religiones de todas las razas de todos los continentes de todas las edades los vivos y los muertos todos son conocidos en su corazón por Dios. El misterio de Dios es único que abraza todo el universo.

La Iglesia, la parroquia, las familias, cada persona, toda la humanidad en todos los tiempos está en busca de Él, esto es posible porque Él está en búsqueda de toda la humanidad.

1.2.- La fe de la Iglesia primitiva y nuestra fe

La fe de la Iglesia primitiva nos interpela y nosotros debemos averiguar nuestra fe a la luz de la fe de la Iglesia primitiva.

-Hch 4, 23-25: Una vez libres, vinieron a los suyos y les contaron todo lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y ancianos. Al oírlo, todos al unísono elevaron su voz a Dios y dijeron: Señor, tú qué hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, tú que has dicho por el Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David, tu siervo: ¿por qué esta agitación de las naciones, estos vanos proyectos de los pueblos?

Este texto testimonia que en el tiempo de la persecución, en un momento de hostilidad, de enemistad del mundo contra la Iglesia, los Apóstoles no han perdido el coraje, ellos rezan con alegría y proclaman persistentemente el Primado de Dios. Sus corazones están fijos en el Señor, han tenido una confianza exclusiva e inmensa hacia Dios, no han tenido ninguna preocupación de la prisión en la cárcel y de las persecuciones.

Podemos preguntarnos: ¿tenemos la misma actitud o si nosotros somos víctimas de estériles lamentaciones y rechazo de una sociedad difícil e impermeable?. La sociedad contemporánea tiene como referencia la libertad, la emancipación, la autorrealización de la persona, todo sin relación a un valor Absoluto, estable y objetivo.

El riesgo para nosotros puede ser de rezar a Dios, adorar al Señor, y poner al centro nuestra subjetividad, nuestro pensamiento y nuestras preocupaciones.

Pueden coexistir en nosotros mismos dos formas diferentes y contrarias de interioridad: una interioridad religiosa y una capacidad de borrar todos los valores cristianos en el momento de la dificultad.

De esta manera podemos caer en una subjetividad en la cual vamos a decidir según nuestro gusto, lo que es bueno y lo que es el mal sustituyendo nuestra opinión a la Verdad. Debemos tener en cuenta que la Iglesia primitiva se encontraba en una sociedad igualmente difícil, reflectaría, perseguida, antagonista de los valores proclamados por el Señor.

1.3.- La misión de la Iglesia

El rostro de nuestra Iglesia debe ser como la actualización, la presencia de la Iglesia de los Apóstoles. Ésta es la fisionomía única, central, amplia, compleja y uniforme.

Hemos considerado una característica fundamental: una Iglesia que cree, que tiene firme la primacía de Dios, que tiene el coraje de empezar siempre desde Dios. Consideramos un segundo aspecto: es una Iglesia en misión, es decir evangelizadora.

Podemos mencionar algunos elementos que facilitan o complican la evangelización hoy: (Mc. 16,15: Y les dijo: vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación). Hemos leído muy pocas palabras que tienen una fuerza nuclear o cósmica. (Hch 4,33: Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía). El núcleo de esta fuerza es la Resurrección. El contenido de la Resurrección es el mandato de evangelizar.

El momento contemporáneo es un periodo de crisis y también es tiempo de oportunidad y de gracia para reconocer a Jesucristo como nuestro Señor. Tiempo de crisis y de gracia: tiempo favorable para evangelizar (cfr. 2 Cor 5,2 ).

La fuerza del Evangelio nos permite a quedarnos vigilantes en la esperanza y de divulgar la alegría del Evangelio como compromiso personal y de la Iglesia. Sin embargo, la frontera entre la fe y la falta de fe está presente en nuestro corazón, por lo tanto, el corazón del ser humano se queda como el centro de la pastoral y la fuerza creadora del Espíritu actúa para llegar en diferentes momentos y de varias maneras con sensibilidad adecuada a cada corazón. En sintonía con el Espíritu, la acción pastoral de la Iglesia inventa formas y estructuras para facilitar el encuentro con el Señor. Por este motivo existe una estrecha conexión entre la obra evangelizadora y la formación de las conciencias.

El contexto en el cual la obra evangelizadora y la formación de las conciencias encuentran su lugar específico es el anuncio del Evangelio a los pobres (Lc 4,18 ). Por este motivo, el Santo Padre Francisco evidencia la necesidad de quedarnos de parte de los pobres, luchando para favorecer aquella plenitud de vida que es la tarea principal de la Iglesia a partir de la acogida de la existencia, su protección y su tutela hasta el final.

1.4.- Las exigencias de la vida de fe

El deber de proclamar la primacía de Dios en la sociedad actual no es algo que pueda improvisarse. Por lo tanto, de este compromiso debe nacer una fe profunda, una fe como semilla en una tierra buena, una fe que conlleva exigencias, condiciones de nacimiento y de crecimiento.

-Hch 2, 42-47: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar”.

Este texto trata y subraya las exigencias y las condiciones de la vida de fe en la comunidad primitiva: escuchar la enseñanza de los Apóstoles, perseverar en la comunión fraternal, ser fieles a la Fracción del Pan es decir, a la Eucaristía y a la oración. Por lo tanto, consideramos en particular la enseñanza de los Apóstoles y la Fracción del Pan: escuchar la Palabra de Dios, obedecer a sus indicaciones o preceptos, ser discípulos de nuestro Señor Jesucristo, la Palabra que se ha hecho carne. Estas son las que deben respaldar y animar la reflexión en la Iglesia de manera que se pueda renovar su ministerio pastoral.

La escucha, la obediencia y la perseverancia permiten percibir las orientaciones, la manera de realizar el ministerio de la Palabra, que es la primera misión evangelizadora de la Iglesia. El ministerio de la evangelización pone sus raíces en el acontecimiento de la Revelación de Dios, que se encuentra en la Sagrada Escritura y en la Tradición, las dos realidades estrechamente unidas y recíprocamente abiertas la una a la otra: se trata de la Revelación entregada a la Iglesia y con fidelidad interpretada por su Magisterio (cfr. Constitución Dogmática Dei Verbum nº 1-10).

La Iglesia de forma perseverante sin interrupción se nutre de la Palabra de Dios que es fuente de energía y que hace discernimiento de todos los movimientos y los pensamientos del corazón (Heb 4,12 ).

¿En qué momentos la Iglesia se alimenta de esta Palabra? En el curso de la celebración Eucarística, cuando la Iglesia escucha la Palabra del Señor, de los Profetas, de los Apóstoles y sus ministros explican en la homilía este mensaje de Dios. La Iglesia se dirige también a la Palabra de Dios, gracias a las múltiples formas de escucha, perseverante y obediente de sus fieles. La catequesis es una de las formas que la Iglesia utiliza para permitir a los fieles una cercanía personal a la Palabra y para ser fructífera esta escucha.

Entonces la acogida de la Palabra manifiesta nuestra voluntad de imitar a la Iglesia primitiva y de hacerse moldear por la Palabra de Dios.

Como la Iglesia primitiva se alimentaba de la Palabra de Dios así nosotros también nos alimentamos de esta Palabra por medio de la liturgia, por medio de la predicación, de la catequesis y de las distintas maneras para meditar, por ejemplo una de las maneras excelentes para meditar es la Lectio Divina, por lo tanto, la Eucaristía junto con la escucha de la Palabra y con la comunión fraterna y la oración común constituyen elementos específicos que expresan la vida de la Iglesia a partir de la primeras horas de la comunidad apostólica.

La celebración de la Eucaristía tiene una importancia particular al interior de la vida de la comunidad así como se realizaba en la Iglesia primitiva y nos dicen los Hechos de los Apóstoles 2,46-47: “Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar”.

Poner la Eucaristía al centro de la vida y la misión de las comunidades a las cuales pertenecemos y profundizar la conexión entre la Eucaristía y la vida cotidiana es fundamental para la construcción de la Iglesia, la creatividad del Espíritu nos sugerirá los medios y las formas más adecuadas para llegar a esta finalidad. En efecto, es la Eucaristía que transforma la vida de cada cristiano en una vida conforme al Espíritu en un culto espiritual (Rm. 12, 1 ) y transforma la vida de una comunidad en una vida espiritual cristiana.

La liturgia Eucaristía, por lo tanto, no es un momento particular que se añade a las diferentes modalidades de la vida cristiana, es el constitutivo, la fuente y el culmen que marca todos los caminos del creyente, la Eucaristía alimenta la vida de cada cristiano de manera insustituible y ella escribe la vivencia de cada uno de toda una comunidad en el corazón del misterio de Cristo. Por lo tanto, el día de hoy nosotros podemos ser Iglesia de los Apóstoles si nosotros ponemos al centro de toda nuestra vida la Eucaristía.

1.5.- Consecuencias que debemos considerar

Así hemos descubierto el rostro de la fisionomía principal de la Iglesia de los Apóstoles y en particular su fe: ella consiste y se concentra sobre la Palabra y sobre la Eucaristía. Todo comienza con la alabanza y la acción de gracias.

De esta manera podemos hacer algunas preguntas:

¿Mi vida es verdadera y primariamente alabanza y agradecimiento a Dios y a su primacía?
¿Somos como comunidad un pueblo agradecido hacia Dios o un pueblo que se queja, que tiene miedo, que se molesta por la sociedad y por las dificultades de la sociedad en la cual se encuentra?
¿La primacía de Dios encuentra su verdadera expresión en el agradecimiento y en la alabanza?
¿Nos sentimos amados por Dios, abrazados por él, protegidos y ayudados por él y por su ternura?
¿Vivo El primado de Dios como percepción de su amor, que me abraza y llena toda mi vida?
¿En el desierto de nuestra vida percibimos los brazos de Dios y su ternura?
¿Es ésta la actitud, la percepción y la convicción dominante en nuestras comunidades?
Sabemos que la vida de fe es una vida que conlleva exigencias. ¿Cuál es el tiempo y el lugar de la escucha de la Palabra de Dios en mi vida?
¿Somos capaces de hacer silencio para escuchar la Palabra de Dios convencidos de que esta Palabra moldea nuestra Iglesia?

Todas estas preguntas nos ayudan a entender si verdaderamente hay una primacía de Dios en nosotros y si existe también en nuestras Iglesias así como existió una primacía de Dios en la vida de los Apóstoles y existió la primacía de Dios en la vida de la Iglesia Apostólica y esta primacía de Dios en nosotros, en nuestras Iglesias, en los Apóstoles y en la Iglesia Apostólica se expresa de una manera muy sencilla directa con la alegría espiritual, es decir, con la capacidad del ser humano de sentirse perennemente en Dios.

1.6.- ¿Cómo evangelizar?

Consideramos dos textos bíblicos:

Mc 16,15: “Y les dijo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”.
Mc 4,33: “Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle”.

Estos puntos de la Sagrada Escritura nos hacen entender que el Evangelio es una riqueza que se debe compartir. La Palabra de Dios es un tesoro que no se debe esconder. Por lo tanto, es un mensaje ilimitado: para todas las creaturas, todos los pueblos, todos los tiempos. Es un mensaje universal. Al mismo tiempo, los mismos puntos afirman que a partir de la Resurrección del Señor brotan una infinidad de bienes para nosotros.

Los bienes que ofrece la Resurrección tiene su origen: el proyecto de redención, salvar de la muerte y del cual, liberar de la falta de sentido, de la frustración, del miedo y de la incapacidad de amar. La Resurrección libra de las dificultades que pueden aplastar la vida.

De manera positiva el Evangelio nos ofrece la Resurrección como la Buena Noticia que contagia amor, que promueve esperanza, que crea una comunidad fuerte y también vínculos de comunión con los que nos han precedido. Crea vínculos “familiares” firmes de la familia de los hijos de Dios y vínculos con la familia a la cual llamamos Iglesia.

Se trata de una familia y de vínculos, por su propia naturaleza en expansión. Esta expansión/evangelización está ordenada por el Señor: “vayan…. anuncien”. Contra la evangelización está toda forma de inmovilismo, de pasividad, de pereza. Evangelizar implica movilización, pero no se trata de ir cada uno por su cuenta, porque es necesaria una movilización y cohesión grande es decir, en unidad y comunión. Una familia animada por el mismo Espíritu: los pecadores, los dispersos se encuentren unidos como cristianos. Se trata por lo tanto, de una comunión absoluta.

El Evangelio compartido por todos unifica a todos y al mismo tiempo anima la dinámica, los carismas de todos.

La Evangelización es una tarea difícil. Pero que, por ende, se integran en los momentos de dificultad y es necesaria la transfiguración/conversión evangélica. El mundo de un lado y la cruz del otro lado. El Señorío del mundo o la primacía de Dios. Entre las dos finalidades se descubre al hambre del ser humano. Sencillamente hambre del Absoluto. Es decir, de vida en su plenitud. El Evangelio en la vivencia de todos los días. En la vida cotidiana, en la semilla del Evangelio en cada momento y lugar. El Evangelio en toda decisión y acción, en lo moral de toda situación, en el corazón para sanar, renovar y animar. No es necesario buscar un lugar donde vivir el Evangelio: donde estamos recibimos la vocación evangélica.

El Evangelio convoca a todo el Pueblo de Dios a vivirlo a Jesucristo en nuestra vida, a reflejarlo y a propagar su presencia. La evangelización es una exigencia de la fe de la Iglesia.