Análisis

Abel Maldonado: “El significado bíblico del tiempo y la eternidad (Parte I)”

La Biblia se abre y se cierra con notaciones temporales (Gn 1,1; Ap 22,20). Por tanto en ella se capta a Dios en sus intervenciones en la tierra, que hacen de la historia del mundo una historia sagrada. Por eso puede la revelación bíblica responder a las cuestiones que la conciencia humana, marcada por el devenir, se plantea a propósito del tiempo, ya que ella misma es de estructura histórica. El acto creador de Dios marca un comienzo absoluto, de modo que a partir de él toda duración pertenece al orden de las cosas creadas. Pero Dios preexistía a este tiempo.

El tiempo, obra de Dios, sirve, pues, de marco a una historia que nos atañe. Este tiempo no es una forma vacía, una pura sucesión de instantes yuxtapuestos. Es la medida de la duración terrenal, tal como se presenta concretamente: primero una duración cósmica, polarizada por la venida del hombre; luego una duración histórica, marcado su ritmo por generaciones, en la que la humanidad caminará hacia su fin. De ahí, es que Dios es trascendente respecto a esta doble duración. El hombre vive en el tiempo; Dios en la eternidad. La palabra hebrea “ôlam”, diversamente traducida (siglo, eternidad, mundo), designa una duración que rebasa la medida humana. La Biblia, para hacer comprender la naturaleza de esta duración de la que no tenemos experiencia, la opone al carácter transitorio del tiempo cósmico (Sal 90,4) y del tiempo humano (Sal 102,12s). Mientras que Gn miraba a Dios en el principio, en su acto creador, proverbios lo contemplan antes del tiempo, desde la eternidad, cuando no había cerca de él más que la Sabiduría (Pr 8,22ss). La Biblia logra por tanto conciliar la conciencia de la trascendencia de Dios con la certeza de su intervención en la historia. Se sustrae así a una doble tentación: la de divinizar al tiempo (el dios Khronos del panteón griego), o la de negarle frente a Dios todo significado, como lo hace el Islam.

Dos aspectos se superponen en la experiencia humana del tiempo: el que regula los ciclos de la naturaleza (tiempo cósmico) y el que se desarrolla a lo largo de los acontecimientos (tiempo histórico). A ambos los dirige Dios y los orienta juntos hacia un mismo fin. El Dios creador estableció también los ritmos a que obedece la naturaleza (Gn 1,5; 1,14; 8,22). El AT, al eliminar de su calendario religioso todas las referencias a los mitos politeístas, no por eso desechó la sacralidad natural de los ciclos cósmicos. Las celebraciones tradicionales se fueron transformando en memoriales de los grandes actos de Dios en la historia (Lv 23,43). Finalmente, la consagración religiosa del tiempo penetra en el ciclo cotidiano, en el que los rituales señalan sacrificios, ofrendas y oraciones a horas fijas.

El tiempo cósmico es de naturaleza cíclica. Pero la Biblia está dominada por otra concepción del tiempo que corresponde a su representación de la historia. La historia no obedece a la ley del eterno retorno. Está orientada por el designio de Dios que en ella se desarrolla y se manifiesta. El tiempo histórico difiere cualitativamente del tiempo cósmico, al que asume transfigurándolo a imagen del hombre. Primitivamente tenía Israel una noción familiar de la duración: se contaba por generaciones (Gn 2,4; 5,1). A partir de la monarquía se cuenta por reinados. Más tarde vendrán las eras. La historia sagrada, que engloba todo el destino del pueblo de Dios, se inscribe entre dos términos correlativos: un comienzo y un fin.