Análisis

Abel Maldonado Álvarez: ¡Jesús hijo y señor muestra su ser en su muerte!

El Padre da para la salvación de los hombres lo más amado para él: su Hijo. La entrega a la muerte del Hijo por todos los hombres ha sido vista como el amor infinito del Padre. El Padre sufre por los dolores que Jesús padece. Jesús lo ha aprendido todo del Padre, también el sufrir.

Algo hay en el sufrimiento de Jesucristo en la cruz que puede decirse del Padre. La infinita perfección del Padre da lugar a la misericordia, a la compasión. El Padre tiene un amor que reacciona ante el pecado del hombre con dolor y ante el mismo dolor de los hombres con misericordia. Este amor compasivo del Padre es el que se da en la muerte del Hijo.

Dios manifiesta su paternidad en la entrega del Hijo por la salvación de todos los hombres. Manifiesta toda la profundidad de su amor paterno, toda su libertad y respeto por el hombre. Pero todavía manifiesta más su ser con la resurrección y glorificación del Hijo.

El misterio de Jesús se desvela de una manera clara en el modo que tiene de relacionarse con Dios. Esta relación se expresa en el modo de nombrarle. Dos cosas son aquí significativas: el uso de la palabra “Abba” para dirigirse a Dios y la distinción que mantiene el mismo Jesús es “mi Padre” y “vuestro Padre”. La palabra “abba” son los primeros sonidos que produce el niño para llamar a su padre y madre. Jesús emplea el lenguaje familiar, cargado con toda la intimidad, con toda la confianza primaria para dirigirse a Dios. Proyecta sobre Dios lo que es el padre y la madre para un niño que se abre a la vida. Por otra parte, la diferencia entre “mi Padre” y “vuestro Padre”, que se deriva directamente de Jesús y se mantiene a lo largo de todo el NT, indica que la relación con Jesús es única e intransferible. En las relaciones que existen entre Jesús y Dios se dan ciertas características que se dan también en las relaciones entre padres e hijos.

El hijo es una persona engendrada por los padres. En Dios permanece la acción de engendrar, que es del Padre. El Hijo divino se caracteriza por la recepción del ser a través de una acción del Padre. El Hijo es eterna recepción del ser. Son Padre e Hijo en unidad y comunidad eterna.

La unidad y diferencia entre padres e hijos es otro aspec¬to que permanece analógicamente en Dios. El Hijo está en el Padre, mira al Padre, conoce al Padre, hace lo que hace el Padre; y sin embargo, como persona es autónoma, perfecto receptor, en una acción pura y eterna de recibir el ser del Padre. La actitud del Hijo es de reconocimiento de su procedencia; y de conocimiento de su libertad de Hijo.

Aspecto que se refleja en un amor puro e incondicional de Jesús por cada uno de nosotros, para llegar a una muerte en cruz por nuestra salvación. Por lo tanto no olvidemos que este tiempo de semana santa, nos debe llevar a reflexionar cada día, que tan coherentemente vivimos como, padres, hermanos(as), amigos(as), hijos o amigos, este amor y encuentro con mi prójimo. Que este tiempo no sea meramente ver películas de un hombre que dio todo por nosotros o de servirnos uno que otro plato que es típico en estas fechas, sino más bien, alimentemos nuestra fe con actos concretos en nuestra vida. ¡Que la muerte de Jesús, que recordamos cada año no quede en videos u otras cosas, más bien que se refleje en nuestra vida para dar amor un amor, y para seguir fortaleciendo nuestra Iglesia, que tiene a Cristo como cabeza! Y para aquellos que somos padres, seamos ejemplo vivo y coherente para nuestros hijos.