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Homilía para 22 domingo del Tiempo Ordinario

Homilía para 22 domingo del Tiempo Ordinario

1 de septiembre de 2024

 

Las semanas pasadas el Evangelio de Juan nos hablaba del Pan de Vida y de la vida eterna. Esta semana, aparentemente, de un lenguaje muy elevado, Evangelio de Marcos tiene imágenes más prácticas, pues nos habla de abluciones, lavado de vasos, ollas y jarras.

 

Ambos Evangelios utilizan lenguajes distintos, pero la profundidad y la importancia de las enseñanzas de Jesús para nuestra vida son las mismas.

 

Jesús y los fariseos discuten sobre el sentido de la ley, la pureza y las tradiciones de la religión; y ellos son llamados “hombres con el corazón alejado del Señor”, porque siguen doctrinas y preceptos meramente humanos.

 

En el Evangelio de hoy, Jesús subraya el primado de la interioridad, es decir el primado del “corazón” y nos enseña que las cosas exteriores no determinan si somos santos o no santos, sino es el corazón que expresa nuestras intenciones, nuestras elecciones y el deseo de hacer todo por amor a Dios.[1]

 

Jesús nos enseña que si el corazón no cambia, no somos verdaderos cristianos, y sobre todo que la frontera entre el bien y el mal no pasa por fuera, sino dentro de nosotros.

 

Si no entramos en esta lógica, nosotros “nos presentaremos como cristianos”, pero no “seremos cristianos”. Por ejemplo, fingiremos amar, pero en realidad viviremos el amor como un esfuerzo.

 

No se trata de vivir nuestra vida espiritual de forma anárquica, es decir sin leyes, porque el Evangelio también es el fundamento de una moral cristiana con dos columnas: la caridad y la justicia.

 

Si solo apoyamos nuestra vida espiritual sobre una columna, fácilmente caemos en extremismos y nuestro espíritu se enfermará. Entonces, en lugar de tener una moral, somos moralistas y en lugar de tener una tradición nos apegamos al tradicionalismo.

 

Por un extremo, tal vez queremos manipular la misericordia del Señor y lo justificamos todo y decimos que todo; o por el otro extremo, podemos enfermarnos de escrupulosidad: todo es pecaminoso, y comenzamos a contar los segundos y milímetros, a medir las distancias, y a despreciarnos a nosotros mismos porque todo nos parece impuro.

 

El mundo de hoy, más que nunca, es un mundo de apariencia, en el que los estereotipos de felicidad no tienen nada que ver con el mensaje cristiano.

 

El problema del fariseísmo nos acompaña desde el inicio de la Iglesia, y todavía tenemos la tentación de guardar las apariencias, por lo tanto, la verdad, la caridad y la justicia se transforman en aspectos secundarios de la vida.

 

Hoy Jesús nos recuerda que no hay nada fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarlo, sino que son las cosas que salen del corazón las que lo contaminan, porque en el corazón se generan esa lista de pecados que hemos escuchado en el Evangelio.

 

 

Tenemos que estar atentos para no caer en la tentación de hacer arreglos estéticos a nuestra vida espiritual, a no “barnizar la carrocería”, sin tocar el motor, a no usar máscaras que ocultan la verdad.

 

Finalmente, este pasaje del Evangelio habla de la ley y la tradición.

 

En la iglesia católica hay tradiciones que han sido transmitidas de generación en generación y esa es la doctrina que profesamos, por eso decimos en el credo: “creo en una iglesia católica y apostólica”. Esto es la sucesión apostólica, unida a la “tradición apostólica”.

 

Quisiera recordar que la Tradición Apostólica es la transmisión del mensaje de Cristo, realizada desde los orígenes del cristianismo, a través de la predicación, el testimonio, las instituciones, el culto y los escritos inspirados. (Por ejemplo, Jesús no escribió de puño y letra los evangelios, pero gracias a la Tradición Apostólica, sabemos y creemos que son “Palabra del Señor”).

 

Menciono este concepto, tal vez un poco abstracto para decir, que el evangelio de hoy nos recuerda que en nuestra vida de fe también existe en esa tradición apostólica y cuando nuestro corazón no estamos abiertos a la novedad del evangelio, nos enfermamos de “tradicionalismo” y nos volvemos duros, sin discernir la doctrina intocable y la tradición que constantemente está en la búsqueda de Dios. (Eso se llama los signos de los tiempos)

 

Pidamos al Señor entrar en la lógica constante de purificación interior a través de los sacramentos, la vida de fe y la oración; Cultivando nuestra relación honesta con el Señor que nos quiere libres y felices, y sintiéndonos parte de una Historia de Salvación.

 

Amén.

POR ARIEL BERAMENDI

[1] Cf. Papa Francisco, Angelus, 30 agosto 2015

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