A meses de las elecciones generales del 17 de agosto, Bolivia está nuevamente en una encrucijada política y moral. La aparente unidad que los opositores al actual modelo social y económico mostraron a finales de 2024 ha comenzado a quebrarse, mostrando la fragilidad de los acuerdos y la falta de un verdadero desprendimiento por el bien del país. Esta división, lejos de fortalecer una alternativa democrática, debilita las posibilidades reales de cambio que la mayoría de los bolivianos anhelan con urgencia.
Las cifras de las elecciones presidenciales de años anteriores ofrecen una lección que parece ignorarse. En 2014, Samuel Doria Medina alcanzó apenas el 24.23% de los votos; mientras que Jorge “Tuto” Quiroga, en esa misma contienda, obtuvo solo el 9.04%. Estos resultados muestran de manera clara que, por sí solos, los líderes tradicionales de la oposición no logran superar el umbral siquiera del 40% que marca la diferencia entre una propuesta ganadora y solo una buena intención. Y aunque ya no está en campaña, en 2020, Carlos de Mesa, otro rostro visible de la oposición, obtuvo solo el 28.83%. Los datos son claros, la dispersión solo favorece a un posible candidato del oficialismo o al retorno del mismo ante un nuevo fracaso de la oposición.
La fragmentación opositora y la crisis de visión política
Frente a esta realidad, surgen serias dudas sobre la madurez política de los actores opositores, cuya falta de generosidad y visión estratégica amenaza con prolongar un nuevo posible régimen que ha mostrado claros signos de agotamiento. El modelo político del socialismo del siglo XXI, representado por el MAS, ha sumido al país en una crisis económica cada vez más angustiante. El crecimiento se desacelera, las reservas internacionales se agotan, la inflación comienza a mostrar su rostro y la pobreza, lejos de erradicarse, se ha instalado nuevamente en miles de hogares.
El Papa Francisco, en su encíclica Fratelli Tutti, nos recuerda que
“la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. A los políticos les corresponde cuidar la fragilidad, la fragilidad de los pueblos y de las personas”.
Estas palabras deberían ser guía moral y ética para quienes hoy pretenden liderar Bolivia. No es tiempo de promesas vacías ni de discursos altisonantes: es momento de mostrar compromiso real con los más vulnerables y con el destino del país.
Es evidente en nuestros políticos que hay una pobreza mayor que la económica y no es otra que la pobreza del espíritu político. Esa que impide ver más allá del interés personal, del cálculo electoral, del ego que se antepone al bien común. Si no son capaces de renunciar a sus ambiciones individuales, Bolivia continuará en este ciclo de frustraciones y promesas rotas. No es tiempo de medir egos, sino de sumar esfuerzos.
Llamado a los ciudadanos y a los católicos a ejercer el discernimiento
Como laicos comprometidos, no podemos quedarnos en la pasividad o en la indiferencia. Estamos llamados a ejercer un discernimiento serio, a la luz del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia, para identificar con responsabilidad quiénes pueden conducir a Bolivia por un nuevo camino. El voto debe ser un acto de conciencia y de amor al país. En las condiciones actuales, donde las opciones pueden parecer limitadas, tal vez no se trate de elegir al candidato ideal, sino al más responsable, más sensato y menos perjudicial para el país. Al que, aun con sus limitaciones, pueda garantizar un mínimo de institucionalidad, diálogo y reconstrucción nacional.
Puede notarse el sufrimiento del pueblo boliviano en surtidores colapsados, en la falta de trabajo, en una justicia poco confiable, en las familias que ya no alcanzan a cubrir lo básico. Esta crisis no admite más improvisaciones ni cálculos egoístas. La esperanza necesita un camino claro, y ese camino solo puede construirse con unidad, humildad y compromiso real.
Hoy, más que nunca, Bolivia necesita una visión política renovada. Una que no nazca de la revancha ni del mesianismo personal, sino del servicio auténtico al bien común. Una visión que entienda que el país no se cambia desde los intereses de un partido, sino desde la entrega generosa de quienes aman profundamente esta tierra y están dispuestos a construir con sacrificio, responsabilidad y verdad.
La Bolivia de hoy no necesita salvadores ni caudillos (de esos ya vimos como sobran), necesita servidores. Personas capaces de dejar de lado su ambición para poner primero al país, su gente y su futuro dejando de lado, si es necesario, sus propias aspiraciones.
Richard Romero Siacara – Comunicador Social, laico comprometido de la Iglesia Católica y ex presidente del Consejo Boliviano de Laicos (2015 – 2018).


