Análisis

Una ventana abierta en el Coliseo del “Psico”

A ti, joven campesino.

Te escribo desde mi tierra española. A punto de comenzar el verano, las temperaturas en el termómetro presagian ya unos meses tórridos que complicarán aún más la situación de crisis y cansancio que viven mis compatriotas. La economía europea está poniendo en jaque a multitud de familias sin trabajo que apenas pueden pagar alquileres o llevarse al estómago lo necesario.

De esas privaciones, tú, chico del hogar-internado, ya sabes mucho… ¡Me las has compartido tantas veces en las noches transparentes del hermoso cielo boliviano!

Y te escribo a propósito de un encuentro en el que no fuiste protagonista. Pero quiero contártelo. Ocurrió hace unas pocas semanas. Y ocurrió mientras te esperaba para acudir juntos a una consulta médica en el Hospital de los Hermanos de San Juan de Dios. Ése que popularmente llamamos “Psico” y que además alberga a un gran número de niñas, niños y adolescentes con diferentes deficiencias físicas y síquicas.

Estaba abierta la ventana de su gran Coliseo. Lo pude advertir mientras paseaba por la acera colindante. Me acerqué a mirar con curiosidad. Allí, sobre la cancha, hormigueaban varios de estos niños y jovencitos con sus monitores o cuidadores, haciendo diferentes juegos y ejercicios gimnásticos: esas técnicas que estimulan la coordinación de nuestras funciones motrices y psíquicas. Advertí también la presencia de alguna mamá que les acompañaba.

El ambiente era distendido y no faltaban las risas y los comentarios jocosos. La verdad es que me hubiera gustado participar en tan lindo enredo.

No pude por menos de reflexionar. Detrás de tanto instante mágico, de revolcones, empujones y carcajadas, supuse que tampoco sería placentera la vida diaria de aquellos jovencitos y sus responsables. Algunos, gracias a Dios, tienen la dicha de vivir con sus familias. No me resultó difícil imaginar veinticuatro horas, cada jornada, de cuidados y atenciones dispensados por mamás, papás, hermanitos y hasta abuelitos. Sobre todo en los casos más duros, más profundos, en que la discapacidad se hace presente con su carga de desmedida fragilidad.

Incluso en las horas del descanso nocturno, seguro que las mamás se privan de un completo sueño reparador para no descuidarse ante el más mínimo gesto intranquilo de los que siempre llamaremos niñas y niños, aunque tengan muchos años cumplidos. Y todo ello acompañado de una gran dosis de paciencia, dulzura y entereza. De cariño.

Tú, que ya sabes de privaciones, como escribí más arriba, entiendes hasta qué punto muchas personas están marcadas, para toda su vida, con situaciones complejas que intentan abordar con el esfuerzo y el pundonor del día a día. Con poco tiempo para descansar, con menos tiempo para pasear, ir de compras o tomar algo, se sienten bellamente comprometidas en una causa grande que, la mayoría de las veces, sobrepasa sus posibilidades. Y en esa causa grande han sabido encontrar el motivo que da sentido a su existencia, que la llena de serena felicidad.

Sí, hay vidas que, tras dudas y quebrantos, tras variadas dilaciones, han aceptado entregarse en cuerpo y alma, como se dice, a tareas, las más de las veces anónimas y escondidas. Siempre buscando el bien de otros. Sin homenajes, sin aplausos, sin estridencias. Desde su atalaya de creyentes se sienten instrumentos de Papá-Dios, a quien se confían por entero, para sembrar un poco de amor que germine en los corazones cercanos.

Ojalá que estas fantásticas personas no se olviden de la necesidad de cuidarse ellas mismas para poder seguir cuidando a los demás. Para que no lleguen a sucumbir. Porque las necesitamos.

Por eso, querido chaval, a ti, que tanto sabes de penurias, te pido que no mires hacia otro lado. Es demasiado el sufrimiento que derrama este mundo al que llegaste hace unos pocos años. Siéntete responsable. Comprometido, quizá, con una espinosa misión que la vida te encomiende. Convencido de buscar, como los equilibristas en el circo -cuánto me gustaban en mi infancia- “el más difícil todavía”.

Para conseguirlo mañana, no regatees hoy esfuerzos. Empezando por los más escondidos y simples. En estos años de formación tus educadores te apoyaremos. Te acompañaremos.

Escribo desde mi tierra española. Es el recuerdo de lo que me ayudó a pensar una ventana abierta. La del Coliseo del “Psico”, de Sucre. Ya hace unas semanas. Ocurrió mientras te esperaba para una consulta en el Hospital.

Y quería contártelo.