Eran otros tiempos en los que las “mamas” (mujeres que realizaban los oficios del cuidado del hogar) en las estancias de San Ramón, Beni, preparaban con gran emoción los amasijos propios de Semana Santa: cuñape, pan de arroz, rosca de maíz y rosquetes entre otros, que abiscochaban (endurecían en el horno) para que durarán los días que no se encendía fuego (jueves y viernes santo).
No se encendía fuego, ni se barría, ni se baña uno, porque los días de semana santa son para orar y acompañar a Jesús, decían. Se ayuna o es poco lo que se come, sobre todo una chicha de maíz con cuñape abiscochao, o alguna otra masita. Se privaban del alimento porque querían de manera simbólica acompañar a Jesús que durante su Pasión y muerte sufrió tantos padecimientos.
Llegado el jueves santo, engalanadas las damas con sus vestidos oscuros y el velo del mismo color, los varones con traje de caballero y los niños luciendo sus mejores galas y vestidos, se dirigían al templo para participar con gran devoción de la santa Eucaristía y la adoración al Santísimo, que se extendía hasta media noche.
El viernes santo, día del silencio (porque no se encendían las radios, ni se ponía música. Se llamaba a misa con matracas en lugar de campanas), todos participaban de la procesión de Vía Crucis, las señoras de velos oscuros se dirigían desde un extremo de la calle cargando la imagen de la Virgen de Dolores y del otro estaban los varones llevando en anda a Jesús en la cruz. Madre e hijo, se encontraban frente al templo para encabezar el peregrinar por las catorce estaciones que eran representadas por los jóvenes, en calles y avenidas circundantes a la parroquia.
Los niños no solo observaban atentos, sino que vivían cada momento con gran emoción, como cuando de verdad se escuchaba el canto de un gallo para rememorar la traición de Pedro o cuando Jesús en la cruz, con la voz resquebrajada por el dolor dijo “Todo se ha cumplido, Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” y exhaló su último suspiro, entonces tembló la tierra y se rasgó el telón del templo. Cada expresión cada gestó preparado con gran habilidad y que incluso contaba con efectos de sonido y seguramente largas horas de ensayo, permitían a los niños de esa época vivir cada momento con un profundo sentir.
Comenzar de nuevo
Siempre hay que comenzar de nuevo decía con profunda convicción una laica de gran fe, Martha Urioste de Aguirre. Y cuánta razón tenía porque la misión de evangelización debe renovarse con el paso de cada generación, para que la fe no se pierda, para que la mirada de los niños vuelva a iluminarse y llenarse del amor de quien dio su vida para enseñarnos a amar sin medida, sin esperar nada a cambio.
¿Quién es Jesús?
Jesús es nuestro salvador, pero ¿Qué quiere decir que Jesús vino a salvarnos? A salvarnos de nuestros pecados. ¿Qué pecados?
La respuesta viene de la reflexión que hace, la docente de Cristología de la Universidad Católica San Pablo, Erika Aldunate. Ella sostiene que Jesús vino para salvarnos de pensar en el absurdo de que él, es un Dios que vino para algunos o únicamente para los buenos, él ama a sus enemigos, él vino por todos y murió por todos.
Porque Jesús, siendo Dios podía verse libre de la fatídica muerte en cruz, pero él es el Dios de la coherencia de vida, que traspasa las palabras con hechos concretos. Él enseñó a amar a los enemigos, por eso tiene los brazos abiertos en la cruz, para abrazar. Sus brazos abrazan el mal y la muerte para que pierdan su poder, para extinguirlos.


