Internacional

Un cura contra los ‘narcopolíticos’ en México

En Simojovel, en las retiradas montañas de Chiapas, hay un cura cuya cabeza tiene precio, un millón de pesos; y políticos acusados de corrupción y colaboración con el tráfico de drogas y armas; y minas en el subsuelo en las que una tropa de pobres se dejan la vida buscando ámbar; y chinos que llegaron para comprarlo y han aumentado mucho su precio; y mineros que usan la cocaína para aguantar más horas en las entrañas de este ahora rentable negocio; y nuevos narcos por la nueva demanda; y algunos niños que pierden la vida con el tesoro de la resina hallada entre sus manos; y artesanos locales que ya no pueden comprar las buenas piezas porque no pueden pagarlas; y discotecas recién creadas para traficantes; y revueltas; y amenazas; y pobreza; y muerte. “Aquí habrá un nuevo Iguala pronto si nadie lo remedia”, resume el padre Marcelo, ese que en la primera frase explicábamos que los narcos están dispuestos a pagar un alto precio por asesinarle. “Si para evitar eso tengo que morir, pongo mi vida a disposición del pueblo”, dice él con calma a EL MUNDO.

Los narcos y la corrupción siempre han existido. Es la ley del más fuerte. O siembras o te matan”, explica Claudia Ytuarte-Núñez, una doctora de ciencias antropológicas que ha realizado la única tesis existente sobre el ámbar de Simojovel.

Porque en esta cruel historia la valiosa resina que sacan los mineros ha echado algo más de leña al devastador fuego. “Llegaron los chinos hace tres años y comenzaron a comprar el ámbar puro, el que no tiene manchas. Subieron los precios y empezó a haber más gente dispuesta a trabajar en las minas. Generalmente se trabaja cuatro horas pero ahora lo hacen hasta nueve porque consumen cocaína que en muchas ocasiones la pagan con el mismo ámbar que encuentran”, nos reconoce Antonio, un minero de la zona. Los narcos empiezan también a usar el ámbar para lavar su dinero.

Es decir, la llegada de los chinos ha incrementado un círculo vicioso ya muy deteriorado: “Viven todos encerrados en el único hotel de Simojovel. No salen nunca, tienen sus intermediarios que son los que compran las mejores piezas y salen sólo a cenar a un restaurante chino que se acaba de abrir”, nos explica Elías, otro minero del pueblo.

Trabajar sólo con el ámbar

Esa inflación ha dejado fuera de juego a toda una colección de artesanos locales que ya no acceden al ámbar puro. “Todo es para los chinos. Ahora el gramo cuesta hasta 350 pesos cuando antes costaba alrededor de 30”, dice Roberto Díaz, un artesano con 23 años de oficio. “Yo mismo en 2014 volví a la mina que era más rentable que la artesanía”. Los 80 grupos gremiales de la ciudad se han movilizado y quejado por una situación que les obliga ya a trabajar sólo con el ámbar con manchas. No muy lejos, en las buenas joyerías de San Cristóbal de las Casas, el negocio, sin embargo, mejora con esa inflación que acaban pagando los turistas. Unos ganan y otros pierden.

El trabajo en la mina en Simojovel es junto a los escondidos y protegidos por los narcos cultivos de amapola y marihuana la fuente de riqueza de la comarca. “Pedro y Manuel trabajan en la peor parte de la cadena, son los mineros de segunda. “Picamos las rocas de los terrones que tiran de la mina”, cuentan mientras no detienen sus brazos y martillos bajo un duro sol con sus pies sujetos en una colina de escombros. Ellos ganan 200 pesos al día (12 euros) por currar de lunes a viernes. Lo que hacen es buscar entre los restos de “basura” de la piedra ya desechada por los mineros de primera, que en los casos muy afortunados pueden cobrar hasta 500 pesos diarios. “Hay todo tipo de arreglos económicos. Las minas en ocasiones las explota el dueño, otras la renta por meses y otras contrata a trabajadores a los que pueden pagar 150 pesos al día”, explica Claudia.

En las minas hay también trabajo infantil, como el que le costó la vida al primo de Elías, de 14 años y estudiante de secundaria: “Había encontrado una pieza de 900 gramos que llevaba en las manos y salía sonriente cuando una piedra le aplastó”, nos relata su familiar. “Hay niños que con siete años ya trabajan en la mina en sus vacaciones. Yo empecé con nueve años”, dice. “Los niños hacen trabajos menos duros generalmente y son de familias muy desestructuradas. Las mujeres sólo trabajan en las minas cuando no consiguen casarse”, puntualiza Claudia.

Entramos en uno de esos agujeros oscuros, las entrañas de este submundo prohibido. Están apartados de las zonas de plantación narco y nos permiten visitarlas previo pago de una entrada a la comunidad. El calor es muy intenso dentro. Todo se excava a mano. Pablo pica con la única luz de su linterna frontal y la ayuda de una radio con música. “Yo antes trabajaba en Texas y ahora regresé y encontré este único trabajo en la mina”. ¿Sacas algo? “Hay semanas que no sale nada”, responde mientras continúa su dura labor. Fuera, otros tres mineros jóvenes, los peor pagados y los que antes se adicionan a las drogas, descansan agotados. “A veces no ganamos nada”, cuentan al abrigo de una sombra.

Toda esa frágil economía ha creado y potenciado el negocio de las drogas. “Los dos primeros compradores que trabajaron con los chinos a porcentaje son ahora los traficantes pequeños del pueblo (narco menudeo). Uno antes era un simple pintor. Ha habido ataques entre ellos y varias emboscadas que han acabado con tiros y muertos”, relata una persona que por seguridad nos pide que ocultemos su nombre.

Él nos lleva hasta la casa de uno de esos nuevos y opulentos narcos que se está levantando una alta torre en su chalet que sobresale en medio de toda es pobreza. “Quiere tener señal de teléfono, por eso la torre. Han venido ya alguna vez policías a investigar. En un año, tras los chinos, se han hecho de oro”. En los últimos meses se han abierto cinco bares a las afueras que abren hasta la madrugada y que se identifican como generadores del problema por los habitantes de Simojovel.

El padre Marcelo

Y ahí entra el padre Marcelo. “El problema no lo han generado los chinos”, puntualiza el amenazado sacerdote que lleva cuatro años en esta parroquia, “existía ya de antes”. El párroco, a raíz del asesinato de Doña Oliva Liébano, el 14 de septiembre de 2013, en su misma casa y al mediodía, decidió encabezar protestas contra las autoridades locales junto a algunos grupos cristianos. “El pasado 27 de marzo hicimos una peregrinación hasta Tuxtla, capital de Chiapas, para pedir que se acabara con la corrupción, se cerraran los bares y las autoridades dejaran el tráfico de armas y drogas”, explica el valiente religioso. Le acompañaron 15.000 indígenas que caminaron junto al párroco cuatro días.

La respuesta del Gobierno del estado de Chiapas fue la de prometer una mesa de diálogo. “El gobierno del estado saluda al pueblo creyente de la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas y de la Arquidiócesis de Tuxtla Gutiérrez, quienes realizan una peregrinación y viacrucis cuaresmal, mismo que partió hace unos días del municipio de Simojovel”, dijo el portavoz de un Ejecutivo que es señalado indirectamente por los manifestantes.

Los enemigos del padre Marcelo, según su versión, son poderosos, una familia adinerada y muy relacionada políticamente que usa como títere al presidente municipal. Algunos miembros del clan se presentan ahora a las próximas elecciones de junio como diputados. “Ellos tienen todo el poder. Trafican armas y drogas. Es lo mismo que en Iguala, todo el mundo lo sabe (casi todos las personas a los que preguntamos confirman la versión del sacerdote). Han comprado a policías, fiscales y jueces. Si alguien pone una denuncia a los 15 minutos ellos lo saben y amenazan al que ose a retarlos. Son narcopolíticos”, explica.

Tanta valentía en la denuncia y confrontación le ha costado al Padre Marcelo que su cabeza tenga precio. Empezaron ofreciendo 150.000 pesos y ahora ya pagan un millón por quién lo mate. “Nos enteramos de algún intento de emboscada del que pude huir y varias veces hemos tenido persecuciones”, explica. “Yo me niego a tener la protección que me ha ofrecido la Policía Federal por tres razones: yo gozaría de una protección que el pueblo no tiene, no confío en la Policía, todas están compradas aquí por los narcos, y somos pacifistas, no quiero que nadie muera por mi culpa, prefiero morir yo”.

Sabe que es posible que lo maten y lo acepta con cierto estoicismo. “Hemos hecho denuncias a nivel internacional para que alguien intervenga antes de que ocurra una gran desgracia. El Estado no hará nada hasta que no haya muertos. Todos saben lo que ocurre y nadie interviene. Estamos a tiempo de parar esto”.

La indiferencia del estado hacía la zona de la que habla el padre Marcelo es algo endémico. “Su prioridad es que no contamine otras zonas estratégicas. Esto es más una región contenida por el estado y rodeada por el ejército”, afirma Claudia. La realidad es que en las carreteras se encuentran retenes hechos por los movimientos zapatistas que exigen un pago a los conductores. En determinados puntos hay carteles que avisan de que se entra en zona zapatista y que son ellos, el pueblo, el que gobierna allí y hay que obedecer sus normas.

Esa autogestión va pareja a una presencia estatal y federal que parece testimonial, al menos, en la prestación de los servicios básicos. Recientemente han muerto dos recién nacidos y se hospitalizó a otros 29 por una vacunación en malas condiciones. Las ambulancias y centros de salud de la zona eran inservibles. Tardaron más de 12 horas en atender a los bebés.

“Los padres comenzaron plantando drogas y sus hijos ahora la consumen”, concluye Claudia con una clarificadora imagen del deterioro constante. Simojovel, mientras, aguarda un estallido que le desgarre y, quizá, genere esa llamada de atención que necesita para evitar su trágico punto y seguido. La vida allí se va en silencio, con la complicidad de todos, en una más de las espaldas olvidadas del mundo.

EL MUNDO se ha puesto reiteradamente en contacto con la Policía mexicana que no ha contestado a las preguntas de si hay abierta alguna investigación sobre la implicación de los dirigentes políticos y el narcotráfico en la localidad y sobre las amenazas de muerte al padre Marcelo.