Análisis

Tiempos Difíciles

Hace varias décadas se habla de un cambio de época, de crisis civilizatoria o cambio de paradigma que supone unas transformaciones en diversos niveles de nuestro modo de concebir el mundo, la humanidad, nuestras relaciones, los modelos políticos, económicos, las matrices culturales y religiosas, en fin, una serie de nuevas configuraciones.

Claramente nadie sabe a ciencia cierta hacia dónde nos lleva esto pero tampoco podemos pretenderlo ya que sólo con relativa distancia temporal podremos tener la visión adecuada de lo que realmente se va configurando.

No obstante somos testigos de diversos cambios en distintos órdenes así como de las resistencias a los mismos. La velocidad con la que se dan verdaderas transformaciones tecnológicas, el flujo de información y acceso a la misma, las cada vez más amplias redes de interconexión y formas de relación –entre muchas otras- son algo que vivimos y percibimos cotidianamente. Algunas personas señalan que “el tiempo pasa volando”, “el día no alcanza”, no se logra abarcar todo lo programado o deseado pues la cantidad de cosas por hacer y el aumento de las posibilidades técnicas y/o tecnológicas nos sumergen en una vorágine de activismo.

Como todo en la vida, el cambio tiene aspectos positivos así como negativos, luces y sombras, acompañadas de una serie de matices. Por ello me atrevo a afirmar que lo que probablemente nos está faltando en estos tiempos es tener una cierta lucidez y discernimiento en todo lo que vivimos.

Muchas veces aceptamos sin más cuestionamiento que la realidad es así y sólo debemos aceptarla como es, negando la posibilidad de que ésta pueda ser modificada. Se va imponiendo una cultura del descarte, de lo efímero, de lo volátil e instantáneo y no lo cuestionamos en nuestras acciones, lo único importante parece ser la satisfacción momentánea que reporta para cada individuo y basta. Así se configuran algunas de nuestras relaciones, diversiones, pasatiempos, trabajos y demás.

El ritmo de la vida en las ciudades pareciera que no tiene freno, la sucesión de cosas por hacer nos deja cada vez menos tiempo para el disfrute sereno y pausado de lo que hacemos y lastimosamente eso también nos quita la capacidad de reflexionar e interiorizar las experiencias en la vida. Todo tiene que ir rápido, sino no sirve, es aburrido y se debe huir de aquello. Las comunicaciones instantáneas son normalmente meras informaciones y tienen prioridad sobre las pausadas y profundas. La capacidad de decir algo más en forma y contenido se abrevia a la manera de un sms o un tweet.

También es cierto que las nuevas formas de vida y relación ofrecen oportunidades insospechadas y maravillosas y se deben aprovechar. Sin embargo, no todo lo que reluce es oro, podemos ser seducidos por un cúmulo de sensaciones y sentimientos aparentes que, como decía, nos quitan la capacidad de discernimiento y lucidez a la hora de ver la realidad, consecuentemente nos adormecen la sensibilidad para sólo buscar lo complaciente que se asocia además con la velocidad del efecto pretendido.

En el fondo, junto con las grandes oportunidades de este cambio de época están sus grandes limitaciones y equívocos: vivir más para afuera que para adentro, de la apariencia que de la consistencia, de lo externo y exterior que de lo interior y profundo, de lo que se impone como demanda irrenunciable que de la necesidad real, de las espiritualidades complacientes que del Espíritu que nos desafía, de las recetas cómodas y seguras que de la verdadera aventura de hacernos personas. El déficit de nuestra humanidad está –sobre todo- en el vacío interior, la falta de interioridad y el exceso de querer llenarlo desde fuera con lo que sea.