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Sucre. Convento de Santa Teresa y la devoción al Niño de Praga, fe e historia viva

Cada 25 de enero, Sucre celebra la tradicional festividad del Niño de Praga, jornada en la que una multitud de fieles se congrega durante todo el día en el templo de Santa Teresa, donde se realizan tres celebraciones eucarísticas y la procesión hacia el templo de San Lázaro —la primera iglesia de la ciudad, fundada en 1544—, escenario del encuentro entre la imagen del Niño de Praga y su madre, en  la advocación mariana de la Virgen de la Candelaria.

Ubicado en la calle San Alberto, el templo de Santa Teresa se convierte en esta fecha en un espacio de fe y tradición, donde las familias acuden para hacer bendecir a sus hijos, nietos y sobrinos, y para recordar la historia del emblemático monasterio carmelita que resguarda esta devoción.

El Convento de las Carmelitas Descalzas de Santa Teresa fue fundado el domingo 12 de octubre de 1665 en las inmediaciones del antiguo callejón de Mojotorillo, hoy conocido como callejón de Santa Teresa. No obstante, su historia se remonta a tres años antes, cuando el 1 de marzo de 1662 el entonces arzobispo de La Plata, monseñor Gaspar de Villarroel, adquirió toda la manzana con el propósito de erigir un convento de esta orden. La obra, diseñada por fray Pedro de la Orden de los Franciscanos Menores, fue encomendada a fray José Gómez del Muro y al reverendo Juan Jacinto Enríquez. En el lapso de tres años se construyó el monasterio con tres claustros, cinco ermitas dedicadas a distintos santos y su respectivo templo.

Casi finalizada la edificación, monseñor Villarroel invitó a las Carmelitas Descalzas del Perú a establecerse en Charcas. Cuatro religiosas aceptaron el llamado: sor Antonia Teresa del Espíritu Santo, primera madre superiora; sor Josefa de Jesús, priora; sor Inés de Jesús, maestra de novicias; y sor María de Cristo. Ellas arribaron a Sucre el mismo día en que falleció el arzobispo impulsor de la obra, el 12 de octubre de 1665, quien murió en presencia de las hermanas fundadoras y de su primer capellán, fray Gómez del Muro, siendo sepultado a los pies del altar mayor del templo.

Con la apertura del monasterio, 21 jóvenes de familias distinguidas de Potosí y Charcas solicitaron ingresar como aspirantes, iniciando así una comunidad dedicada a la vida contemplativa, conforme al carisma instaurado por santa Teresa de Ávila. La primera novicia fue Francisca de Zeballos, natural de Arequipa, quien adoptó el nombre de sor Francisca del Niño Jesús.

El convento conserva hasta hoy sus tres patios floridos, que en el recorrido museístico permiten conocer cómo vivían las religiosas en estricta clausura: sencillas celdas de madera, imágenes de santos, faroles de vela, vajilla de arcilla, instrumentos de penitencia y antiguas boticas de medicina natural. Cada patio posee una capilla; en la del tercero destaca un armonio de mediados del siglo XIX, considerado uno de los primeros que llegaron a la ciudad. Abundan también imágenes del Señor de la Columna y numerosas cruces de madera colocadas, según la tradición, para proteger el monasterio tras repetidos derrumbes de uno de sus pilares.

El templo, construido simultáneamente en 1665, es de una sola nave de estilo barroco, con coro alto y bajo. Este último alberga una sillería de cedro donde las hermanas rezan las siete oraciones diarias. Bajo el coro se encuentra una cripta en la que reposan los restos de más de 300 religiosas, así como los del arzobispo José Antonio de San Alberto, cuyo nombre lleva la calle donde se emplaza el monasterio.

Originalmente, el altar mayor lucía un imponente retablo de cedro que en 1789 fue trasladado por orden de fray José Antonio de San Alberto a la ermita de San Roque, privando al templo de su pieza original. El conjunto conventual cuenta además con cinco ermitas: San Miguel, San Salvador, San Elías, la Virgen de la Candela y Belén, esta última una representación a tamaño real del nacimiento de Jesús, con su propio jardín.

La huerta del monasterio, hoy reducida, antiguamente se extendía hasta las calles Camargo y Padilla. Allí las religiosas cultivan frutas y hortalizas con las que elaboran mermeladas, panes, dulces y hostias, además de dedicarse al bordado de ornamentos litúrgicos y a la confección de hábitos.

Más allá de su valor histórico, cada 25 de enero el convento se convierte en centro de la devoción al Niño de Praga. Esta advocación, heredada de Europa a través de la tradición carmelita, se afianzó en Sucre también por una leyenda vinculada al temido callejón de Mojotorillo. Se cuenta que un vecino, protegido por una medalla del Niño de Praga hallada en el empedrado, logró atravesar el lugar sin sufrir los espantos que, según la tradición, atemorizaban a quienes lo transitaban de noche. Desde entonces, el Divino Niño fue considerado protector del callejón y del barrio.

En la tradición sucrense, la fiesta del Niño de Praga marca el cierre del ciclo navideño. Una multitudinaria procesión recorre las calles céntricas acompañada de niños vestidos de ángeles, mientras se entonan ch’untunkis y se comparte al finalizar chocolate, buñuelos y roscones.

Así, el convento de Santa Teresa, fundado en 1665, se revela como uno de los grandes tesoros patrimoniales de Sucre: un espacio donde fe, historia y leyenda se entrelazan, y que, como muchos otros rincones del departamento, guarda una riqueza cultural única que merece ser conocida y valorada.

Fuente: Tesoros Chuquisaqueños

Sonia Muraña
Sonia Muraña
Comunicadora Social con enfoque de periodismo para el Desarrollo y la Interculturalidad. Periodista digital. Documentalista y productora audiovisual Email: sonymurana@gmail.com/ linkedin.com/in/sonia-muraña-88413214a
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