Análisis

Sergio Montes: El variopinto mes de noviembre

Si bien todos los meses tienen lo suyo y a la gente se le da por clasificar las fechas de acontecimientos importantes (normalmente de índole catastrófica) como el 11S, el 11M, Febrero Negro, Octubre Rojo, y así también el Día de la Amistad, Mes de la primavera, etc. quisiera trazar una breve pincelada sobre algunos aspectos de nuestra realidad nacional en este mes.

Después de las idas y venidas del Tribunal Supremo Electoral (TSE) con los resultados de las elecciones de octubre pasado ahora se ha embarcado en la tarea de la organización de las elecciones para gobernaciones y municipios. Las deficiencias evidenciadas en el proceso electoral y en la entrega de resultados finales han sido cuestionadas desde diversas instancias ¿significará algo eso en aras de hacer eficiente el trabajo del TSE?

En menos de 6 meses tendremos otro proceso electoral y a la fecha no llega al 10% el nuevo empadronamiento previsto por el TSE, el tiempo que queda –con vacaciones, fiestas de fin de año y carnavales de por medio- no permitirá que se dé a conocer a la ciudadanía la información necesaria, ni las candidaturas, ni las propuestas, ni nada que se parezca a un voto informado, responsable y democrático. Pero en fin, así no más son las cosas. Nadie se preocupa por evaluar y fiscalizar la solidez de nuestras instituciones –de nuestra democracia- pues lo único que importa es competir en la carrera electoral para conseguir algún puestito, cegados por el poder.

Otra de las escenas de este mes tiene que ver con las movilizaciones, campañas, acciones, discursos y demás frente a los feminicidios y la violencia contra la mujer. Es para alabar el hecho de que se haya impulsado una legislación que busque proteger a personas vulnerables de la sociedad, como las mujeres, a las que se suman los menores y los ancianos. Es bueno que haya la voluntad política de hacer frente a realidades atroces y cotidianas contra las mujeres de nuestro país y que además se procure hacer efectiva su defensa y protección.

Lastimosamente mucho de lo que se muestra y efectivamente se hace (que de por sí ya es limitado) atiende sólo a un elemento de la problemática y pretende solucionar las cosas con castigos, penas y condenas. Como en todo problema, se debe atender más bien a las raíces, a las causas estructurales de la violencia en general y de la violencia contra la mujer en particular.

Poco se logrará con meter a la cárcel a todas las personas que ejercen violencia o discriminan o atentan contra la vida de las mujeres… ¿resolverá algo el que no puedan acceder a determinados cargos funcionarios con antecedentes de violencia? Es una medida que puede ayudar sí, pero no resuelve el problema, incluso puede aumentarlo, no sea que al agresor se le ocurra darle otra paliza por haberle perjudicado en sus ambiciones profesionales.

Es preciso e imperioso ayudar a romper el silencio del mal que se genera en el seno de las propias familias donde se incuban valores contrarios a la dignidad de la mujer, donde se reproducen esquemas machistas y dominantes, donde se generan comportamientos inhumanos. También es urgente romper el silencio frente a lo que sucede en el seno de las instituciones públicas y privadas en las que también se ocultan, socapan o disimulan comportamientos que atentan contra la mujer y por mantener la pega las mujeres tienen tragarse la humillación.

El caso del bebé Alexander ha destapado de todo –y entre eso el morbo con el que se maneja la vida de las personas. No creo que sea ninguna novedad identificar que en varios centros de acogida, orfanatos, asilos, hospitales estatales –y también en algunos privados- las condiciones sean no sólo precarias sino deplorables. Es macabro observar cómo unos acusan a otros y se pasan la pelotita de la responsabilidad formal que se tenía con la vida de un menor vulnerable, peleándose por quien tenía derecho a enterrar al bebé en vez de cuestionarse por qué se permitió descuidar los deberes para con él. Así se juega con la vida de las personas, las convertimos en un espectáculo mediático y después seguimos el nuevo show de la semana, ¡cuánta indolencia! Pero más aún ¡cuánta incapacidad para ocuparnos de los más vulnerables!

Para rematar el variopinto mes de noviembre está la trifulca entre los obispos de la Iglesia católica y las autoridades del gobierno por el tema del doble aguinaldo. El gobierno del MAS elabora discursos que saben a propaganda de lo buenos que son con los que eran marginados históricamente en el país –imagino que no cuentan los indígenas reprimidos en el TIPNIS-, de haber mejorado la situación de miles de personas pobres –con lo cual se tiene el derecho de construir un palacete cerca de donde a diario mendiga gente pobre-, de una bonanza económica a prueba de neoliberalismo y de los ataques del imperio –por eso se gasta en coliseos, canchas deportivas, vehículos de lujo y demás. Sin embargo, le parece una barbaridad que alguien le pida ayuda para sostener proyectos de bien social.

Todos los que recibirán el doble aguinaldo festejarán contentos y felices lo bueno que es el Gobierno que se acuerda de los trabajadores y ¡qué bueno que así sea! Pero la película no termina ahí porque comprar los alimentos para atender a personas que viven en la calle cuesta, conseguir medicinas para regalarlas a quien no puede pagarlas cuesta, remodelar un colegio que se adecúe a las necesidades educativas de calidad y a la nueva ley de educación cuesta, acoger en centros especializados a personas con discapacidad a quienes ni su familia ni el Estado los quiere atender cuesta… y así podría seguir la lista de las más de 3000 obras que la Iglesia Católica intenta sostener en el país –y similar realidad viven otras iglesias e instituciones sin fines de lucro que hacen un bien a la sociedad-. ¿Qué conoce el gobierno de estas realidades? Le sale barato que alguien haga su trabajo sin que le cueste un centavo. Tal vez podría establecer políticas económicas y sociales conociendo la realidad de los hechos y no viviendo de fantasías pseudo socialistas.