Análisis

SENTIMOS LA LLAMADA. ¿A QUÉ?

Desde hace tiempo existe una cierta, por no decir, gran preocupación por las vocaciones (hablamos de todas, por supuesto también la laical). Se manifiesta y se dice que hay crisis de vocaciones. Incluso se pone el acento en razones externas, como el contagio de la persona por parte de una sociedad cada vez más secularizada. Cierto que se pueden admitir una y mil razones externas y que sin duda son razones y argumentos válidos, no cabe duda. Pero creo que sería bueno que no tiráramos balones fuera exclusivamente, sino que también tomáramos conciencia del modo de vivir en nuestras comunidades religiosas.

Hay comunidades que realmente son identificadas por la gente que les rodea como acogedoras, pues cuando entran en sus casas se sienten a gusto y felices por la acogida y el trato que se les da. Sin embargo esa acogida y calidez que se respira con el visitante, con el huésped ajeno a la comunidad no es real entre los que viven bajo el mismo techo.
Como muchas veces hemos oído “Comunidad no es vivir bajo el mismo techo, no es trabajar en grupo, o, incluso, en equipo”. No somos una empresa, no somos una ONG, sino algo mucho más comprometido: somos hermanos y hermanas llamados a vivir en la radicalidad del talante, del modo, del criterio de vida del Señor Jesús. Hermanos y hermanas que deben vivir, profundizar y celebrar su fe. En una palabra, compartir su vida, sus sentimientos, sus gozos y tristezas, sus alegrías y sus penas y, sobre todo, sus experiencias de fe, que les moldea y configura con Cristo y les revitaliza en la fraternidad.

La fraternidad es el punto capital de una comunidad que siente y consiente vivir en libertad e igualdad, el seguimiento de Jesús, modelo de identidad que nos conduce a ver y saborear el amor trinitario. 

Quizá nos suene el slogan de la Revolución Francesa: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Interesante slogan, pero para quienes somos consagrados o seguidores del Señor, marcados y sellados por el Espíritu, la Libertad y la Igualdad son necesarias pero quedan cojas, vacías, si no hacen nacer y crecer la Fraternidad.

Cuando leía, leo y releo las conclusiones del Documento de Aparecida, me viene a la memoria los tiempos de la guerra fría, vivencia de una sociedad que se armaba y armaba para ser respetados los bloques y a la vez con unas posturas o posiciones de pacto mutuo de no agresión, (no por respeto sino por miedo) aunque verbalmente y en conciliábulos particulares se manifestaba la agresividad, el odio, la posesión de la verdad por parte de los distintos bloques. Estas mismas actitudes, en muchas ocasiones, intuyo y siento tanto en las comunidades de consagrados y consagradas como en comunidades parroquiales: diplomacia, pacto de no mutua agresión, de una relación diplomática que encierra, “no me agreda y vivamos cada uno a nuestro aire sin incordios, sin mutuas exigencias”. Se vive con una comunicación superficial, incluso con bromas de aparente familiaridad pero que esconde el individualismo y una comunicación profunda, sincera… y sobre todo creerse poseedores de la verdad y que son los demás los que deben cambiar y convertirse.

Aparecida nos pega una sacudida un remezón a nuestras actitudes, pues nos muestra por activa y por pasiva que no bastan las aptitudes, los conocimientos, sino la necesidad de las actitudes vitales de encuentro: acercarse, acoger y conocer. Estas actitudes requieren en primer lugar dejarse encontrar por el Señor, sentirse acogido  y amado por él y conocerle para que como dice Pablo: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Es compenetrarse con él para mirar con sus ojos, sentir como él siente y, en definitiva, amar con la actitud, con el talante del Señor.

Y en segundo lugar, solo quien se deja encontrar por el Señor, quien siente su acogida y se introduce en el conocimiento de su vida, realmente va a ser capaz de vivir en actitud permanente el discipulado, de sentirse impulsado a la misión, es decir, ser misionero.

¡Qué bueno cuando percibimos e interiorizamos en nosotros la actitud de Cristo: ir a la oración a dejarse encontrar por el Padre, a dejarse acoger y conocer y tomar fuerza para manifestar, mostrar y llevar el rostro del Padre!

No se trata de ir a enseñar como maestros, como dueños de la verdad a los demás, sino de compartir la experiencia de fe con los hermanos y hermanas cercanos, lejanos, alejados e indiferentes, en una palabra ir al encuentro con Cristo, sintiendo su acogida, saboreando el conocimiento de su vida.

Un compartir con la palabra, pero sobre todo, con el testimonio de vida la experiencia del encuentro con Él: que motiva, renueva y plenifica nuestro ser con y para los demás.
Por eso, me pregunto: ¿Por qué hablamos de crisis vocacional? No sería mejor hablar de  crisis de identidad? Porque… ¿Qué ofrecemos? ¿Qué mostramos?, ¿conocimientos intelectuales vacios de vida? Más satisfacción brinda la resolución de un problema matemático, de física o química que una doctrina, una enseñanza, una proclamación, a veces altanera, que muestra más el vacío, la no creencia de la misma por nuestra parte, por la falta de coherencia entre nuestra palabra y nuestro vivir.

¿Por qué preocuparse de… en lugar de ocuparse del Señor que te espera…?

“SIN MÍ NO PUEDEN HACER NADA”