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Reflexión dominical: La fe es seguir a Jesús en su Pasión

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La fe sin obras está muerta

 

La carta de Santiago, que venimos leyendo estos últimos domingos, toca otra vez el tema de la autenticidad de la fe, afrontando el problema de una religiosidad aparente, de una fe vacía y sin obras, es decir, de una fe incoherente (Sant 2, 14- 18) y su conclusión es clara: Una fe sin obras está muerta en sí misma, es inútil, es una farsa. Esa carta pone un ejemplo claro: “Si un hermano o una hermana andan desarropados y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?” (Sant 2,15-16).

 

La cuestión de la identidad de Jesús

 

Por su parte, el evangelio de Marcos tiene su centro literario y teológico en el pasaje de este domingo (Mc 8,27-35). En él Jesús plantea abiertamente la cuestión de su identidad, muestra a los discípulos su destino y los invita a un seguimiento radical. Esta escena permite dividir la obra de Marcos en dos partes muy bien diferenciadas, las mismas que se apreciarán en los evangelios de Mateo y de Lucas.

 

Los milagros suscitan la pregunta por la identidad de Jesús

 

Jesús ha aparecido en la primera parte del Evangelio como mensajero del Reino de Dios y su actividad es la que hace cercana, próxima e inminente la llegada de ese Reino. Durante el tiempo de su actividad pública, que tuvo lugar en la zona judía de Galilea, sobre todo en torno al mar de Genesaret, en la ciudad de Cafarnaún y en la orilla pagana del lago, Jesús ha realizado gran parte de sus milagros como una serie de prodigios propios de los tiempos mesiánicos. En Marcos, la curación de los endemoniados, del leproso, del paralítico y de otros muchos enfermos, la curación de la hemorroisa y la resurrección de la hija de Jairo, la intervención de Jesús calmando al viento y al mar en medio de la tempestad, la curación del sordo tartamudo y del ciego de Betsaida y el doble reparto entre las multitudes hambrientas del pan partido, tanto en zona judía como pagana, son todas ellas manifestaciones extraordinarias de la grandeza de Jesús, que revelan la cercanía del Reino de Dios. A través de estos signos, quienes los presenciaron y quienes los conocemos mediante el relato evangélico, podemos preguntarnos qué clase de hombre es éste y de dónde le viene su fuerza y su poder.

 

“¿Quién decís vosotros que soy yo?”

 

Estas actividades de Jesús se revelan además como actuaciones radicalmente críticas contra instituciones religiosas judías, la del día del sábado, la ley, la sinagoga y el templo y como apertura del Reino de Dios al mundo pagano, de modo que también los extranjeros y gentiles tienen parte en la mesa común del banquete mesiánico. Así se pone de manifiesto la enorme autoridad moral de Jesús frente a las autoridades del Israel religioso. Aquella pregunta abierta de Jesús en el evangelio de hoy nos interpela también a nosotros: “¿Quién decís vosotros que soy yo?”

 

Pedro confiesa que Jesús es el Mesías

Pedro y los discípulos fueron capaces de confesar que Él era el Mesías. Sin embargo, no eran conscientes aún de las implicaciones y consecuencias que ese reconocimiento llevaría consigo y Jesús empieza a corregir inmediatamente sus concepciones mesiánicas y religiosas. En la segunda parte del Evangelio se desvelará de qué modo Jesús entiende su mesianismo. El primer anuncio de su muerte en la cruz como destino ineludible de su actuación mesiánica no cabe en las expectativas de Pedro ni de los discípulos. En esta forma de mesianismo, preconizada en los cánticos del Siervo Sufriente de los textos de Isaías (Is 50,5-9), Jesús cumple la voluntad de Dios, pero no es entendido bien por sus discípulos.

 

Asumir las consecuencias del nuevo mesianismo del crucificado

 

Éstos han reconocido al Mesías pero no han percibido todavía las consecuencias y las exigencias de un mesianismo que acabará en la cruz por anteponer el Reino de Dios y su justicia al templo y al sistema del culto y por colocar al ser humano necesitado en el centro de atención de la vida religiosa. A esto mismo quedamos invitados con los discípulos todos los que hoy leemos y escuchamos el evangelio, pues de lo contrario la fe que decimos profesar es una fe muerta. Frente a una religiosidad inoperante y muerta (Sant 2,14-18), la carta de Santiago insiste en que la religión auténtica según Dios Padre consiste en atender al marginado e indefenso, al huérfano y a la viuda, al hambriento y al desnudo.

 

El seguimiento radical a Jesús

 

Los últimos versículos del Evangelio son de gran importancia, especialmente para el fomento de las vocaciones al seguimiento radical en el sacerdocio y la vida consagrada. La invitación final del evangelio a “tomar la cruz y seguir a Jesús” no son dos cosas sino una sola, porque la una implica la otra. El verbo “seguir” es típico de los evangelios y significa mantener una relación de cercanía a alguien, en una actividad de movimiento, subordinado al de esa persona. “Seguir” a Jesús es estar íntimamente unido a él con alegría y entusiasmo, mediante la oración y los sacramentos; seguirlo es estar en marcha con él y dispuesto a ir adonde él va; pero sobre todo es ir detrás de él, no por delante, con toda la ilusión del mundo y con todas las consecuencias. El que abre camino es él y nosotros seguimos sus huellas. Esto es lo que tenía que aprender bien Pedro y los demás discípulos,… y también especialmente los llamados al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada.

 

Tomar la cruz en el seguimiento radical

 

Tomar la cruz es la consecuencia vinculada directamente al seguimiento radical: “Si uno quiere seguir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, y coja su cruz y me siga” (Mc 8,34) y ha sido ejemplificada particularmente en la escena del Cirineo que “tomó la cruz de Jesús” (cf. Mc 14,21; Mt 27,32) y lo siguió. Tomar la Cruz implica un cambio de vida continuo de renuncia a uno mismo para entregarse a la persona de Jesús y seguir sus huellas en una trayectoria de vida, marcada por los pasos que él nos ha trazado para anunciarnos el Reino de Dios, hasta dar la vida por su causa.

 

La alegría de seguir a Jesús

Sin embargo, la referencia personal a Jesús acompaña a los dos verbos. No se trata de ir a la deriva por el mundo sino con Él y detrás de Él, siguiendo sus pasos, sus enseñanzas, su evangelio y con Su cruz. No nos inventemos más cruces ni sacrificios, pues bastantes cruces hay ya en nuestro mundo. Sólo debemos abrir los ojos para percibirlas y allí actuar como Cirineos. Tanto la cruz como el seguimiento radical no se pueden entender bien si no van acompañados de un profundo amor a Jesús y de una gran alegría por ir con él.

 

Cargar con la cruz es atender a los crucificados

 

Por amor a Jesús, a quien seguimos con su cruz, hemos de mirar a los que entre nosotros llevan la cruz: los enfermos y ancianos, los refugiados e inmigrantes, los pobres y indigentes, los condenados a una muerte lenta por carencia de medios de vida en un planeta que podría alimentar a otra humanidad más que hubiera, los niños abandonados, explotados y maltratados, los eliminados antes de nacer, las mujeres maltratadas o golpeadas, los marginados y descartados del mundo. Tomemos estas cruces como nuestras por amor a Jesús para que nuestra fe se avive y nuestro seguimiento como discípulos y discípulas sea más fiel. Así surgirán más vocaciones de total consagración a Dios en el seguimiento de Jesucristo, tanto en sacerdocio ministerial como en la vida religiosa.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.