Análisis Sucre

Miradas a la Virgencita (3): “Sólo soy un joven…”

Adolescente rezando

A modo de oración del corazón después de la Fiesta de la Mamita Gualala. 

Hola Mamita. Alguien importante para mí me ha pedido que te escriba estas líneas, esta oración. Lo hago con gusto y con temor. Luego él me corregirá las faltas de ortografía…

Sólo soy un joven… Y como dice un profe muy serio, que me quiere enseñar y yo no quiero aprender de él, soy aún un simple adolescente.

Estuve en la Catedral una de las mañanas esas en que hay Misa para los colegiales, durante tu Novena. Me gustó el ambiente: muchas chicas y muchos chicos, cantos que apenas conocía pero que resultaron atrayentes… y, más que nada, tu imagen linda, rodeada de cientos de flores.

El Sr. Arzobispo nos dirigió unas palabras animándonos a participar, a poner ante Ti nuestras inquietudes y a confiar de verdad en ese Amor que Dios nos tiene. Me gusta cómo habla este buen señor, aunque hay cosas que me cuesta entender. Y eso que las dice convencido y alegre. Eso es importante para nosotros, los adolescentes.

Madrecita, Tú sabes que no vengo mucho a la iglesia. No me verás mucho por aquí. Después de la Primera Comunión todo cambió y creo que dejé a un lado al Dios que siendo niño conocí gracias a los catequistas de mi Parroquia. Pero te aseguro que me gusta ese ambiente, esos colores, esas luces, ese olor a Catedral…

El monseñor, como le llaman, nos dijo en dos ocasiones que aprovecháramos para confesarnos. Había varios sacerdotes en esos curiosos confesionarios que desde niño me han parecido lugares un tanto oscuros y misteriosos. También nos dijo que podíamos comentar cosas que nos preocupan, hacer preguntas…

Es cierto. Cerca de donde yo estaba con mis amigos había un padrecito dentro de uno de los confesionarios. Sin pensarlo mucho me acerqué. Tuve que arrodillarme, gesto que, sinceramente, desconozco en mi persona.

¿Sabes, Madre? No sé muy bien por qué me presenté delante de la voz cálida de aquel curita. Creo que algo dentro de mí me atrajo para preguntar, para decir -o quizá chillar- cosas, rabias, que uno tiene dentro. Total, que allí estaba yo, despistado. Y eso que poco a poco las palabras bonitas del padrecito me dieron confianza.

El cielo sabe -bueno Tú también, Virgencita- todo lo que le solté a aquel hombre que me escuchó con hermosa paciencia… Apenas necesitó él hacerme un par de preguntas, bien acertadas, para que yo le echase toda la furia (¡con educación, claro!) que tenía dentro. Vamos, que quedé bien desahogado, como se dice.

Además, me ayudó en la confesión de mis muchos -de verdad, muchos- pecados. Hacía años que no sentía esa sensación de quedar limpio, entero, distinto… Como dijo el buen sacerdote: reconciliado.

Al terminar, me dieron hartas ganas de darle un fuerte abrazo a quien con tanto agrado me atendió. Pero sentí cierta vergüenza por los compañeros que, sin duda, espiaban mis movimientos. ¡Curiosos que son ellos!

Terminó la Misa y, siguiendo el consejo del padrecito, me acerqué a tu imagen. Te miré. Me miraste, ¿recuerdas? Nunca me había fijado en esa mirada dulce, de niña, interrogante diría yo, que me devolviste ¿Querías preguntarme algo, Madrecita? Estoy seguro de que sí y aquí va mi respuesta: intentaré estar más cerca de Ti, de Jesús, de Diosito. No seré capaz de mucho, pero algo lograremos.

Sólo soy un joven… Adolescente, me llama el profe, tan serio. Bueno, es igual. Soy alguien que necesita transformar su vida, mejorarla, ser más valiente, más disciplinado, más… ¡de todo!

Y llegué al final de mi oración. Pero una cosa me queda por escribir…

Gracias por tu mirada, Virgencita

 

[P. Pedro Rentería Guardo]

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