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Reflexión dominical: Fidelidad, gratuidad y responsabilidad

Las lecturas bíblicas de este domingo nos permiten reflexionar sobre tres aspectos importantes de la fe: la fidelidad, la gratuidad y la responsabilidad. El mensaje bíblico  principal revela que la fidelidad del justo conduce a la vida. Pero el contexto  mundial de esta semana sigue hablando de muerte y no de vida. También en esta  semana podemos constatar desgracias, violencias y catástrofes de todo tipo, como en la época de Habacuc. Sirva como muestra lo acontecido en Siria, donde unas novecientas personas, muchos de ellos niños, han fallecido en la ciudad de Alepo durante esta semana como resultado de los bombardeos de un conflicto armado absurdo ¿Quién es responsable de todo esto? Además, en nuestro planeta, aunque no se recuerde mucho, siguen muriendo de hambre, es decir, de pobres, cada día unos dieciséis mil niños… La fe nos interpela para que seamos fieles y responsables. 

 

La profecía de Habacuc gira en torno a una expresión formidable de la revelación  divina: “El justo vivirá por su fe” (Hab 2,4), que constituye la clave de  interpretación de todo su mensaje y cuya resonancia ha sido múltiple en textos  capitales del Nuevo Testamento (Rm 1,17; Gal 3,11; Heb 10,38). En la historia del  Antiguo Testamento, cuando el pequeño pueblo de Dios experimenta la doble  injusticia de estar sometido a imperios extranjeros, primero el asirio y después el  babilónico, y al trasiego interno de gobernantes no menos injustos, la voz de  Habacuc se pregunta por el sentido de las desgracias, la violencia, las catástrofes y las luchas. Parecería como que Dios no existiera en una situación tan crítica.

 

Sin  embargo, la visión del profeta mira en profundidad la historia y, más allá de las  apariencias, anuncia que el malvado sucumbirá, pero que el justo vivirá por su  fidelidad. La palabra clave para identificar al justo es la fe entendida como fidelidad,  es decir, como permanencia en la confianza en Dios, más allá de todas las circunstancias y situaciones de crisis. Tanto el término hebreo originario (emunah) como el griego correspondiente (pistis) expresan  la fe y la fidelidad. La una hace  posible la otra. Además esta palabra expresa también la fidelidad de Dios al  hombre. Por eso la correspondencia de ambas permite experimentar la salvación,  no sólo en el más allá, sino también en el aquí y ahora de nuestra historia.

 

Teniendo en cuenta todos los matices y variantes de los textos bíblicos antes  citados podemos entender la fe como una respuesta a la fidelidad salvadora y  rehabilitadora de Dios, de modo que

la fe abarca el carácter de don y de respuesta,  de gracia y de libertad. Es al mismo tiempo fe humana y fidelidad divina. Lo formuló brillantemente K. Barth en su comentario a la Carta a los Romanos cuando  decía: “Donde la fidelidad de Dios encuentra la fe del hombre allí se revela la  justicia de Dios. Entonces el justo vivirá”. Por tanto, desde la perspectiva humana,  la fidelidad es fe y confianza en Dios.  

 

En el evangelio de Lucas los apóstoles pedían al Señor Jesús el incremento de su fe, pero Jesús no da una respuesta que implique un aumento cuantitativo sino que  remite a los discípulos a la calidad y autenticidad de la fe, indicándoles qué clase de  fe es la que se requiere en la vida cristiana, y, al compararla con un grano de  mostaza y con la capacidad de arrancar de raíz, mediante la palabra, una morera y  plantarla en el mar (Lc 17,5-10), se revela todo el dinamismo y la fuerza de la  misma fe. Por pequeña y paradójica que parezca, la fe es confianza en Dios y  fidelidad a la misma. La fe es confianza plena en Dios y en el reconocimiento de su  señorío y soberanía sobre todas las cosas y sobre la historia.  

 

Este tipo de fe supone el reconocimiento de la condición de criatura ante la  grandeza de su Señor y se muestra en la fidelidad permanente mediante el  cumplimiento del deber personal con responsabilidad y con humildad. La fidelidad al  Señor implica considerar la vida siempre como un servicio a Dios y la perseverancia  en el cumplimiento del encargo que Dios nos encomienda a cada uno, de modo que  tras la misión cumplida podamos decir con toda humildad: “meros siervos somos,  hemos hecho lo que debíamos hacer”.  

 

Podemos reflexionar acerca de dos tipos de actitudes fundamentales que pueden  marcar nuestra vida y nuestra relación con Dios y con toda persona. Son dos tipos  de lógica: la lógica de la gratuidad en el ejercicio de la responsabilidad y la lógica del interés personal o provecho particular. La lógica de la gratuidad sitúa a la  persona en el ámbito de la gracia y posibilita percibir la vida, las personas, las cosas, las relaciones humanas, los quehaceres ordinarios y los acontecimientos de  la historia como algo que viene dado. La vida viene dada. Ninguno de nosotros ha  elegido nacer. Por eso la vida es un regalo. Para los creyentes, este grandisímo don  viene de Señor Dios, y para los no creyentes que viven esta misma actitud, aunque  no haya un Otro de referencia como sujeto de este don, sin embargo pueden  experimentar el regalo sin determinar en último término su origen. Otra actitud  muy diferente ante la vida es la que se basa sólo en la obtención del beneficio propio por encima de cualquier consideración. En esa perspectiva se sitúa la  reivindicación permanente y progresiva de beneficios que se conciben  inmediatamente como derechos exigibles a los demás respecto a uno mismo.   

 

El Evangelio presenta la excelencia de la gratuidad en todo tipo de comportamiento  por encima de cualquier interés particular en las relaciones. El discurso del  Evangelio se mueve en la lógica relacional, de encuentro personal, bajo la clave de  la gratuidad, incluso cuando se trate, como en el caso del texto dominical de hoy,  de las relaciones entre un siervo y su señor. Esta lógica reconoce la identidad del otro, acepta la responsabilidad que se deriva de la relación humana y posibilita el desarrollo de la misma mediante la superación de la lógica de lo debido y exigible  para hacer prevalecer la lógica del don y del servicio gratuito, sin esperar nada a  cambio. En otro lugar del Evangelio de Lucas es el Señor el que rompe los límites de lo estipulado y se convierte en servidor de los siervos (cf. Lc 12,37). Pero este  comportamiento servicial del Señor no se puede reclamar nunca, no es un derecho de nadie, sino la máxima expresión de su amor gratuito. Jesús llevará a sus últimas consecuencias esta lección cuando en la última cena, tras la institución de la  Eucaristía y dispuesto ya para la entrega hasta la cruz, dice a los discípulos: “yo  estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc  22,27).  

 

Este dinamismo de la gracia, de la gratuidad, de la fidelidad y de la responsabilidad  es el Espíritu que Pablo quiere avivar en Timoteo para que sea verdaderamente  testigo del Evangelio con fortaleza, con amor y con sensibilidad, y guardar así el  espléndido tesoro de la fe (2 Tim 1,6-8.13-14). Pablo exhorta a través de esta  carta, particularmente a los más responsables en la Iglesia, a tener un espíritu, no cobarde, sino de energía y de audacia, sin ningún temor a dar la cara por el  Evangelio. Pidamos también nosotros la ayuda del Espíritu para que seamos  verdaderos siervos de Dios,  justos en la fidelidad a Dios y muy responsables ante  los desafíos de las crisis del tiempo presente. 

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura