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Reflexión dominical: En una tierra de caos, Ustedes son luz del mundo

Una situación de caos en España y en Bolivia

 

No hay que ser ni alarmistas ni pesimistas para constatar, con bastante objetividad, que nos movemos en una tierra de caos. El caos de una política basada exclusivamente en el interés partidista de la conquista y del ejercicio del poder impera en la España invertebrada y a merced de politiquillos que se permiten decir en el congreso de los diputados: “Me importa un comino la gobernabilidad de España”. Y lo peor es que nadie llamó al orden a la señora que descaradamente lo dijo. Un caos semejante flota y se adueña de la tierra boliviana, pues parece que el interés egoísta de los líderes de la hora presente, ajenos a la búsqueda real del bien común, llevarán al país a una fragmentación de fuerzas sociales y a un debilitamiento de la justicia que posibilitará la toma del poder del caudillismo más atrevido y despótico.

 

Una estructura de caos en el mundo y la pandemia del hambre

 

Sensibilizados a nivel mundial por los efectos del coronavirus y mientras se articulan medidas adecuadas para afrontarlo con eficiencia, esperemos que esto se realice a la mayor celeridad posible. Sin embargo tendemos a olvidarnos de la gran pandemia del hambre en el mundo que mata diariamente a unas treinta y cinco mil personas, que se mueren de pobres. La medida adecuada para combatirla no requiere mucho estudio sino sólo la escucha y puesta en práctica de la palabra de Isaías que hoy se proclama en la Iglesia: “parte tu pan con el hambriento”. Esto es lo que se celebra en cada Eucaristía donde siempre el mismo Jesús “parte el pan” y se identifica con el pan partido, mostrando así la nueva aurora del mundo que nace del Señor Jesús, cuyo cuerpo partido en la Cruz es la nueva luz en el alba de la nueva humanidad.

 

La campaña de Manos Unidas contra el hambre

 

“Quien más sufre el maltrato al planeta no eres tú”.  Con este lema se ha lanzado este año 2020 la campaña contra el hambre desde la organización eclesial “Manos Unidas”. Esta campaña se realiza siempre al principio de febrero y consiste en una gran tarea de sensibilización y de respuesta solidaria entre los ciudadanos de España para abordar el problema de la desigualdad en la distribución de la riqueza en toda la tierra en virtud de la cual 850 millones de personas pasan hambre por causas directamente relacionadas con la pobreza. Éste es el caos más profundo. Este año se ha orientado esta campaña hacia uno de los fenómenos que inciden en esta situación, el deterioro del planeta. Como señala el Papa Francisco, el modelo de vida dominante, nuestro consumismo, las estructuras de poder y la cultura del derroche en la que vivimos, provocan, el actual deterioro medioambiental y las crisis humana y social que lo acompañan (cf. Laudato Si’ 5). A reflexionar sobre estos temas contribuirá sobremanera la nueva Exhortación Apostólica del Papa Francisco tras el Sínodo de la Amazonía que aparecerá esta próxima semana.

 

Ustedes son la luz del mundo

 

En Manos Unidas y en todas las personas que viven en solidaridad con los que sufren podemos decir que se cumple de manera singular la palabra del Evangelio que se escucha este domingo (Mt 5, 13-16) cuando dice Jesús: “Ustedes son la luz del mundo”. El profeta Isaías indica exactamente de qué luz se trata: “El ayuno que yo quiero es […] que acabes con todas las tiranías, que compartas tu pan con el hambriento, que albergues a los pobres sin techo, que proporciones vestido al desnudo y que no te desentiendas de tus semejantes. Entonces brillará tu luz como la aurora y tus heridas sanarán enseguida, te abrirá camino la justicia y te seguirá la gloria del Señor” (Is 58,6-1).
El ayuno que Dios quiere es que alejemos de nosotros toda opresión y todo tipo de calumnias y amenazas, que compartamos el pan con el hambriento y ayudemos a los indigentes. Sólo entonces los discípulos se convierten en luz del mundo.

 

“Ustedes” son los discípulos y la Iglesia

 

El pronombre “Ustedes”  en el Evangelio de hoy (Mt 5,13-16) se refiere al sujeto de la última bienaventuranza, la novena de la serie en Mateo (Mt 5, 11-12), dedicada a los perseguidos por la causa de seguir a Jesús. Las imágenes de la sal, la ciudad y la luz, el candil y el candelero, van dirigidas a los cristianos de la comunidad eclesial de aquel tiempo y de cualquier época para indicarnos cuál es la misión de la Iglesia. Al decir “Ustedes”, Jesús dirige especialmente a los discípulos el mensaje que acababa de proclamar para todos los hombres, tal como reflejan las ocho primeras bienaventuranzas. Con ello Mateo se fija en la situación particular de hostilidad ambiental y de persecución que están viviendo las comunidades cristianas primitivas para darles aliento, esperanza y alegría desbordante por ser fieles a Jesús y permanecer en esa fidelidad. Por eso dice en la última frase de las bienaventuranzas: “Alégrense y regocíjense” (Mt 5,12). Las imágenes de la sal y de la luz, como la llamada a vivir la alegría, son propias de una Iglesia “a contracorriente”, utilizando el lenguaje del Papa Francisco (Gaudete et Exsultate, 65).

 

Sal y Luz por ser testigos del Reino del Padre

 

Sal y luz son imágenes referidas a los discípulos que comprenden y viven el sistema de valores del Reino de Dios, introducido por Jesús en las bienaventuranzas y en el resto del Sermón de la montaña. Los discípulos son los que asumen la propuesta de Jesús de llevar un estilo de vida según el proyecto de Dios Padre y de su Reinado de amor. Sal y luz no son referencias a cualquier discípulo sino aquellos que se convierten o están dispuestos a convertirse en testigos del Reino del Padre, y por eso se han hecho pobres con los pobres y por ellos, se han convertido en humildes y misericordiosos, porque sufren aflicciones, hambre y persecuciones por el nombre de Jesús y ofrecen al Padre un corazón limpio de maldad y de idolatrías que se esfuerza por construir la paz en todos los ámbitos de la vida, familiar, social y política. Esos discípulos son los que se convierten en sal y luz para el mundo al hacer de las bienaventuranzas su nueva mentalidad y su nuevo estilo de vida.

 

La función testimonial y misionera de la luz

 

Hay dos símiles en el evangelio, el de la ciudad y del candil (Mt 5,14b y 15) que refuerzan el sentido de la luz del mundo. La ciudad situada en lo alto de un monte es para ser vista y el candil en el candelero es para que vean todos en la casa. Así las buenas obras de los discípulos deben ser vistas para que todos los demás hombres puedan ver más y mejor y puedan glorificar a Dios Padre. Así pues, con la imagen de la luz queda de manifiesto el carácter testimonial y misionero de la conducta de los discípulos.

 

La luz para la nueva humanidad

 

La metáfora de la luz está asociada a la vida y al bien en casi todas las religiones. En el judaísmo y en el cristianismo está directamente vinculada a Dios creador, cuya primera criatura es la luz. La luz fue creada por medio de la palabra y la luz era buena (cf. Gen 1,3-4) y Dios separó la luz de la tiniebla. La función de la luz es sacar de la tiniebla, del caos informe y del abismo cualquier realidad. Podemos decir que de igual manera que, en el relato de la creación, Dios creador pronuncia la palabra “luz” y la “luz” existió, Jesús, Palabra creadora de Dios, instituye y crea a sus discípulos con su palabra como “luz del mundo” para la creación de una humanidad nueva, en la que ellos son hijos de luz (Jn 12,36; 1 Te 5,5).

 

Ser luz es practicar las buenas obras

 

Ser hijos de la luz mediante las buenas obras de los valores del Reino es transformarse en candelero que alumbra a todo hombre, mediante el testimonio individual y colectivo para manifestar al mundo la gloria de Dios. Para Mateo ser luz consiste en practicar las buenas obras para que todos los hombres den gloria a Dios. Los discípulos que viven según el estilo de las bienaventuranzas son invitados a ser fermento de una nueva humanidad, que no queda reducida a los estrechos límites del judaísmo, sino que alcanza a todos los hombres ya que todos son invitados a ser luz del mundo y a que la luz de sus buenas obras brille delante de los hombres.

 

Las buenas obras según el Sermón de la montaña

 

El sentido concreto de las “buenas obras” debe entenderse desde las bienaventuranzas que preceden y desde las comparaciones que siguen en el sermón de la montaña. Así como las ocho primeras bienaventuranzas reflejan las virtudes fundamentales de los cristianos, Mt 5,16b indica el objetivo de la acción: las obras del cristiano tienen una función misionera. Los discípulos que viven según el estilo de las bienaventuranzas son invitados a ser fermento de una nueva humanidad. Ser pobre en el corazón y hacerse pobre por amor a Dios y a los pobres, esto es ser luz del mundo. Reaccionar con humilde mansedumbre y saber llorar con los demás, esto es ser sal de la tierra. Buscar la justicia con hambre y sed, mirar y actuar con misericordia, mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor y sembrar paz a nuestro alrededor, esto es ser luz del mundo. Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas,  esto es ser sal de la tierra.

 

Cristo crucificado es la verdadera luz del mundo

 

Por su parte, Pablo se presenta ante la comunidad de Corinto con un único mensaje (1Co 2, 1–5). Pablo tiene ante sí una comunidad muy dividida en sí misma por dependencias personales de los líderes religiosos o por las diferencias sociales de sus miembros, y además, una comunidad sumida en las formas de vida paganas propias de una ciudad cosmopolita y plural, libertaria y frívola. El punto central de la predicación de Pablo es Cristo y éste crucificado. Cristo Crucificado es la verdadera luz del mundo. El crucificado es el núcleo de la predicación de Pablo y la clave de su estilo de vida misionero, porque es consciente de que sólo en la palabra de la cruz se está revelando la potencia transformadora de Dios con la eficacia de su Espíritu.

 

Ser luz del mundo con la lógica del crucificado

 

La sabiduría que Pablo anuncia es la del Crucificado, una sabiduría contrapuesta a la sabiduría mundana (1Co 2,6-8). Se trata de una sabiduría oculta, misteriosa, divina, que los jefes del mundo presente desconocen. Tras contraponer el saber humano y el saber del Espíritu (2,9–15), Pablo concluye: Nosotros tenemos el pensamiento de Cristo (1Co 2,16). A este pensamiento se ha de abrir todo creyente para que, acogiendo el Evangelio, reciba también el Espíritu que le permita valorar la vida y actuar según la lógica de la cruz. Y entonces los creyentes se convierten también en Luz del Mundo en medio del caos de la división, del egoísmo, de la mentira, de la corrupción y de la injusticia de esta tierra.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura