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Reflexión dominical: El amor sacrificial, hontanar de libertad

El valor de la libertad

 

Uno de los grandes valores del mundo contemporáneo es la libertad. Podemos constatarlo desde la Revolución francesa, que la enarboló como estandarte junto a la igualdad y la fraternidad, hasta la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) que llegó a la hermosísima formulación de su artículo primero como proclamación apodíctica: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. No obstante, y a pesar de la buena voluntad que deja traslucir, todos sabemos, y la experiencia lo confirma, que hay una diversidad de formas de interpretación de la libertad, prácticamente, tantas como ideologías subyacentes que la sustentan. Baste recordar que no es lo mismo la libertad en la ideología liberal que en la socialista, y mucho menos en los regímenes autoritarios, de derechas o de izquierdas, que, sin decirlo, ni reconocerlo, la conculcan y pisotean sistemáticamente.

 

“Ama y haz lo que quieras”

 

En cambio el mensaje cristiano de la libertad es otro. La experiencia de la libertad constituye un aspecto fundamental de la vida cristiana. Y especialmente en la vida sacerdotal y religiosa la libertad constituye un elemento trascendental. La Carta a los Gálatas es un anuncio de la libertad total de los hijos de Dios. Hasta tres veces se repite en la carta la vocación cristiana a la libertad como resultado inmediato de la acción de Cristo en nuestra vida: “Para la libertad nos liberó el Mesías” (Gal 5,1.13). Con esta declaración fundamental de la identidad cristiana Pablo invita a vivir en el amor al prójimo. El Amor es el fundamento y la finalidad de la libertad. San Agustín lo expresó de manera formidable:  “Ama y haz lo que quieras”. Entiéndase bien el mensaje, que, según su contexto original significa: hagas lo que hagas, hazlo por verdadero amor.

 

El amor sacrificial, hontanar de la libertad

 

El Amor es un don del Espíritu de Dios que capacita a los seres humanos para superar todo tipo de dependencias y esclavitudes, de pasiones y bajos instintos. El amor es capaz de sobreponerse a todo tipo de ambición personal y sólo piensa en el bien de los demás, especialmente de los pobres y de los que sufren. El amor capacita a toda persona para sacrificarse por el bien de los hermanos. Este tipo de amor es el auténtico hontanar de la más auténtica libertad. También la vocación a la libertad tiene su instancia más profunda en la conciencia humana y permite afrontar con dignidad cualquier amenaza contra la misma en el ámbito personal, social o político, capacitando a las personas incluso para  romper con todo tipo de normas y leyes que vulneren la dignidad de las personas o atenten contra los derechos fundamentales de los individuos o de los pueblos.

 

Jesucristo, mediador de la libertad

 

En la Carta a los Gálatas la declaración de la libertad es una consecuencia del rescate llevado a cabo por Cristo en la Cruz y se otorga como una gracia divina a toda persona para que viva en el amor verdadero. Es una de las consecuencias de la Nueva Alianza entre Dios y los hombres, de la cual Jesucristo es el mediador. Desde el estatuto básico de la libertad se puede entender la radical novedad de la vida cristiana, no sujeta a ningún tipo de esclavitud o servidumbre, ni de ninguna connivencia el mal.

 

La libertad profética del discipulado cristiano

 

Pero, además, aquellos que son conscientes del origen de esta libertad pueden vivir hasta las consecuencias más significativas de la misma: la fidelidad al Dios que trasciende toda norma y criterio humano, el amor, como el de Cristo, hasta dar la vida, y el anclaje en la verdad que sostiene la alegría. Esta categoría de la libertad del espíritu se hace presente en el talante profético de los discípulos y misioneros cristianos, y por ello es especialmente en el seguimiento radical, tan específico de la vida sacerdotal y religiosa.

 

El camino a Jerusalén del Mesías de Dios

 

Un momento clave del Evangelio de Lucas es la decisión de Jesús de emprender el camino ascendente a Jerusalén (Lc 9,51-62). Es el camino del encumbramiento del Mesías, de la ascensión hasta el Padre y su gloria, pero pasa por ser elevado primero en la cruz tras la subida a Jerusalén. Es decir, el camino de la gloria comienza como un camino de rechazo y de desprecio por parte de los dirigentes políticos y religiosos, que culminará en la cruz. Pero Jesús vive el camino, en el plan de Dios, como camino de amor total y sacrificial.Y es que el Mesías tenía que sufrir esto para entrar en su gloria, pues de esa manera va a mostrar el amor decidido que apuesta sin condiciones por el Reino de Dios y la salvación de los hombres, por la libertad liberadora. En medio del dolor, más aún en medio del sufrimiento injusto, el Hijo del Hombre ha decidido mostrar el amor a fondo perdido como camino de liberación de la humanidad.

 

Llamada a vivir a contracorriente los nuevos valores del Reino

 

Lo sorprendente es que Jesús quiere contar con sus discípulos para llevar a cabo esta obra sublime de amor en libertad. Los comportamientos predicados y encarnados por Jesús fueron asumidos y desarrollados por los cristianos generando un estilo de vida nuevo y un mundo de valores totalmente diferentes. Sin embargo, esos valores fueron especialmente aceptados y vividos por los discípulos y discípulas del seguimiento radical. La ruptura con las normas familiares, como exigencia del seguimiento, el rechazo de la propia familia y de los bienes, desde la radicalidad en el seguimiento de Jesús, la inversión de los valores patente en las bienaventuranzas relativas a la pobreza, al hambre y al sufrimiento, la renuncia a la violencia y el amor a los enemigos, así como la vida marginal inherente a la misión, constituyen los aspectos básicos de la conducta de Jesús y de sus seguidores.

 

La libertad total en el seguimiento radical de Jesús

 

Entre los dichos del Evangelio resultan desconcertantes las propuestas de este domingo para el seguimiento radical: la renuncia al domicilio propio en una opción por la pobreza semejante a la del mismo Jesús, la prioridad dada al anuncio del Reino por encima del sagrado deber familiar de atender al padre en sus últimos días hasta enterrarlo y la absoluta libertad en la disponibilidad personal para el Reino por encima de cualquier consideración familiar, son exigencias de radicalidad profética colmada por Jesús en su llamamiento a los discípulos.

 

Libertad y pobreza, estrechamente vinculadas

 

Todo ello implicaba romper totalmente con las normas sociales vigentes en la cultura de su entorno. La vida del discípulo comporta, pues, un cambio de valores desde las categorías evangélicas y conlleva la capacidad de renuncia y de sacrificio para trabajar con total disponibilidad por la causa del Reino de Dios y su justicia en una libertad plena. Libertad radical y pobreza van íntimamente unidas en la vida del discipulado, en general, y en la vida sacerdotal y religiosa, de forma sumamente singular e interpelante, pero no menos gozosa en plenitud.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.

 

San Pedro y San Pablo, entusiasmados por  Cristo

 

La fiesta de San Pedro y San Pablo

 

La Iglesia celebra a la vez la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo, como grandes pilares de la fe en el comienzo de la Iglesia primitiva. Ambos tuvieron que asumir los desafíos del inicio de la expansión y difusión del Evangelio de Jesucristo. Fue una fase crucial de la Iglesia, que impulsada por el Espíritu Santo, se abría al mundo entero para comunicar la buena noticia de la salvación a todos los seres humanos. Ambos, entusiastas de Jesucristo y de su Evangelio, dieron testimonio con su sangre del mensaje de la salvación. Por caminos muy diferentes, pero con el mismo amor a Jesucristo, los dos proclamaron con su vida y su palabra la alegría de la fe. La Iglesia los venera juntos, en el mismo día, haciendo memoria creyente de estos apóstoles y mártires, cuyos sepulcros se encuentran en Roma en sus respectivas basílicas.

 

Pablo, testigo del Evangelio

 

Pablo era un judío fariseo de la diáspora, profundamente convencido y orgulloso de su fe en la religión de Moisés, que, tras el encuentro personal con el Señor Jesús, recibió el impulso del Espíritu para ser el testigo más convincente del Evangelio de Cristo en las vastas regiones de Asia Menor y la Europa de la cultura clásica grecolatina. Su testimonio y su pensamiento, su experiencia religiosa y su pasión misionera han quedado reflejados en los Hechos de los Apóstoles y en las trece cartas atribuidas a Pablo en el Nuevo Testamento, haciendo de él el testigo primero y más amplio de la vida cristiana.

 

Entusiasta apasionado

 

Pablo fue un entusiasta apasionado del Evangelio, es decir, del mensaje de salvación que para el género humano supone el anuncio de Jesús, el Mesías, y éste crucificado y resucitado. Esta palabra potente de salvación cautivó su vida y se convirtió en el sentido de su existencia. Su ejemplo puede servirnos en nuestra espiritualidad profunda para transformar nuestras capacidades personales y concentrar toda la vida en el amor a Cristo. El Evangelio de Cristo es el fundamento de la fe, el sostén de la esperanza y la palabra más potente para transformar el mundo.

 

El encuentro del Evangelio con la cultura grecolatina

 

Pablo fue también el primero que propició la apertura y el encuentro del evangelio con la cultura del mundo grecolatino. Desde su primer escrito, la primera carta a los Tesalonicenses, hasta el último original, la Carta a los Romanos, todas sus cartas son cartas amistosas que responden puntualmente a los problemas de las comunidades eclesiales de vida urbana que en su mayor parte él mismo fundó. Sin embargo, reflejan también la fuerza del Evangelio en su vida como potencia del Espíritu para dar respuesta a los grandes interrogantes de la existencia humana. La trascendencia de las grandes cartas, a los Gálatas, las dos a los Corintios, y sobre todo la Carta a Los Romanos, ha marcado la historia de la cultura occidental.

 

El paradigma del diálogo transformador de las culturas

 

Pablo, como gran teólogo del cristianismo, realiza la primera síntesis del encuentro del Evangelio con su cultura en todas las ciudades de su misión por la cuenca mediterránea, en Tesalónica, Filipos, Corinto, Éfeso y Roma. Él es el paradigma del encuentro del Evangelio con las culturas. En un mundo multicultural como el nuestro, particularmente en Latinoamérica y África, nuestra Iglesia debe seguir profundizando los valores y los antivalores, las creencias y las tradiciones, los interrogantes abiertos y las deficiencias de las culturas para propiciar el encuentro profundo con los valores del Evangelio y contribuir así a la Nueva Evangelización del mundo contemporáneo, que mira al continente latinoamericano como el continente del amor y de la esperanza. La entrega de Pablo a la causa del Señor en la misión evangelizadora y en medio de no pocas tribulaciones queda patente en el testamento final de su vida, que escrito por él o por algún discípulo suyo, está recogido en la Segunda carta a Timoteo que hoy leemos (2 Tim 4,6-18).

 

La confesión de fe de San Pedro

 

Sobre Pedro, entre otros, hay un texto evangélico clave que está en el centro del evangelio de Mateo (Mt 16,13-20). En él Jesús plantea abiertamente la cuestión de su identidad, pero reclama, sobre todo, la respuesta personal de sus discípulos. Destaca sobremanera la confesión de fe de Pedro, profundamente creyente, que reconoce en él al Mesías y al Hijo de Dios vivo. A esa confesión de fe de Pedro corresponde Jesús con una triple indicación: la felicitación por haber recibido de Dios la revelación que le ha llevado a profesar su fe, la elección particular de Jesús para que Pedro desde su fe constituya el fundamento sólido de la única Iglesia de Cristo y la concesión de toda la autoridad, mediante la entrega de las llaves del Reino, para ejercer su misión al servicio del mismo con la potestad de atar y desatar.

 

La primacía de Pedro

 

Especialmente resuena la correspondencia entre las palabras de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” y las de Jesús: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. La confesión de Pedro, decidida y audaz, impulsa a Jesús a conferir a Pedro una misión y un estatuto especial en el interior de su Iglesia. Una bienaventuranza tan personalizada y singular no es habitual en los textos bíblicos, los cuales dirigen este tipo de felicitaciones a grupos o categorías de personas. Lo extraordinario de la expresión atrae la atención sobre la figura y la misión de la persona de Pedro, cuya primacía entre los discípulos queda patente a lo largo de todo el Evangelio. La bienaventuranza dirigida a Pedro muestra que el origen de su conocimiento es el resultado de una verdadera revelación del Padre.

 

Pedro y Piedra

 

Mediante el juego de palabras, Pedro y Piedra, Mateo justifica el cambio de nombre de Simón, pues, al llamarlo así, Jesús transforma su identidad personal apuntando a la misión específica que va a tener en la construcción de su Iglesia. La piedra es símbolo de la estabilidad, de la solidez y de la durabilidad. En el Antiguo Testamento se aplica a Dios (Sal 18,2) y al Mesías (Sal 118,22-23; Is 28,16-17), y a Abraham en cuanto cabeza del pueblo Israel (Is 51,1-2) y en el Nuevo Testamento a Jesús (Rom 9,33; 1 Cor 3,11; 1 Pe 2,4-8). De este modo el nombre de “Pedro” refleja su misión y su función en la Iglesia. Con este fundamento, el Señor Jesús fundará y construirá la Iglesia. Es una acción futura que realizará Jesús en persona consolidando una comunidad mesiánica, no reducida ya al grupo histórico de sus discípulos sino abierta a todas las gentes (Mt 28,16-20). La Iglesia es la comunidad y la asamblea de los llamados y convocados por Dios para vivir en su Alianza de amor. Esa comunidad mesiánica trasciende las fronteras nacionales, étnicas, culturales y lingüísticas y constituye el nuevo Pueblo de Dios de carácter universal. De esa Iglesia Pedro es el fundamento sobre el que Jesús erige una comunidad viva que, anclada en la fe petrina, confiesa a Jesús como Mesías e Hijo de Dios vivo y participará de su victoria definitiva sobre el mal y sobre la muerte.

 

La misión de Pedro y la del Papa

 

Con la entrega de las llaves del Reino a Pedro se subraya la autoridad recibida por parte de Jesús en el servicio al Reino con la tarea eclesial de atar y desatar, es decir, de interpretar y llevar a cabo el proyecto de Dios sobre la humanidad, revelado en el Evangelio. Esta misión de atar y desatar pertenece también a la Iglesia (Mt 18,18) pero tiene en la figura del apóstol Pedro su primacía. La figura del actual sucesor de “Pedro”, el papa Francisco, está comunicando un mensaje de renovación de la Iglesia y del mundo, y es un motivo de inmensa alegría pues a través de él, de su palabra sabia e iluminadora, sigue consolidándose la fe entusiasta y comprometida de la Iglesia en torno a Jesús, Mesías, el Hijo de Dios. Oremos por el Papa en este día para que siga transmitiendo al mundo el Evangelio de la Alegría.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura