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REFLEXIÓN DOMINICAL: COLMADA DE GRACIA

El cuarto domingo de adviento anuncia la celebración ya muy próxima del nacimiento de Jesús el Mesías, el misterio de Dios proclamado como Evangelio por el apóstol Pablo. Los evangelios nos presentan dos figuras humanas preeminentes en los preludios de la Navidad, María y José, de las cuales el evangelio de Lucas destaca sobremanera la de la Virgen.

María, abriéndose por completo al plan divino sobre la historia humana y permaneciendo siempre fiel a su palabra, experimentó en su humildad la grandeza del misterio de Dios, al cual consagró toda su vida tras descubrir la misión decisiva para la que, por pura gracia, había sido escogida: la Misión de engendrar y dar a luz a Jesús, el Mesías. La Iglesia reconoce, vive y celebra en María que ella es el mejor canto de gracia para gloria de Dios. Y lo ha expresado solemnemente en la formulación de los dogmas marianos: la inmaculada concepción y la asunción gloriosa, la maternidad divina y la virginidad permanente. Todos ellos tienen su fundamento bíblico y expresan diferentes aspectos de la plenitud de la gracia en María, poniendo de relieve su esplendor desde su origen hasta su destino último, así como las facetas esenciales de su identidad como madre y virgen.  Todo eso se ha expresado en términos que querían recoger con categorías antropológicas propias de la época en que se formula cada uno de ellos lo que en el Evangelio de Lucas está plasmado en una palabra única y pregnante, en un verbo muy singular del Nuevo Testamento, prácticamente inventado por el evangelista, el verbo “agraciar”; éste significa llenar con colmo a una persona del favor de Dios.

Nosotros nos recreamos en esa palabra del ángel a María cuando la invocamos como la “llena de gracia”. Pero no se trata de un adjetivo (“llena”) sino de un verbo en forma participial pasiva y con el aspecto de perfecto, lo cual implica que se trata no tanto de una cualidad sino de una acción de Dios en María, una acción realizada ya y permanentemente presente en ella, afectando a todas las realidades y facetas de su existencia, de modo que no sólo es la llena de gracia, sino la “llenada de gracia”, la “agraciada en plenitud” de parte de Dios y por eso tiene la gracia colmada, porque Dios se ha encariñado con ella, la ha acariciado y la ha agraciado, convirtiéndola para todo ser humano en manifestación de amor, de bondad, de belleza y de fidelidad. Y su gracia ha consistido en haber sido elegida y destinada por Dios para que, dejándose impregnar por el Espíritu Santo, engendrara y diera a luz al Salvador. Pues esto que en María es un canto definitivo de toda su vida, es también ya para nosotros una realidad en medio todavía de las vicisitudes históricas de nuestra existencia. En la carta a los Efesios se hace extensivo ese derroche de gracia, con el mismo verbo “agraciar” (Ef 1,6), también a los creyentes, de modo que sintiéndonos elegidos antes de la creación del mundo y destinados a vivir como hijos del Padre, participemos de la inmensa alegría de haber sido colmados de gracia por el Hijo y en el Hijo. En efecto, conocer a Cristo, seguir sus pasos y orientar nuestro futuro según el suyo, es para sentirnos, como María, verdaderamente dichosos y tocados definitivamente por la gracia de Dios, siempre y sólo por medio de Jesucristo y por los méritos de su muerte y resurrección.

Para vivir esta realidad el único requisito es la fe activa. La palabra “Amén” podría sintetizar esa actitud de fe, tal como María refleja al decir: “Hágase en mí según tu palabra”. La fe tiene dos componentes esenciales y complementarios: por una parte, la fe significa fiarse, confiar, creer en el otro y en su verdad, y al mismo tiempo, la fe comporta estar firme y permanecer activo en la verdad, saber aguantar y perseverar con fidelidad en las propias convicciones. Esa fe es la que se expresa en la palabra hebrea no traducida: Amén. Por su fe, la Virgen María creyó en la palabra del Señor, se abrió al plan de Dios sobre ella y sobre la historia humana y permaneció siempre fiel a su palabra.

En el texto de 2 Sm 7,1-17, se encuentra el origen de una gran tradición mesiánica, vinculada a la casa de David y que culmina en el Nuevo Testamento con la manifestación de Jesús en la cruz como revelación paradójica de Dios, de modo que su presencia en el mundo no estará vinculada ya a ningún templo sino al crucificado, reconocido como Hijo de Dios incluso por los no creyentes, tal como el centurión confiesa al pie de la cruz en el evangelio de Marcos (Mc 15,39).  Este texto de 2 Samuel une el tema del Mesías, descendiente de David, al tema del templo. Allí entran en juego las distintas acepciones del término casa en la Biblia. El rey David pretendía construir una casa-templo al Señor (2 Sm 7,5), pero el profeta Natán le anuncia que será Dios el que dará y construirá a David una casa-descendencia (2 Sm 7,11.16.27), es decir, una descendencia, que, a su vez, construirá una casa-templo (2 Sm 7,13) en honor de Dios. Esta profecía se cumplió sólo en parte con el rey Salomón, hijo de David. Es en el NT donde se cumple plenamente este oráculo mesiánico, exactamente en la muerte y resurrección de Cristo. El templo es un tema clave también en los relatos de la Pasión de los evangelios sinópticos (Mc 14,58; 15,29.38). Jesús declaró que destruiría el santuario y en tres días construiría otro no hecho por manos humanas. La casa real, dada por Dios a David, es Cristo crucificado y resucitado, pero el cuerpo glorificado de Cristo es, al mismo tiempo, la casa construida para Dios por uno de su estirpe, por vía de José, pero no como hijo de éste ni de David, sino como Hijo de Dios. Tras la muerte de Jesús, el velo del santuario quedó destruido. Y la casa-templo de Dios ya no será otra más que el cuerpo del crucificado. La casa mesiánica, cuyo origen se remonta a David en el oráculo de Natán, se realiza en la persona de Jesús, el que nació pobre entre los pobres y murió crucificado entre los marginados.

Si queremos encontrarnos con Jesús en esta Navidad, sólo tenemos que escuchar la Palabra fecunda del Evangelio, que, como a María, nos llena de alegría y de gracia, debemos acoger la promesa del Reino de Dios que viene con el Mesías, sabiendo que para Dios nada hay imposible, y hemos de decir siempre Amén a la nueva presencia de Dios en la historia, en los crucificados, en los pobres, en los marginados, y especialmente en los niños que sufren, pues todos ellos son el verdadero y nuevo templo de Dios en el mundo. Con el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, María y la humanidad entera han sido colmadas de gracia. Por ello os deseo ya Feliz Navidad.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura