Análisis

¿Quieres que hablemos…?

A ti, joven campesino. 

En unos días estaré de nuevo contigo, chico del hogar-internado.

Para entonces habrás vivido un sinfín de experiencias. Unas, sin duda, se erigieron en cómplices en tu ardua tarea del crecimiento. Por ellas descubriste alguna actitud, algún comportamiento, que te sirvieron para ser más y mejor persona. Otras, quizá, te regalaron flojera, desinterés, apatía y hasta mal humor.

Examinando mi vida, la que desplegué estas semanas, lejos de mi entorno habitual, reconozco también a ese ángel que me alentó al diálogo sosegado y enriquecedor; o a la mirada positiva sobre las personas que me rodearon; o me hizo discurrir sobre futuros proyectos colmados de ilusión, de encantamiento. Igualmente, a ese diablillo que me animó a formular críticas infundadas, a dejar para mañana lo que hoy debo hacer, a extraviar en el baúl de los despistes la necesaria reflexión que descubre metas y medios para alcanzarlas.

Me parece, querido changuito, que tanto tú como yo necesitamos hablar serenamente, platicar lúcidamente. Necesitamos contar con alguien que nos escuche, que sea eco de inquietudes y desesperanzas. De aspiraciones legítimas y sueños confusos.

Nuestra cultura sufre de un grave déficit de diálogo y escucha. Sé que es uno de los temas más recurrentes en esta columna de opinión. El peligro, que lo sepas, nos acecha a todos: a vosotros, adolescentes y jóvenes y también a nosotros, esquivos adultos. En ocasiones, ariscos y estirados adultos.

Te pido que repases mentalmente, por un momento, lo que hacemos normalmente durante una jornada de nuestra vida. Imagino que estás cerrando los ojos y, después de pensar un poco, me dices…

A ver, padrecito. Nos levantamos y nos lavamos… ustedes, se rasuran. Desayunamos y acudimos al aula… ustedes, al trabajo para ganarse el pan de cada día. Después del almuerzo suele venir un tiempito de siesta o descanso. Por la tarde seguimos aprendiendo o trabajando. No faltará algo de cancha… ustedes, compartirán una cerveza con los amigotes antes de llegar a casa y cenar. En el caso de mamá, atenderá a las tareas del hogar; muchas lo harán después de su trabajo profesional o la atención a la huerta y a los animales…

Bien, todo eso está muy bien y seguro que habría que añadir mucho más, dependiendo de profesiones y responsabilidades diversas.

¿A dónde quiere llegar con esta especie de radiografía de una jornada?

Pues muy sencillo. Cada pequeño o gran quehacer del día es una experiencia más. A veces es pura rutina y otras, sorpresa o descubrimiento. No hay nada que no deje su poso, su marca, su huella. Para bien o para complicarnos la vida. Todo eso, buen chaval, es siempre motivo y excusa para hablar, para conversar, para dialogar. Para desahogarnos.

Ahora me dirá, padrecito, que sólo dialogamos con el Iphone, la Tablet o el WhatsApp… Siempre con ellos en la mano… ¡quien los tenga!

Lo que digo es que podemos ser mudos recalcitrantes, silenciosos testarudos. ¿Te has fijado que en Papá-Dios todo es Palabra y comunicación? Sí, su Palabra es creadora y desborda vida y fuerza. Su revelación, su comunicación, atraviesa los siglos y la historia y nos llega espontánea y fecunda.

No hay educador o educadora que no haya formulado a sus chicas y chicos las preguntas decisivas: ¿quieres que hablemos…?, ¿necesitas decirme algo…? Y, paciente, ha sabido escuchar, comprender y consolar.

Por eso, el primer domingo que os visite en el hogar-internado, y en esa charla compartida que frecuentamos después de la Eucaristía, plantearé más despacito esta inquietud apremiante y necesaria.

Tengo mucho que contarte. Es posible que tú también… ¿Quieres que hablemos?