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REFLEXIÓN DOMINICAL: EL QUE SE REBAJA SERÁ ENSALZADO

En el evangelio de este domingo encontramos otras dos nuevas exhortaciones típicas de Lucas (Lc 14, 7-14). En ambas se trata de banquetes, de una boda y una cena. En la primera se exalta la virtud de la humildad como actitud fundamental de los invitados a la boda y del comportamiento cristiano, en la segunda se exhorta a los anfitriones a invitar a los pobres, lisiados, cojos y ciegos, porque ninguno de ellos puede recompensar nada, de modo que el gran valor destacado por Jesús al hablar del Reino de Dios es la gratuidad.

La humildad es la virtud de caminar en la verdad, reconociendo las propias limitaciones con toda sencillez y considerando siempre superiores a los demás. Una vez más Jesús sigue instruyendo en el largo viaje a Jerusalén. A las enseñanzas de los anteriores domingos, es decir, la de apartarse de la codicia, la de dar en limosna los bienes a los pobres, la de alejarse de toda injusticia, la de concentrar toda la atención en el Reinado de Dios, hoy se suma la de la humildad. Concebido el Reino de Dios como un banquete la lección de Jesús sobre la humildad se formula con una sentencia sapiencial y magistral, colofón de la parábola de los invitados a la boda, que querían ocupar el puesto preferente y pasaron a un segundo lugar: “Todo el que se ensalza será rebajado y el que se rebaja será ensalzado”. Este es un paralelismo antitético que ha sido transmitido como enseñanza de Jesús también a través del evangelista Mateo (Mt 23,12). Se trata de otra lección evangélica que critica los comportamientos habituales de los seres humanos, marcados frecuentemente por la búsqueda a toda costa del poder, del dinero o del reconocimiento social, que permiten a las personas ponerse y reconocerse a sí mismas por encima de los demás. Tanto la parábola como la sentencia proverbial ilustran el aforismo presentado ya el domingo anterior, que decía que “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. Ahora se muestra en parábolas quiénes son los últimos de verdad para Jesús, a saber, los humildes y los indigentes. Los unos, por virtud, y los otros, por su estado, son los últimos desde la perspectiva social de nuestro mundo. Sin embargo, todos ellos para Dios son los primeros en el banquete del Reino.

La preeminencia de los últimos es el vínculo de unión entre las dos parábolas. En la segunda, se indica quiénes son los invitados de honor en el Reino de Dios: Los pobres. Por ello la instrucción de Jesús continúa también exhortando a poner a los pobres como invitados preferentes en la mesa del Reino. Y concluye esa enseñanza con otra felicitación, compuesta en forma literaria de macarismo o bienaventuranza: “Dichoso tú, porque no tienen para compensarte”. La razón de la alegría y de la dicha más profunda es que los otros, por ser pobres, no pueden recompensar al anfitrión del banquete. Así se rompe la lógica mercantilista de las relaciones humanas, frecuentemente basadas en el principio de “do ut des” (te doy para que me des). El evangelio destruye esta lógica del interés en la donación para poner en el candelero de la enseñanza de Jesús una nueva lógica, la de la gratuidad. Ésta consiste en dar y darse a los otros sin esperar nada a cambio, lo cual reviste el dinamismo de la entrega gratuita de la vida y de los bienes con el halo de alegría, que corona la vida de los justos, transformados definitivamente por Dios en partícipes de la Nueva Alianza. Una vez más el Evangelio pone en evidencia que la entrega gratuita a los pobres hace de ellos, en virtud de su pobreza y porque no tienen para recompensar, un lugar de dicha y de salvación, pues será sólo Dios el que recompense en la resurrección de los justos. Dios está presente en los pobres de tal modo que los que atienden a los pobres son considerados justos (Cf. Mt 25,31-46) y dichosos.  Además el evangelio de Lucas, a partir de la figura del banquete, va desarrollando y ampliando el tipo de atención que se le ha de dar a los pobres. No se trata sólo de atenderlos en sus necesidades, sino de invitarlos a un banquete, que es un grado mucho más alto de consideración y de reconocimiento de su dignidad.

Poner a los pobres como objetivo prioritario de la mesa compartida de nuestra tierra sigue siendo el gran desafío de la economía de nuestro mundo globalizado. El carácter festivo y universal de la mesa común es un rasgo que define la presencia salvadora de Dios en el mundo. Sin embargo, los pobres, lisiados, cojos y ciegos, sólo por el hecho de ser tales, son, en la perspectiva del evangelio, los primeros en el Reino de Dios. El Dios de Jesús no quiere los protocolos de nuestros banquetes, porque para él los últimos serán los primeros, es decir, los que no cuentan en la sociedad, los marginados y excluidos, son sus predilectos. Por eso Jesús proclama dichosos a los que asuman esa nueva visión del panorama social y actúen de esa forma, y no deja de criticar abiertamente a los que pretenden copar los primeros puestos en los banquetes y sostienen ese sistema excluyente de relaciones humanas.

Una simple mirada a nuestro mundo nos sigue revelando las enormes desigualdades entre los enriquecidos y los empobrecidos, ya sean éstos, países, pueblos o personas. Dos mundos separados por un gran abismo, que no es ni la línea del ecuador, ni la de los trópicos, ni la franja del Mediterráneo o la del Caribe, sino la del corazón de los seres humanos que tantas veces, insensatos y arrogantes, sigue anteponiendo la soberbia, la codicia y la obstinación ciega (Eclo 3,17-33) del sistema económico reinante y mortal en toda la tierra, a la inversión de valores propuesta por Jesús, para el cual la humildad, la solidaridad y la gratuidad son las características fundamentales de la mesa compartida.

El mensaje de la prioridad de los últimos y de los pobres como propuesta alternativa al mundo injusto también ha sido y sigue siendo acogido con alegría por una muchedumbre innumerable de espíritus justos que han sido transformados (Heb 12,23) por la palabra y el Espíritu de Jesús. Éste es mediador de una Alianza Nueva porque el espíritu que le llevó a derramar su sangre en la cruz consumando el amor nupcial de Dios con la humanidad ha sido comunicado al corazón de los hombres haciéndonos capaces de vivir la gran alegría de ese amor en la gratuidad, en la humildad y en el perdón, como valores humanos que impregnan un dinamismo nuevo y una nueva visión de la realidad. Desde esta Nueva Alianza, celebrada en cada Eucaristía, banquete de bodas por antonomasia de la vida cristiana, es posible renovar, en comunión con el Señor y con la Iglesia, la esperanza inquebrantable en que, desde la montaña de Sión, desde la ciudad de Jerusalén, es decir, desde el encuentro con Jesús en su pasión colmada de amor, caminamos a la ciudad del Dios viviente, a la reunión de los que han sido transformados por el espíritu de la justicia consagrando su vida a los últimos.

Quiero destacar particularmente hoy la humildad, la solidaridad y la gratuidad de la que dan testimonio a favor de los últimos, los voluntarios y voluntarias que se entregan a la causa de los pobres, y poniendo en práctica el Evangelio, en Bolivia y en cualquier lugar del planeta.

 José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura