Análisis

Pbro. Fernando Carrillo: “LAS BIENAVENTURANZAS PROYECTO DE PACIFICACIÓN PARA EL PUEBLO COCHABAMBINO”

Hermanos y hermanas y de modo especial “k’ochalas” y “k’ochalos”, nacidos en este valle o quienes hicieron suya esta planicie rodeada de la cordillera del Tunari. Hoy en nuestro aniversario CCVI, Jesús nos viene a decir: ¡Bienaventurados! El deseo inmenso que tiene Jesús para nosotros y nosotras, es que seamos felices. Jesús quiere que seamos felices pero no hechas de cartón como cuando nos dicen: compra esto y serás feliz, estando a la moda experimentas la felicidad sino de un plan de vida comprometido con el proyecto del Reinado de Dios. El primer deseo para ti y para mí es que somos bienaventurados.

Es cierto que nuestros pueblos se fueron construyendo sobre las luchas de defensa de su dignidad como comunidad, pueblo o nación con sus discursos políticos, económicos e ideologías, pero también de conquistas de expansión y hegemonías de poder. En este contexto el evangelio de Mateo nos hace presente a Jesús con un programa de pacificación, de que la felicidad es un camino de saciar la sed del que tiene seca la garganta por suplir la justicia, satisfacer el hambre de aquel que se ajusta el cinturón para que el otro tenga pan. Ciertamente, son palabras de anuncio gozoso de Reino, pero, al mismo tiempo, ellas ofrecen el más hondo programa de pacificación social donde habitan los cristianos pero también el hombre y la mujer de buena voluntad. Los pactos de las familias por herencias, de las comunidades por límites, de los municipios por recursos son realidades que vamos viviendo y muchas veces los pactos que se hacen son frágiles. La paz propuesta por Jesús no pasa por guerras justas, ni pactos militares capaces de crear la paz. Su propuesta de paz es más honda, más actual que todas las propuestas hechas en el pasado que la historia ha constatado. Sólo se puede hablar de paz donde se empieza poniendo en el centro a los pobres. 

Pareciera que la propuesta de Jesús es poco aceptable en la posmodernidad que evita el dolor, el miedo… Jesús en cambio parece haber puesto de relieve el valor de maduración e incluso de “revolución radical” del sufrimiento. Sólo aquellos que, quizá con miedo, saben aceptar el sufrimiento pueden ayudar a los demás, abriendo con ellos y para ellos un camino de vida. Quien no sabe sufrir terminará siendo un dictador. Quien hace sufrir a los demás (por hambre o terror, por amenazas o dictadura) no podrá ser hombre de paz. Sólo aquellos que se ponen en el lugar de los que sufren y sufren con ellos pueden iniciar el camino de paz del evangelio.

Bienaventurados los mansos y humildes de corazón… las comunidades pequeñas abatidas como ha sido la del evangelista Mateo, pobre y pequeño (sin poder económico o social), pero que ha sabido elevar y enriquecer a los pequeños, convirtiendo su pobreza en fuente de gracia y de vida para muchos. Mansos son los que actúan sin imponerse, los que ayudan a los demás desde su pobreza. En este mismo evangelio Jesús más adelante dice: “Acérquense a mí todos los que están cansados… Carguen con mi yugo… y aprendan de mí, que soy manso y humilde…” (Mt 11, 28). Siendo pobre y humilde (manso, no violento), podemos construir de nuestra tierra más cálida en humanidad. Pues bien, esa bienaventuranza, tomada del Salmo 37, 11, expresa una experiencia radical, de tipo político: “los manos heredarán la tierra”, no al modo actual (por posesión violenta), sino al modo de Dios: “por herencia de gracia”. Esta palabra (los mansos heredarán la tierra) proclama una utopía de pacificación “política”, que invierte todos los principios y tácticas de luchas violentas. Sólo los mansos, los que renuncian a toda imposición militar para “conquistar la tierra” podrán poseerla de verdad, pues la tierra no se conquista por guerra, sino que se “hereda”: la recibimos de aquellos que nos han precedido y queremos ofrecerla como regalo a quienes nos sigan. La tierra que se conquista y somete por la fuerza se vuelve un infierne de guerras; cuanto más la dominemos más la destruiremos. Sólo los mansos podrán heredar y disfrutar la tierra en paz; los otros, los violentos, la destruyen y se destruyen entre sí.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Esta bienaventuranza habla de los hambrientos creativos, de aquellos que habiendo descubierto la presencia de Dios en los necesitados se empeñan en ponerse al servicio de ellos. Éstos son los verdaderos “justos”, los portadores de justicia (cf. Mt 25, 37). Es evidente que entre ellos se sitúa Jesús, Mesías de la justicia del reino (cf. Mt 6, 33). En este contexto se entiende su palabra: “no sólo de pan vive el hombre” (cf. Mt 4, 4)… No hay sólo “hambre de pan”, sino también de “justicia”. Sólo a través de esta justicia, que es la liberación de los pobres, se puede hacer la paz.

Bienaventurados los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia. Ellos aparecen vinculados al Dios de Israel a quien la Escritura presenta como “clemente y misericordioso, lento a la ira…” (Ex 34, 6-7). La fe en el Dios misericordioso y clemente ha definido y marcado la historia de Israel, viniendo a culminar, según el evangelio, en Jesús de Nazaret, a quien Mateo ha definido, de un modo muy intenso, como el Mesías misericordioso, Hijo de David que tiene piedad de los perdidos y excluidos de la tierra (cf. Mt 9, 27; 25, 22; 20, 30-31). Desde ese fondo se entiende su novedad mesiánica, conforme a las palabras del profeta Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Os 6, 6). Eso significa que la “sacrificio” de Jesús es la misericordia. Éste es el sacrificio que Jesús pide a los suyos: que sean misericordiosos, que sean capaces de compartir la vida con los otros, creando así la paz. Desde ese fondo, la persona de Jesús se hace política y la política se hace “misericordia”, dirigida por la ternura de corazón, por el amor gratuito, y no por la dureza de la ley implacable o la venganza. Ésta es la dicha más honda de Jesús, su felicidad mesiánica: compartir desde el corazón la suerte de los pobres, ayudar a los necesitados. Ésta es la nota fundante del evangelio, el principio de la política cristiana: la misericordia que hace felices a los hombres y que crea la paz. Aplicando las palabras de Mt 7, 1, se podría decir: “siembren misericordia y la misericordia llenará sus vidas…”.