Análisis

Panorama mundial de las drogas

Ahora que todos los problemas son determinados por la globalización de la economía, conviene revisar algunos lugares comunes y concepciones tradicionales sobre un tema que nos incumbe a todos: el de las drogas.

Un gran desmitificador de la historia de los psicotrópicos fue Antonio Escohotado, autor de una monumental Historia de las Drogas, que es necesario recordar. Dice, por ejemplo, que los fundadores de los Estados Unidos consumían regularmente marihuana y la plantaban en sus huertos. Hablo de Jefferson, según recuerdo de memoria, y de otros más, un gesto común en esa época y latitudes. Los chinos transcurrían dulcemente su ancianidad tomando mate de flores de amapola. Las civilizaciones andinas se sostenían con la masticación de hojas de coca y en países como Yemen, Etiopía y toda esa región mastican hasta hoy hojas de kat, que son parecidas pero menos eficaces que la hoja de coca. En fin, Freud consumía cocaína fabricada por un prestigioso laboratorio alemán y la recetaba a sus pacientes.

En la Feria Mundial de Sevilla de 1992, Bolivia apostó por reforzar una consigna que se difundió en el mundo: coca no es cocaína. Un experto boliviano en la OMS presidió un equipo de estudio para determinar las propiedades de la hoja de coca, dentro de la iniciativa WHO Initiative on Cocaine, de abril de 1989, secundado por otro organismo, el Unicri, a partir de 1991-2. En Cochabamba se hizo una investigación presidida por el psiquíatra Hernán Olivera y secundada por Katya Butrón.

Esa investigación general, que incluyó otros países, fue dirigida por Aurelio Díaz, un profesor catalán que escribió otro libro valioso sobre la variedad de cocaína en el mundo (Hoja, pasta, polvo y roca. El consumo de los derivados de la coca.

Universidad Autónoma de Barcelona, 1998). El informe de Díaz dice que el lema coca no es cocaína se volvió conservador porque trata de salvar la hoja natural y concentrar la condena en el producto químico, en lugar de aprovechar todas las posibilidades industriales de la hoja de coca y de restar importancia a la condena que pesa sobre la cocaína.

Hoy los mejores expertos en el mundo juzgan que la mejor política contra el narcotráfico es la despenalización de la droga, y algunos países (Holanda, Portugal, Uruguay, entre muchos) han despenalizado ya la marihuana. El efecto que comentan es previsible: baja el consumo y los consumidores se avienen a considerar su adicción como un problema clínico porque ya no es un delito. Y entonces aceptan voluntariamente un tratamiento que nadie les impone. Las mafias desaparecen, los peces gordos caen y no así los peces chicos que hoy llenan las cárceles por un tráfico que a veces para ellos es sólo una estrategia contra la pobreza.

A esto hay que añadir que el verdadero peligro está en las drogas químicas, totalmente sintéticas, que se fabrican en laboratorios muy pequeños, casi portátiles, y que son letales. Otros peligros más letales y masivos que el consumo de drogas tradicionales son la obesidad, los problemas cardiovasculares y la diabetes, generados por esa droga tan destructora que es la comida chatarra, que no sólo tiene aceites poliinsaturados, sino aceite omega-6, tan de moda hoy, que al parecer inflama el tejido de las arterias mientras los expertos le echan toda la culpa al colesterol y a las grasas, cuando éstas serían menos peligrosas que los aceites y las harinas procesadas, tan frecuentes en la comida chatarra.

Esas sí que son un flagelo para la humanidad, y no así aquellas drogas que se fabrican a partir de productos naturales, como la marihuana, la hoja de coca o la flor de amapola, sobre los cuales se concentran los esfuerzos por despenalizar su consumo así fuera transformado por la química.

Por último, la droga boliviana no va al mercado americano. Esto que es una verdad reconocida incluso en los Estados Unidos no ha penetrado todavía en nuestras cabezas. La cocaína boliviana se dirige a los países limítrofes, muy en especial al Brasil.

Ese es su mercado y eso varía radicalmente las políticas sobre el narcotráfico. En este nuevo panorama, decir todavía que coca no es cocaína es traer una consigna oportuna en su momento pero insuficiente hoy, porque más bien deberíamos analizar con serenidad la despenalización de la droga para aprovechar integralmente las propiedades industriales de un producto que nos dio la naturaleza y que no podemos restringirlo al uso puramente tradicional.