Análisis

P. Pedro Rentería: “Una tarde confesando en el Santuario de la Virgen de Urkupiña”

El pasado 15 de Agosto, Festividad en Quillacollo de la Virgen de Urkupiña, tuve la oportunidad de pasar unas horas de la tarde en uno de los confesionarios de su visitado Santuario.

En seguida adivinarán los lectores, con razón, que fueron muchos los peregrinos que por allí transitaron. Papás y mamás con sus niñitos en brazos. Parejas de jóvenes con claro acento argentino. Abuelitas buscando un pequeño campito para sentarse. Niños correteando incansables con sus caritas de felicidad. Mamitas campesinas con sus lindos wawuitas en el agüayo.

Me llamó la atención cómo unos y otros miraban al padrecito, tan choquito él, metido en esa especie de ropero, en actitud de espera y con sereno semblante, me parece, de disimulada vergüenza. Y es que la mayoría mostraba cierta sorpresa, cierto interrogante, como diciéndose: Y éste ¿qué hace ahí adentro?

Eso sí. No faltaba el saludo respetuoso, la sonrisa cariñosa, la respuesta interior: ¡Ah!, sí, claro, el padrecito está confesando…

Las anécdotas se multiplicaron. Y mi alegría también. Abuelitas de diversos departamentos y jóvenes extranjeras se acercaban al ropero pidiendo bendiciones para estampitas, imágenes y rosarios. Una mamá no tuvo reparo en rogarme que hablara seriamente con su hijo adolescente, pues lleva años sin confesarse, según dijo. Un papito, con carita sucia -le hubiera encantado al joven poeta Camarlinghi- me pidió un boliviano que surgió mágicamente en el fondo de mi mochila… Y lo más curioso: otro pequeño, otro chavalín, como diríamos en mi tierra española, me ofreció beber de su bombilla, conectada a un dulce e inocente refresco.

Pero esa alegría estaba empañándose. El corazón de pastor observaba, no sin nostalgia y confusión, que fueron pocos, muy pocos, los que se acercaron a celebrar el bello perdón de Dios. Como si toda aquella realidad transitara sólo por la senda de la anécdota, del cariño, del encantamiento, pero no del profundo gozo que supone encontrarse con Dios, con su salvación, con su consuelo, con su vete en paz y no peques más.

Nunca se me ocurrirá pensar que todas aquellas buenas gentes, niños, jóvenes y adultos, tuviesen mucho saco de caídas, como en ocasiones me dicen algunos –…padrecito, no se asuste que aquí vengo con mi gran saco de pecados-. Lo que sí pienso es en cómo desaprovechamos la honrada oportunidad de recibir una palabra de aliento, una serena corrección que enderece ciertas actitudes que nos restan armonía, una respuesta a preguntas que se van acumulando en el diario vivir. ¡Cómo desaprovechamos esas caricias de Dios que son los benditos sacramentos!

Lamento que llegase el momento en que decidí marchar del confesionario. Me esperaban los seminaristas chuquisaqueños que se forman en los Seminarios San José y San Luis de Cochabamba. Lo hice con la certeza de que algún otro compañero sacerdote me reemplazase en su confesionario pues quedaban aún mucha tarde y varias Misas por delante.

¿Qué está ocurriendo con el Sacramento de la Penitencia? ¿Me equivoco si escribo que hoy parece que los aires de la secularidad, del rancio laicismo, de la indiferencia, se han hecho presentes entre nosotros? ¿Es que nuestras gentes no tienen necesidad de hablar, de desahogarse, de pedir consejo y dejarse ayudar?

Los pastores tenemos un reto, un desafío importante por delante. Trabajemos este sacramento. Formemos a nuestros feligreses, a esas ovejitas que con tanta frecuencia se nos presentan como carentes de pastor, tal y como dijo el Maestro de Nazaret. Seamos buenos escuchadores de las angustias y alegrías de los nuestros.

Son nuestras propias angustias y alegrías. Confesémonos nosotros con frecuencia. Siempre, por delante.

El principal ministerio es escuchar. Sea cual sea nuestro destino, nuestra periferia, no haremos mejor cosa que escuchar. En el templo y en la plaza. En el despacho parroquial y en el barrio. En el asilo con los abuelitos y en la cancha con los chicos.

Con todo, me quedo con aquella sugestiva imagen de la calurosa tarde confesando en el Santuario de Quillacollo: un chavalín me ofreció beber de su bombilla, conectada a un dulce e inocente refresco. ¡Y estaba delicioso!