Análisis

P. Pedro Rentería: ¡Tantas historias por contar!

Voy terminando mi estadía en estas lejanas tierras de las que te escribí, chico del hogar-internado, en mi anterior artículo. Por las redes sociales, esas ventanas abiertas a la comunicación, al compartir experiencias, he ido reflejando alguito de lo vivido. A mi vuelta te ampliaré horizontes de lo acontecido y te animaré a salir de tu entorno, de tu geografía –cuando sea posible– para madurar en esa vocación tan humana que nos anima a ser caminantes, peregrinos, trotamundos.

Aprovecho para recordarte y recordarme que hay dos tipos de viajeros, de andarines. Uno, busca tesoros en las artes, en la naturaleza, en la gastronomía. Otro, busca historias, buenas historias de personas, de protagonistas anónimos. Son sus mejores tesoros.

En la distancia imagino tus preguntas, tu curiosidad adolescente a flor de piel:

– ¿A qué se refiere, padrecito? ¿Qué clase de viajero ha sido usted?
Quienes no somos sólo turistas, intentamos hacer presentes en las sendas recorridas a tantas gentes –niños, jóvenes, adultos– que encontramos. No queremos caminar con los ojos ausentes y sí con el corazón abierto a lo que surja, al misterio siempre provocador del otro.
Te confieso que en este viaje me han llamado la atención precisamente las multitudes que cada día veía en las calles. Unos iban al trabajo diario, otros al colegio, algunos disfrutaban de su tiempo libre. Los más, sentados en la “rua”, con los brazos cruzados, esperando un no sé qué… No faltaban changuitos como tú mendigando, lavando “carros”, vendiendo todo y nada, robando al menor descuido del transeúnte, con la picardía que enseñan la experiencia y la necesidad.
Y cada uno con su historia a cuestas.

– Recuerdo, padrecito, que un día nos animó a ser buscadores de historias, de buenas historias de la gente sencilla.
Sí, es verdad. Me alegro que lo recuerdes, querido amiguito. Y os lo dije porque es una forma muy linda de reconocer y subrayar la dignidad de la persona, de la persona anónima. Ya hoy no interesan las historias de los famosos, de los reconocidos por esta cultura de luces artificiales y consumo desmedido. Cultura de la parafernalia. Ya no merecen la pena.

Nos interesan las otras historias. Las de infancias felices o desgraciadas, de afectos generosos o utilitarios, de años juveniles serenos o turbulentos. Historias de fracasos, venganzas y reconciliaciones. De heroicidades o cobardías. De proyectos, desafíos o flojeras acomodadas.

Lamentablemente nuestra mirada suele ser superficial y colectiva. Por nuestras retinas entran todos, pero no cada uno. Ante nosotros se sitúan las masas, no las personas de carne y hueso, con su nombre y apellidos. Con su vivencia de hoy y ahora.

Nos dice el Evangelio que al Maestro de Nazaret le seguían multitudes. Y Él, con una generosa paciencia, les atendía personalmente, sanando, animando, mirando con dulce ternura. Este bondadoso Maestro resultó ser un excelente contador de historias. Porque las conocía de primera mano. Conocía a sus ovejitas, conocía sus nombres. Y ellas, claro, le conocían también.

Como me has recordado, buen chaval, quiero ser un buscador de historias. Para saberlas contar. No por curiosidad, sino porque en cada historia podemos tener la oportunidad de escuchar, de ayudar, de animar, de vivir la solidaridad.

Quienes influimos, mejor o peor, en los demás –padres de familia, educadores, profesionales, políticos– necesitamos una mirada sana que repose en las personas concretas. Y cada una de nuestras acciones deberá aterrizar en ese niño, en ese adolescente, en aquel joven, en el adulto y en el abuelito, que nos esperan. Es una gran y hermosa responsabilidad.

Voy terminando mi estadía en estas lejanas tierras. He intentado ser peregrino, no sólo turista. Muchas historias ya son mías… para contártelas. Para que las disfrutes.

¡Hay tantas historias por contar!

¿Me acompañas?