Análisis

P. Pedro Rentería: “Se elige a un líder por su corazón”

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De la serie: “A ti, joven campesino”

Tu testimonio es lo que más interesa, seguro, a mis lectores. Para que, de alguna manera, en ese misterio de la existencia que nos une a los seres humanos, te sientas orgulloso de tu vida, de tu compromiso por la familia, de tu gran esfuerzo solidario”

Hola padrecito. ¿Cómo está? Le escribo estas líneas después de pensarlo mucho. No importa mi nombre ni el de esta comunidad rural tan linda en la que vivo. Es posible que ya no me recuerde. Nos conocimos hace mucho tiempo en un encuentro formativo con alumnos de 6to Secundaria. Usted nos habló bonito sobre el futuro, sobre nuestros sueños juveniles y, sobre todo, sobre Dios. Y pronunció en varias ocasiones la palabra “líder”. Yo acogí esa palabra con mimo, porque mi vida la necesitó a partir de entonces. Sin papá, sin mamá y con la responsabilidad de cuidar a mis hermanitos, no pude ingresar en la Universidad y los años posteriores a la Secundaria, tan llenos de dificultades de todo tipo, me maduraron, me fortificaron, para sacar adelante a una familia de la que nunca se me ocurrió pensar en ser responsable…

Gracias, anónimo joven por tu escrito y por tu sinceridad. Me ha gustado tanto que de repente se me ocurrió aprovecharlo para uno de estos artículos. Espero tu permiso y comprensión. La verdad, no sé quién eres, no te recuerdo en la maraña de adolescentes y jóvenes con quienes comparto ideas, proyectos y oraciones al buen Dios.  

Eso sí, he dado forma un poquito más literaria a tu escrito para presentarlo aquí. Es posible que nunca leas esta columna. Lo entiendo. Tu testimonio es lo que más interesa, seguro, a mis lectores. Para que, de alguna manera, en ese misterio de la existencia que nos une a los seres humanos, te sientas orgulloso de tu vida, de tu compromiso por la familia, de tu gran esfuerzo solidario.

Sí, claro que sí, eres un líder. Y lo que me sigues escribiendo en tu carta refleja algo mucho más cierto y convincente que las palabras torpes que un día me escuchaste en aquel encuentro.

No solo la precaria economía de mi casa me obligó a buscar mil trabajos aquí y allá, incluso en la ciudad, sino que la enfermedad se cebó con mis hermanitos. Quizá por la falta de buena alimentación, quizá por la ausencia, siempre llorada, de los papás, fallecidos en fatal accidente de tránsito. Y la única dulce ayuda que tuve, mi abuelita, cargada de años, se me fue en el remolino de esta dura pandemia que sufrimos…

Me dices que tu diario vivir supuso una gran energía de imaginación para sortear contradicciones, incomprensiones y desconfianzas que brotan como hongos en la mente de vecinos y de algún que otro familiar lejano. Como dice el refrán: “A perro flaco, todo son pulgas”.

Padrecito, termino esta larga carta. No quiero cansarle más. Recuerdo que las últimas palabras de su intervención aquel día, fueron las que más me inspiraron: “Se elige a un líder por su corazón”. Me las he repetido infinidad de veces, preguntándome si soy ese líder de gran corazón. Si todo lo vivido ha merecido la pena. Si son mis hermanitos, ya crecidos, esas buenas personas que los papás deseaban. Y si he sido un buen papá, el mejor, para ellos…

¿Pues sabes, estimado amigo? Ya no recordaba yo esa frase del líder y del corazón. ¡Qué cosas dije entonces! Pero es verdad. Tan verdad como que estoy convencido de que eres un excelente hermano, papá y mamá para los tuyos. No lo dudes. Tus palabras te delatan.

“El líder generoso aprecia el silencio. Y también las críticas que le ayudan a enmendarse. Convencido de que no es imprescindible, se oculta, pasa desapercibido…

Pienso que la vida, la historia, los acontecimientos -ante todo Papá Dios- eligen a los auténticos líderes. Porque han visto en ellos las cualidades necesarias para serlo. No porque sean grandes talentos, llenos de erudición y sabiduría, sino porque abundan en ellos la prudencia y sencillez en el trato con los demás, la búsqueda de agraciados días para tantos necesitados y excluidos, el afán constante por unir y no separar. Como dice nuestro Papa Francisco: “son quienes construyen puentes que comunican y no muros que dividen”.

El líder es dialogante, sabe escuchar, acepta lo valioso de los demás, se deja interrogar. Jamás creerá que posee toda la verdad. Aprende, en la vida y en los libros, tanto como convence. De sonrisa franca, sabe llorar y es compasivo. A su lado uno se siente seguro, tranquilo y a gusto.

El líder generoso aprecia el silencio. Y también las críticas que le ayudan a enmendarse. Convencido de que no es imprescindible, se oculta, pasa desapercibido… y la vida sigue tal cual. Pero su marca, su sello, su carisma, nunca se olvidarán.

Así que, buen chaval que me escribiste, gracias por tu honestidad, por tu entrega tan humana, por tu testimonio. Gracias por tu gran corazón. Que Dios te bendiga.

 

(P. Pedro es Comunicador Pastoral)

[Imagen: blogthinkbig.com]