Análisis

P. Pedro Rentería: “Pesadilla” y “mala suerte”

Pesadilla adolescente
De la serie: “A ti, joven campesino”
Y os repetimos una y otra vez: “¡Quédate en casa!”. Sí, no es hora de clases, ni de pasear con amigos, ni de parque, ni de cancha, ni de piscina, ni de escarceos (toma diccionario) de medias verdades… ni de vueltas aburridas por las calles de la ciudad. Es hora de lo más difícil para ustedes: quedarse, sí o sí, en casa”.

Vivimos una pesadilla, padrecito…

Aprovecho tu comentario de ayer mismo, en una conocida red social, para atreverme a escribiros a vosotros, amiguitos del hogar-internado, y a quien quiera ocupar unos minutos leyendo esta columna.

Te confieso que llevo unos días pensando qué líneas construirían este artículo. Y, la verdad, no quería sacar el tema estrella que ahora está en la cabeza y en el corazón de todos. Incluso, alguien me llegó a pedir encarecidamente que, por favor, no escribiera en ningún soporte de información esa palabra escabrosa que designa al causante de la actual pandemia…

Está bien -dije yo. Y después pensé si mi interlocutor cree que por nombrarla o escribirla conjuramos aún más males para esta sorprendida humanidad.

Tu palabra -pesadilla- me dejó inquieto. Más todavía cuando días antes otro jovencito adolescente llegó a afirmar, creo que en un momento harto desolado, que su vida podía terminar.

Sí, padrecito, tal vez tenga la mala suerte de contagiarme… -me soltó.

¿Será que estas feas palabras, “pesadilla” y “mala suerte”, pueden invocar complicaciones mayores? No lo creo. Lo que sí creo es que vivimos tiempos “recios”, que diría una famosa santa y mística castellana, y que, adultos o jóvenes, debemos enfrentar el peligro y afrontar desánimos, bajoneos y depresiones mil.

Ustedes, changuitos, (¿ocurre que ahorita me pongo serio al utilizar el “ustedes” boliviano?) debido a esa ansiedad y sensibilidad propias del adolescente, miran la vida, a veces, por el lado más retorcido. Con poco horizonte de entusiasmo. Con pocas puertas de salida. Con poca convicción para buscar soluciones… y las mejores soluciones.

Ya lo pasaron mal cuando la popular crisis de las “pititas”, como acostumbramos a decir. Recuerdo que escribí entonces: “…es precisamente el adolescente, tras su fachada de arranque y energía, quien esconde incertidumbre, perplejidad y sin sinfín de interrogantes”.

Es cierto que estamos viviendo situaciones extrañas, desconocidas en nuestros ambientes. Asumimos decisiones que rompen los ritmos normales de nuestra vida. Nos llegan noticias, unas auténticas y otras insistentemente falsas, que nos dejan confusos. Cada día, mejor cada hora o cada minuto, los medios de información y las redes sociales nos asaltan con crónicas más alarmantes que amables.

La cuarentena que cumplimos ha trastocado el equilibrio de nuestras jornadas.

Y os repetimos una y otra vez: “¡Quédate en casa!”. Sí, no es hora de clases, ni de pasear con amigos, ni de parque, ni de cancha, ni de piscina, ni de escarceos (toma diccionario) de medias verdades… ni de vueltas aburridas por las calles de la ciudad. Es hora de lo más difícil para ustedes: quedarse, sí o sí, en casa.

Es hora de continuar relativamente el proceso educativo con el apoyo del celular, atendiendo instrucciones de vuestros docentes. Es hora de dar protagonismo a los libros, buenos amigos, empolvados en alguna estantería. Es hora de no saturarse con la televisión.

Es hora de retomar con calma el diálogo, quizá postergado, con la familia: padres, hermanos, abuelitos, mascotas. Tantas horas en casa pueden ayudarnos a escuchar, a plantear lo que sea a corazón abierto, a frecuentar gestos de cariño sin las miradas indiscretas de los de afuera… En fin, a conocernos mejor.

Es hora de pensar, de reflexionar, de tomar decisiones, de ver las cosas de otra manera, de inventar, de ser creativos…

Es hora, cómo no, de rezar. A ti, joven creyente, te ruego: ayúdame en el noble empeño de arrancarle al buen Papá-Dios un gran trozo de su misericordia, de su amor para con sus hijos contagiados y enfermos. Te pido también que conmigo aceptes esa voluntad de Él que, en ocasiones, nos resulta incómoda e incomprensible. Él sabe. Él puede. Con corazón de niño, confiemos.

Así que permíteme, para terminar la columna de hoy, una oración. A la Mamita. Pongamos bajo su mirada bondadosa las palabras que nos incordian: “pesadilla” y “mala suerte”.

Alégrate, María, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres…

 

[Imagen: infobae.com]