Análisis

P. Pedro Rentería: “Monseñor Walter, mi Vicario”

Querido monseñor Walter:

Ya queda menos… me dijiste unos días antes del pasado Jueves Santo en que Dios te llamó para acogerte en sus brazos amorosos. Comprendí que tenías ya idea clara del desenlace que, intuías, estaba a punto de suceder. Creo que fuiste consciente desde hace meses.

Me parece que los enfermos terminales poseen un sexto sentido especial que, más allá de los diagnósticos médicos, les va indicando la ruta -a veces dolorosa, a veces serena- que están obligados a transitar.

El pasado día sábado, después de las Exequias con que te despedimos y en la sacristía de la Catedral de Sucre, el padre Juan Miranda, buen amigo, me recordó algo anecdótico que siempre fue comentado en las reuniones de nuestro clero capitalino. Y es que, dado que durante bastante tiempo fuiste un apoyo eficaz en las Eucaristías a celebrar en la Capilla de nuestra Patrona, Virgen de Guadalupe -de la que estaba yo encargado- te convertiste en mi Vicario ayudante.

Recuerdo tu sonrisa, tan cercana y cariñosa, cuando, no sin cierta prevención, me atrevía a llamarte de esa manera: Monseñor, mi Vicario, le parece que en la Misa de mañana…

Tus homilías me impresionaban. Con un lenguaje directo, sin componendas, eras capaz de describir con detalle muchas de las situaciones que vivimos hoy. Desde los prejuicios entre generaciones hasta la corrupción reinante. Desde las divisiones que asolan nuestro país hasta las deformaciones educativas que maltrechan a nuestros adolescentes y jóvenes.

Con la crítica constructiva de un buen pastor, supiste iluminar en el crisol de la Palabra de Dios tantas y tantas vivencias que marcan nuestro presente y nos lanzan a un futuro, en ocasiones, precario y desesperanzador.

Es cierto lo que comentó en las Exequias Mons. Centellas: tu diálogo con todos fue chispeante, repleto de ejemplos bien trabados. Palabras cálidas aderezadas, insisto, con una sonrisa de niño… del hombre curtido en mil batallas, como se dice, que acampa sin miedo en la auténtica infancia. En esa en la que uno está más cerca de Dios, tanto como para recuperar emociones puras, inocentes. Poseedor ya de los mil significados buscados, a veces entre sombras, en los pasajes frecuentados durante toda una vida.

Confesarme contigo era bálsamo para la conciencia y jamás, jamás, dejaste de quitar importancia a mis cosas feas y llevarme con ellas a la misericordia del Padre.

Querido monseñor, entraste en mi vida, así “como si ná…”. Apenas conocía tu historia, tu camino. Y te fuiste en silencio. Porque ya quedaba menos…

Ah, por cierto, sin querer escribí no con el usted, sino con el tú, tan español. Sé que me disculpas. Pequeña irreverencia que me permites, obispo bueno. Y es que contigo me unió una breve, pero dulce confianza.

Adiós monseñor y mi Vicario. Hasta siempre.

[Imagen destacada: Osservatore Romano]

[Imagen inferior: Infodecom]

[Pedro Rentería pertenece al Grupo INFODECOM]