Análisis

P. Pedro Rentería: “La cruzada de los niños”

Cruzada-Niños
De la serie: “A ti, joven campesino”

Estaba yo tranquilo en la sala de visitas del Seminario San Cristóbal, intentando leer algunos artículos con noticias algo atrasadas mientras te esperaba, cuando surgiste así, de la nada, me pareció. Con tu carita de angelote y tu corazón marchito por inquietudes urgentes, reclamaste mi atención. Pero antes de ponerme al día de tus desvelos, me sorprendiste al mostrar harto interés en los papeles que tenía en mis manos.

¿Qué lee con tanta curiosidad, padrecito? -quizá te costaba empezar a compartir lo que motivó tu visita y necesitaste esa especie de preámbulo que tranquilizara los nervios.

Lo cierto es que aproveché tu pregunta sin perder tiempo.

Pues mira: “Chuquisaca repite cifra de infanticidios en 2019”. En 2018 se denunciaron seis casos y el año pasado, la misma cifra. A nivel nacional, 66 infanticidios en 2019 frente a 78 en 2018. La mayoría de ellos fueron en el Departamento de La Paz.

Ah, entonces, en 2019 hemos mejorado, padrecito… -me dijiste no muy convencido.

Espera, que sigo: “Hay más infanticidios este año (2020) que otros”. En lo que va de año superan ampliamente a los casos que se cometieron en el mismo período de 2018 y 2019.

Uy, padrecito, ¡qué feo es todo eso! -añadiste mostrando tu sensibilidad que bien conozco.

Pensé que era importante compartir estas noticias (lo haré con tus compañeros del hogar-internado) para que seamos todos conscientes del sufrimiento de tantos semejantes, en este caso, los niños.

¿Qué está pensando, padrecito?… porfa no se ponga triste -me dijiste cariñosamente y me urgiste a leer alguna información más.

Bueno, no te quiero cansar, pero escucha: “Familias de 14 niños muertos en una mina de cobalto de República Democrática del Congo, denuncian a las grandes tecnológicas”. En lugar de intervenir y ayudar a estos menores con una parte nimia de su riqueza y poder, estas empresas no hacen nada y siguen beneficiándose del cobalto barato, extraído por niños -destinado a la tecnología que nos rodea- a los que les han robado la infancia, la salud y para muchos, incluso la vida…

Me llamó la atención con qué respeto y seriedad me escuchabas. Como lamentando todo lo leído. Podría haber seguido con más reportes, pero preferí dejarlo para no cansarte.

¡Cuánto sufren y han sufrido los niños siempre!… ¿verdad, padrecito? -ahora fue tu carita la que mostraba una sombra de tristeza. A tus 15 años, aún no perdiste la infancia.

Sí, es cierto. La historia del ser humano, desde sus comienzos, relata todo tipo de explotación, abuso, injusticia, amedrentamiento y tantos otros demonios en contra de los niños. Es inimaginable su angustia en guerras, aniquilamientos masivos, terrorismo. Niños muertos de miedo, de hambre, de enfermedades crueles, de soledad…

Fue en ese momento cuando te fijaste en un libro que, a mi lado, estaba abierto por cierta página.

Qué es esto de la “cruzada de los niños”? -preguntaste mostrándote muy interesado.

Sí, ¿cómo no…?: la famosa cruzada de los niños. Otra muestra más, entre muchas, de la iniquidad en contra de seres indefensos. Ocurrió allá en la Edad Media.   

Aprovechando las guerras cristianas organizadas para liberar la Tierra Santa del poder musulmán, algunas mentes enfermizas, en diferentes lugares, concibieron la desgraciada idea, en pleno siglo XIII, de convocar a miles de niños europeos que formasen ejércitos para, con su inocencia, vencer al enemigo. Por ejemplo, en Colonia (Alemania) Nicolás, un joven iluminado reunió a veinte mil pequeños cruzados de ambos sexos. Les hizo atravesar los Alpes no sin atroces dificultades, prometiéndoles que, llegando a Génova, donde debían embarcar hacia Tierra Santa, el mar Mediterráneo se secaría milagrosamente para que llegaran a pie hasta Jerusalén. La gente se burló de ellos y exhaustos y desmoralizados, enfermos y accidentados, tuvieron que separarse y volver a la casa familiar o caer muertos en los caminos…

El silencio se adueñó de la sala. Parecía que ni respirabas al atender este relato.

Bien, changuito, aparte de todo esto, ¿qué me querías contar?

– No sé, padrecito, a lo mejor ya no tiene mucha importancia mi historia… -me dijiste.

Para mí, amiguito, lo que me quieras decir tiene mucha importancia. Te escucho.

Y al prestarte atención y ayudarte un poquito -lo que sé y lo que puedo- me pareció ayudar también ese poquito a tantas generaciones de niños perdidos, maltratados, abusados, olvidados…

 

[Imagen: ancient-origins.es]