Análisis

P. Miguel Manzanera: La verdad nos hará libres

Tal vez algunas personas, al leer los mensajes de los obispos sobre las inminentes elecciones generales en nuestro país, se pregunten si es correcto que las autoridades de la Iglesia Católica opinen sobre temas políticos. Incluso hay quienes afirman que su misión se limita a los sacramentos, según el dicho popular “la Iglesia a la sacristía”.
 
Ese eslogan no tiene ninguna validez. Como cualquier otra asociación, las comunidades religiosas, de acuerdo con sus propias normativas, pueden dar su parecer sobre temas sociales y políticos,. Además en el caso de la Iglesia Católica ésta se remite al ejemplo de su fundador, Jesucristo, quien tuvo que dialogar, incluso en tono polémico con las autoridades religiosas y civiles de su tiempo.

Una de las polémicas más violentas, narrada en los Evangelios (Jn 8), es la que Jesús sostuvo con las autoridades religiosas. Éstas trataban de condenarle a muerte porque Él, como Maestro, ponía en evidencia sus maldades y sus mentiras. Para condenarle buscaban incluso a testigos falsos para que declarasen algún dicho o hecho de Jesús, contrario a la Ley de Moisés.

El Maestro, dándose cuenta de su malicia, se encaró directamente a ellos, revelándose como el Hijo de Dios, fuera del cual no hay salvación: “Si os mantenéis en mi Palabra seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Los adversarios le replicaron, indicando que descienden de Abraham y nunca han sido esclavos de nadie.

Sin embargo, Jesús les contradice: “Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero vosotros tratáis de matarme a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios”. Ante la protesta de sus interlocutores, Jesús les increpa: “Vosotros sois de vuestro padre, el diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Éste era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira. Pero a mí, como os digo la verdad, no me creéis”.

La polémica se fue encendiendo cada vez más y las autoridades contraatacaron a Jesús acusándole de tener un demonio. Pero el Maestro les respondió indicándoles que sólo si aceptan su Palabra no verán la muerte jamás. Finalmente les descubrió de manera velada su divinidad: “En verdad, en verdad os digo antes de que Abraham existiese Yo soy”. Las autoridades, al oír esta afirmación que consideraron blasfemia, “tomaron piedras para lapidarle, pero Jesús se ocultó y salió del templo”.

En esta escena dramática Jesús contrapone claramente la verdad a la falsedad, la vida a la muerte y la libertad a la esclavitud. Por eso las autoridades rechazaron a Jesús y finalmente lo crucificaron. Ese diálogo, si bien tiene un trasfondo histórico, puede también aplicarse en la actualidad. Hay gobernantes prepotentes que falsean la verdad, obran injustamente y conculcan la libertad de personas inocentes, consideradas opositoras, encarcelándoles, obligándoles a exiliarse e incluso asesinándoles. Pero su sangre clama al cielo y Dios tomará justicia a quienes han cometido crímenes.

Por eso las autoridades de la Iglesia no pueden callarse, sino que están llamadas a seguir el ejemplo de Jesús orientando a sus fieles a elegir a los mejores gobernantes según criterios no solamente técnicos o materiales sino también éticos y morales. Para ello la Iglesia ofrece un compendio de la doctrina social donde se distingue entre los principios éticos y derechos humanos fundamentales que siempre hay que respetar y otras cuestiones donde cabe la diversidad de opiniones.

La Iglesia debe asumir la defensa y ser la voz de los que no tienen voz, especialmente cuando son perseguidos, encarcelados o incluso asesinados por la tiranía de los prepotentes. Jesús que es la Vía, la Verdad y la Vida, nos juzgará a todos y condenará a los mentirosos, injustos y asesinos. Por eso invita a todos a ser sus discípulos. De esta manera “la verdad nos hará libres” y gozaremos de la verdadera libertad para hacer el bien, defender la justicia y construir la fraternidad en el reino de Dios.