Análisis

P. Carlos Padilla: La original manera como Dios nos atrae

¿Ha cambiado mi vida Dios? ¿Veo en mi vida su mano, sus huellas más fuertes que las mías?

Comentaba el Padre José Kentenich: “Ahora bien, fíjense que en esa constancia del amor, en esa firmeza soberana del amor, el Dios vivo es el imán. Estamos tan magnetizados que somos atraídos continuamente. Por supuesto existen otros objetos que también nos atraerán, pero el Dios vivo nos colmará tanto de su presencia que estaremos junto a Él también cuando nuestra atención esté ocupada en otras cosas”[1].

¿Es Dios un imán, o un deber ser? Dios quiere adentrarme en su amor misericordioso. En cada desamor de mi vida está Él diciéndome que me quiere. Me ayuda a ver el cielo en la tierra. Me ayuda a atarme a la tierra. Es Él, sólo Él, el que me conoce del todo, y me quiere así, sin condiciones. Le gusto así. Me quiere con locura así.

No comprendo cómo Dios puede amarme tanto alejándome yo tanto. Él sólo da y eso me cuesta entenderlo. Acepta que le encasille, que le meta en etiquetas de Dios juez, de Dios que lleva las cuentas. No entiendo que no recuerde mis caídas. No comprendo su paciencia infinita o que aguarde a la puerta de mi alma, llamando, esperando a que le deje pasar para cenar conmigo.

Soy hombre, comprendo pocas cosas. Camino sin saber tantas veces qué tengo que hacer. Sin certezas y con dudas. No entiendo los misterios, no los descifro. Pero Él se empeña en atraerme como un imán. No quiere que me aleje.

Quiere que vaya a su lado y hable de ese amor que no comprendo, de ese fuego que no sé describir, de esa presencia que no cabe en palabras, de esa cercanía que para tantos es distancia. Quiere que diga que es una roca, cuando no comprendo su presencia inmutable, su compañía eterna.

Él se hace horizonte cuando mi vida es pequeña y quiere que hable de ese horizonte que desborda mi mirada. ¡Cuántas veces pretendo comprenderlo todo! Quiero tener todas las respuestas. No admito interrogantes incómodos. Me pongo a mí mismo en el lugar de Dios. Y creo torpemente que lo controlo todo.

De nuevo hoy, vuelvo a decirle que soy su hijo, que confío ciegamente en Él. Quiero que lleve hoy mi barca. Eso es creer. Creer es abandonarse en sus manos. Amar. Entregarnos. Creer es querer caminar con Él. Aunque no sepa dónde me lleva, confiando en que será el mejor puerto.

Dios siempre me sorprende. Una vez leí que la fe es la certeza temblorosa del amor. Amamos a Dios y sobre todo, nos dejamos amar por Él, alcanzar por Él. El Papa Francisco nos dice que nuestra misión es “vivir de tal manera que otros tengan ganas de vivir como nosotros”.

Esto sólo es posible amando de verdad. Anunciando a un Dios Trino que se hace historia en mi historia. Anunciando su amor sin comprenderlo y su fidelidad sin entenderla. El misterio de su amor enciende el alma y me permite seguir caminando y acariciando sus huellas en la playa.