Análisis

¡OH VIEJA Y GUAPA LA PAZ!

No es extraño que las personas como yo, las que llegamos felices a vivir nuestros días de una vejez prematura dediquemos alguna vez a recordar viejos amores, como lo hago en estas vísperas del 20 de octubre, día  en el que evocamos la fundación de la Ciudad de La Paz.

Es que tengo viejos amores con esta ciudad a la que en mis años juveniles llamé Pacecita, como solían llamarse algunas viejas cochalas de mi tiempo, o tal vez antes porque las actuales utilizan apelativos más modernos como Hillary habiendo sido bautizadas con el nombre de Hilaria, transformándose otras en Leo renegando de su nombre original que era Leocadia.

Yo tenía 20 años cuando me enamoré de Pacecita un amanecer, cuando vi a mi ciudad despertando y con la cara sin lavar mientras yo estrenaba mi traje de hombre mayor que me permitió juntar la noche con el nuevo día.

Fue entonces cuando por vez primera puse los ojos en Pacecita caminando por Churubamba donde –según dicen algunos historiadores– nació Pacecita, hija de un español conquistador o de un conquistador español, que es lo mismo, enamorado de una virgen del Sol emparentada con el Cacique Quirquincha, el primer hotelero de La Paz, quien después tuvo un Tambo de Cinco Estrellas.

De pronto apareció bebiendo un vaso de Api Caliente y una llaucha recién salida del horno con un queso que al derretirse chorreaba mis dedos. Avergonzado miré a mi alrededor y una morenita de dulce mirar me dijo: “soy Pacecita, a quien esta mañana despertaste con un beso cuando me contemplabas desde el Mirador de Killi-Killi”.

Mi alma enamorada de Pacecita se lanzó por la vida en pos de conocer su historia pues quería conocer la historia de su vida preguntando a los libros y conversando con hombres sabios para pedirles que me contaran todo lo que sabían acerca de Pacecita hasta que uno me contó que el padre de Pacecita, el español conquistador, ese que tenía el grado de Capitán, Alonso de Mendoza, la había abandonado y nadie supo jamás de su paradero. ¿Infortunada Pacecita? No, porque a Pacecita nunca le faltaron hombres que la amaran, yo entre ellos, este periodista mestizo que comenzó a amarla cuando cumplía 20 años y que hoy sigue proclamando su amor por Pacecita, hoy transformada en una gran ciudad con parques y avenidas  proyectadas por mestizos paceños porque ella sigue viviendo y cada día se hace más bella gracias a la cultura mestiza.

Es por ello, Pacecita, que en este 20 de Octubre he preferido hablarte de mi viejo amor por ti que nunca disminuyó a pesar de mi incontrolable coquetería que a veces me lleva a suspirar por otros amores un poco más tibios. No te explico más porque tú me conoces y porque me pagaste con honores que nunca merecí. Hasta siempre Pacecita.