Homilía para el XII domingo del tiempo ordinario. Ciclo A.
21 de junio de 2026
Una vez visité a una persona anciana en el hospital, además de su enfermedad, tenía miedo y estaba angustiada porque se sentía culpable por no haber asistido a la misa el domingo. Nadie le había explicado que, por su situación de enfermedad o fragilidad, estaba dispensada de asistir a misa y que, en esas circunstancias, no necesariamente era un pecado grave.
Cuando algo va mal en nuestras vidas y pensamos que esto es un castigo de Dios, entonces, estamos en la misma situación y necesitamos que alguien nos diga “no tengas miedo”.
Jesús, en este pasaje del Evangelio, por tres veces nos dice: “no tengan miedo”.
El miedo es una emoción que forma parte de la existencia humana. Nadie puede decir, yo no tengo miedo. Hay miedos existenciales. Por ejemplo el miedo a la muerte, al sufrimiento, al rechazo o a perder a un ser amado.
Este Evangelio nos recuerda que Dios nos acepta con nuestros miedos y valentías, es decir, con nuestras virtudes y defectos.
En la Iglesia, hablar de miedo, es hablar del Pecado Original, porque Dios no nos quiere con miedo, pero todos tenemos esa fragilidad humana que nos lleva a pecar, y por lo tanto a alejarnos de Dios.
Antiguamente, la religión era utilizada para sembrar el miedo y ante el mínimo error se nos decía: ¡te irás al infierno!, y entonces “nos portábamos bien” por miedo y no por amor a Dios.
Desde la fe el único miedo aceptable es alejarnos de Dios y de excluirnos de su presencia para siempre. Esa es la interpretación de la frase: “temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna””
Es interesante, ese miedo es uno de los siete dones del Espíritu Santo, y se llama Temor de Dios. No es un miedo servil, o tener terror al castigo de Dios, sino que es la conciencia de que Dios es tan grande, tan misericordioso y bueno con el ser humano, que “temo” dañar mi relación con él y, por eso me alejo del pecado.
En realidad, este evangelio es una invitación a ser testigos del evangelio, Jesús nos pide que anunciemos en voz alta desde los techos aquello que nos ha enseñado en la intimidad.
Ante esa invitación a transformarnos en testigos del resucitado, tal vez tenemos miedo pero Jesús nos recuerda que no nos deja solos. A pesar de nuestras limitaciones, a pesar del dolor y del sufrimiento, el Señor nos dice “no tengas miedo, tú vales más que los gorriones que vuelan por el cielo”.
Cada uno es diferente y tiene su propia historia, y desde esa unicidad estamos llamados a responder a esa invitación de Jesús para vivir nuestra fe con honestidad.
Que Dios nos ayude a procesar esta enseñanza. Dios no quiere que le tengamos terror.
Termino con las palabras que Juan Pablo II pronunció cuando inició su pontificado en 1978. Sus palabras fueron memorables y hoy suenan casi como una oración[1]:
¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!
¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a toda la humanidad!
¡No tengáis miedo! ¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo!
A su potestad salvadora abrid las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y también los políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo sabe “lo que hay dentro del hombre”. ¡Solo Él lo sabe!
POR ARIEL BERAMENDI
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[1] Juan Pablo II, homilía para el inicio del pontificado, Domingo, 22 de octubre de 1978


