Santa Cruz

“No separar la Eucaristía de la vida personal ni de la Caridad con los que más sufren”, alentó el arzobispo de Santa Cruz Mons. Sergio Gualberti

“Hemos venido, esta tarde, para recibir en nuestro corazón a Jesús que se nos da como pan, esa forma tan humilde y cotidiana pero al mismo tiempo tan sublime, para convertirnos de verdad en lo que comemos” Dijo el prelado a tiempo de agradecer la presencia masiva del pueblo Católico en al celebración de Corpus Cristhi.

El prelado exhortó a no separa la Eucaristía de la vida ni de la Caridad con los que más sufren:

“No puede ser auténtica la Santa Misa si en ella no entra la vida, y especialmente si en ella no está presente el otro, el pobre, el anciano solo, el niño abandonado, el que sufre por la opresión y la injusticia, y el marginado por la sociedad de consumo (…) Pero, de la misma manera, la caridad no puede estar separada de la Eucaristía, porque su fundamento es el amor de Dios, que es “Caridad” y autor de la caridad”.

Monseñor Sergio pidió que no encerremos a Cristo ya que Él “se deja partir y despedazar para la vida del mundo. Él se nos ofrece como pan no para que lo guardemos egoísticamente, sino que lo compartamos como el pan de la caridad, el pan del amor, la misericordia, el perdón, la solidaridad y la justicia”.

“Los cristianos y la Iglesia somos creíbles, si damos testimonio de la caridad vivida y concreta, y si nos ofrecemos a nosotros mismos como don y no nos limitamos a “hacer caridad”.

“Esto tiene consecuencias en la vida de nuestra vida de cristianos y de Iglesia de Santa Cruz, en nuestras parroquias y comunidades, que están llamadas a ser espacios capaces de engendrar el amor, de introducirnos en la experiencia del amor de Dios y de los hermanos, de ser “escuelas de Caridad”.

En ese sentido, hizo un llamado concreto a todas las comunidades parroquiales a convertirse en escuelas de caridad:

“Por eso pido a todos ustedes y en particular a los queridos sacerdotes, que acojan con beneplácito y apertura esta invitación, para convertir nuestras parroquias y diócesis en las comunidades de aquellos que aceptan que la Eucaristía oriente y proporcione dinamismo a la vida personal y comunitaria, a los proyectos de ayuda social y al compromiso por una sociedad justa, fraterna y reconciliada”.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Homilía en audio gentileza de Radio Betania :

HOMILÍA COMPLETA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

CORPUS CRISTHI 2015

Queridos hermanos y hermanas,

Bienvenidos esta tarde en la celebración de la solemnidad de Corpus Christi, en la que el Señor nos llama a expresar con alegría nuestra fe en su presencia real en medio de nosotros, iluminados por el lema: “Eucaristía: unidos por el pan de la caridad”.

También este año estamos muy numerosos acá en el estadio Tahuichi Aguilera, seguramente ustedes han venido porque les gusta estar entre tantos hermanos juntos y también porque les cautiva la celebración muy hermosa y sugestiva: la coreografía, el altar, el coro, los cantos, la procesión final y la bendición con el santísimo Sacramento en el atrio de la Catedral. Seguramente hemos venido también para pedir al Señor pan, trabajo, salud, paz en los hogares y en nuestro país.

EUCARISTÍA

Pero, sinceramente creo que ustedes están aquí esta tarde por una motivación más profunda, ustedes han venido porque quieren a Jesucristo, quieren estar más cerca de Él, unirse más estrechamente a él que, en la mesa del altar, se hace pan de vida y bebida de salvación. Están aquí para saciar su sed y hambre de Dios, sed de autenticidad, de verdad, de amor y de felicidad verdadera.

Cuando nos acercamos a la comunión, comemos verdaderamente el cuerpo de Cristo que es nuestra vida. Vivimos “por” Él, y vivimos también “en vista de” Él y para Él a fin de que se haga realidad el Reino de Dios que Él ha venido a instaurar. Como Jesús vive del Padre y para el Padre, así, al comulgar con su cuerpo y sangre, vivimos de Jesús y para Jesús; esta es la única manera para estar con Él, entrar en comunión con Él y ser buenos cristianos y gente de bien.

UNIDOS

Al verlos aquí todos Uds., unidos alrededor del altar, uno comprende que ustedes quieren acercarse a Jesús no en forma individual, sino como una sola gran familia, como la comunidad de los que creen en el Señor. Una comunidad reunida por Él, porque hay una sola comunión y todos comulgamos del mismo Cristo que nos hace miembros de su único cuerpo, la Iglesia, de la que él es la piedra angular. Es Jesucristo que nos une en el único pueblo de Dios, no nuestros sentimientos, ni nuestra amistad, ni el idioma común, ni las tradiciones y culturas, aunque son cosas buenas que nos ayudan a construir lazos de unidad.

Hemos venido, esta tarde, para recibir en nuestro corazón a Jesús que se nos da como pan, esa forma tan humilde y cotidiana pero al mismo tiempo tan sublime, para convertirnos de verdad en lo que comemos. San León Magno al respecto tiene unas hermosas palabras: “Nuestra participación en el cuerpo y sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en aquello que comemos”.

PAN DE LA CARIDAD

“La Eucaristía es el sacramento de la caridad. Es como su figura y su fuente”, nos dice Santo Tomás de Aquino. Caridad no limosna, es decir el más alto grado del amor, como participación del mismo amor de Dios, por lo tanto Eucaristía es un don gratuito de Dios. No podemos entender la Eucaristía sin comprender que significa “amor”. Por eso el pan de la unidad, no es un pan que se lo puede guardar para sí mismos, tiene que transformarse en pan de la caridad, tiene que “compartirse con otros, partir juntos”.

Formar el único cuerpo de Cristo no es estar encerrados entre unos privilegiados como en un círculo de amigos, sino ser parte de un pueblo acogedor y abierto a todos.

Es el Espíritu Santo que, que es amor, que nos anima e impulsa a salir al encuentro del otro, a darle campo, a emprender el camino del “no tener para sí mismos”, y ponernos a disposición de los demás, al igual que Cristo se deja partir y despedazar para la vida del mundo. Él se nos ofrece como pan no para que lo guardemos egoístamente, sino que lo compartamos como el pan de la caridad, el pan del amor, la misericordia, el perdón, la solidaridad y la justicia.

Por eso la participación a la Santa Misa tiene que hacernos capaces, junto a Cristo y por Cristo, de dejarnos partir por todos y para todos los que lo necesitan, porque única es la mesa de la Eucaristía y la mesa de “la caridad”. Estas dos mesas son esenciales en la vida del cristiano y de la comunidad eclesial, y no pueden separarse, porque la Eucaristía es al mismo tiempo relación de amor y comunión con Cristo y con el próximo, por quien Cristo entregó su vida.

No puede ser auténtica la Santa Misa si en ella no entra la vida, y especialmente si en ella no está presente el otro, el pobre, el anciano solo, el niño abandonado, el que sufre por la opresión y la injusticia, y el marginado por la sociedad de consumo.

Pero, de la misma manera, la caridad no puede estar separada de la Eucaristía, porque su fundamento es el amor de Dios, que es “Caridad” y autor de la caridad.

Sin esta relación estrecha con la Eucaristía la caridad se vuelve una organización de obras asistenciales. A este amor se refería Jesús cuando, en la última cena, dio a sus discípulos el mandamiento nuevo: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. Jesús nos manda amarnos con el mismo amor que él nos ha amado, nos pide una entrega incondicional y gratuita al prójimo, sin esperar nada a cambio.

Podemos ahora entender que “la caridad” no puede limitarse al momento de la celebración de la misa, sino que tiene que permear todos los ámbitos de nuestra vida personal, comunitaria y social. Los cristianos y la Iglesia somos creíbles, si damos testimonio de la caridad vivida y concreta, y si nos ofrecemos a nosotros mismos como don y no nos limitamos a “hacer caridad”.

Esto tiene consecuencias en la vida de nuestra vida de cristianos y de Iglesia de Santa Cruz, en nuestras parroquias y comunidades, que están llamadas a ser espacios capaces de engendrar el amor, de introducirnos en la experiencia del amor de Dios y de los hermanos, de ser “escuelas de Caridad”.

Desde un buen tiempo se viene insistiendo que en todas las Parroquias se constituya la Caritas Parroquial, para que se vayan formando en todos los cristianos “un « corazón que ve…dónde se necesita amor y actúa en consecuencia». Un verdadero cristiano “es consciente de que el amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos y que nos impulsa a amar” (Papa emérito Benedicto XVI Deus Caritas Est 31 b-c).

Por eso pido a todos ustedes y en particular a los queridos sacerdotes, que acojan con beneplácito y apertura esta invitación, para convertir nuestras parroquias y diócesis en las comunidades de aquellos que aceptan que la Eucaristía oriente y proporcione dinamismo a la vida personal y comunitaria, a los proyectos de ayuda social y al compromiso por una sociedad justa, fraterna y reconciliada.

Esta tarde, al elevar nuestra sincera acción de gracias al Señor por el don inconmensurable de la Eucaristía, le pedimos sinceramente:

– que transforme nuestra vida y la de nuestra Iglesia en “pan de la unidad y la caridad”,

– que abra nuestro corazón para acogerlo con fe y ardor en la persona del Papa Francisco que en un mes estará en medio de nosotros, para que con él podamos testimoniar y “anunciar la alegría del Evangelio”.

– Que también nos preparemos con gozo y gratitud el Vº Congreso Eucarístico Nacional el próximo mes de septiembre en Tarija, para ser con Cristo, “Pan Partido para la vida del mundo”.

Es un compromiso arduo que nos puede acobardar, pero confiamos en el dinamismo y fortaleza que irradia la Eucaristía, para que podamos responder con generosidad y gratitud a ese gran regalo que el Señor nos ha dado. Hagamos nuestras las palabras del salmo 115 que hemos cantado: “¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo? Alzaré la copa de la salvación e invocaré el Nombre del Señor”. Amén