Homilía para el domingo 10 de junio de 2024 – 9º domingo del tiempo ordinario – Año B
Ya desde la primera lectura se nos indica que el ser humano vive en una constante lucha entre el bien y el mal.
El Génesis nos recuerda que el mal puede presentarse como un supuesto bien; en otras palabras, el maligno puede aparecer de manera seductiva y atrayente. Por esto, el diablo es conocido como el padre de la mentira.
En la vida cotidiana también encontramos situaciones similares: aquello que parece bueno, en realidad es malo, pero ante Dios no hay un camino intermedio, pues existe el camino hacia la vida y otro hacia la muerte.
En el Evangelio de este domingo, las autoridades envidiosas de la buena fama de Jesús, sin ningún fundamento, lo acusan de pertenecer y actuar en nombre del diablo. Jesús es acusado de ser ambiguo.
Estos escribas juzgan aquello que no entienden; condenan a una persona que no es igual a ellos, o que no pertenece a su comunidad, y que simplemente no actúa según sus costumbres. Sin saberlo, están cometiendo el pecado más grande, que es cerrarse a la misericordia del Señor. Estos maestros de la ley han cerrado su corazón a la novedad de las enseñanzas de Jesús, quien explica que Satanás no promueve el bien y a veces esconde el mal con una apariencia de bien.
La palabra de Dios este domingo nos alerta porque estamos rodeados de situaciones ambiguas, y lo más terrible es que esto también sucede dentro de la Iglesia. Por ejemplo, cuando una persona o un grupo, movidos por el Espíritu Santo, comienzan un movimiento o un proyecto, no siempre tienen el camino fácil porque a menudo hay alguien que se cree más dueño de la verdad.
Reflexionando sobre este Evangelio, podemos extraer una enseñanza importante: Dios nos podrá ayudar solo si deseamos salir o liberarnos del pecado. Por ejemplo, cuando hay un vicio en nuestras vidas, el primer paso es la voluntad de romper esas cadenas y tomar conciencia de la situación. El primer paso es dejar de mentirnos a nosotros mismos, pues somos capaces de justificar todo. Un vicio no se supera de la noche a la mañana. De la misma manera, Dios espera esa respuesta, espera ese “nuestro permiso”, que es el momento en que nos damos cuenta de que el mal nos esclaviza y nos va matando poco a poco.
Desgraciadamente, a veces preferimos estar en la esclavitud porque la dependencia ofrece una falsa seguridad. Tenemos miedo a la libertad, que nos puede poner en una condición de inseguridad, porque tenemos que tomar nuestras propias decisiones y asumir las consecuencias. Es más fácil que otras personas u otras instituciones decidan por nosotros.
Pero el Señor no es ambiguo.
Jesús nos enseña con claridad que pecar contra el Espíritu Santo es una de las ofensas más grandes a Dios, y esto significa que cuando dudamos de su misericordia también estamos dudando del poder del Espíritu Santo.
Mientras más cerca de Él estemos, se nos pide más coherencia y claridad en nuestra forma de vivir, sin caer en el escrúpulo, así que no pongamos a Cristo dentro de nuestra lógica ambigua. Él nos quiere redimidos y libres de cualquier dependencia espiritual.
Hace 10 años, el Papa Francisco nos enseñó algo importante cuando dijo:
“Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse“.
Finalmente, cuando pensamos en esa tensión entre el bien y el mal, también entenderemos que la Virgen María se transforma en discípula de Jesús, cuando le dicen: “Tu madre y tus hermanos te buscan” y Jesús responde: “Los que cumplen la voluntad de mi Padre son mis hermanos, mi madre y mi padre”.
Así, este domingo estamos llamados a cumplir la voluntad de nuestro Señor, que no es ambiguo y nos quiere libres.
Pidamos al Señor que rompa cualquier cadena psicológica o espiritual que tengamos. Pidamos al Señor dejar de ser ambiguos y acercarnos cada vez más a sus enseñanzas. Amén
Por Ariel Beramendi.


