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Nazaria Ignacia: Una santa que quiso quedarse en Oruro

Me viene al recuerdo aquel día martes, 14 de septiembre de 1993. Un año antes, San Juan Pablo II, beatificaba a la Sierva de Dios, Nazaria Ignacia March. Por razones que desconozco, el “reconocimiento canónico” de sus restos, recién se hacía ese día.

Aquel día, inició la jornada a las siete de la mañana; estaba el Gobierno General de las Hermanas Misioneras Cruzadas de la Iglesia, su Gobierno Provincial, la Comunidad de Oruro, la Comunidad de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y algunos invitados allegados a la Congregación, Estaba también, Mons. Braulio Sáez García, entonces Obispo de Oruro, el P. Alfonso Massignani OSM, Vicario General de la Diócesis y el P. Germán Valda, Notario Eclesiástico.

Terminada la Eucaristía, tras un desayuno compartido, quedaron solamente las Hermanas Misioneras Cruzadas, el Obispo, Vicario, Notario y laicos que se encargarían de extraer el ataúd con los restos de la M. Nazaria.

Se dio inicio al Reconocimiento canónico. Mons. Braulio, tomó juramento a todos ellos y a distintos testigos: quienes acompañaron en los últimos momentos de la M. Nazaria aquel 6 de julio de 1943 en Buenos Aires, y su entierro en el Cementerio de la Chacarita, Buenos Aires-Argentina; estaban también las que estuvieron aquel 18 de junio de 1972 en la repatriación de los restos de la Sierva de Dios a Oruro, (su deseo fue quedarse en Oruro, la tierra que tanto amó, a Bolivia por la que siempre quiso ofrendar su vida), así como los científicos encargados del examen (Dr. José Rolando Costa Ardúz y el Dr. Saldaña).

Ya a media mañana, se procedió a la apertura de la cripta, sacar el ataúd. Lo primero que observamos, fue el estado de conservación, pues en los cincuenta años que habían transcurrido desde el fallecimiento hasta aquel día, conservaba el brillo del barniz (solo algunas manchas blanquecinas ocasionadas por la humedad y el salitre).

Ponciano Mamani y su hermano procedieron luego a quitar la soldadura con la que fue sellada la caja de plomo que venía dentro.

Se observaba la atenta mirada de los presentes de lo que podría aparecer tras la apertura. Las Hermanas habían previsto un par de urnas pequeñas y un ataúd nuevo (desde luego, éste último ya innecesario al constatarse el perfecto estado de conservación). Las otras ante dos posibilidades: que los 50 años transcurridos, pudieran haber desintegrado a la mayor parte de su cuerpo o encontrar solamente osamentas. La M. Nazaria había estado enferma durante mucho tiempo y tanto los medicamentos administrados, como la humedad propia de la capital bonaerense, pudieron afectar en la conservación del cuerpo.

Y la chapa que cubría el cuerpo finalmente fue abierto. Allí pudimos ver a Santa Nazaria con el cuerpo intacto. Las manos cruzadas en el pecho sosteniendo un Rosario y una hoja de palma. El rostro tenía la boca abierta (una de las Hermanas apareció con una fotografía tomada en el momento de su fallecimiento –la misma expresión).

Los científicos iniciaron el reconocimiento. Uno de ellos rasgó el hábito para continuar con el examen y, tras las observaciones concluyeron: “El cuerpo, está intacto; sabemos del significado de ello; por ello mismo recomendamos que no se lo toque y se lo vuelva a colocar en el mismo lugar”.

A todo esto, ya había pasado el medio día y se tuvo que hacer un intermedio para el almuerzo.

La siguiente parte de la jornada, el Notario Eclesiástico procedió a elaborar el Acta del Reconocimiento Canónico, para luego ser leída, firmada por los testigos, puesta en un cilindro que se lacró y puso el sello con el anillo del Obispo (esposa), depositarlo junto al cuerpo de Santa Nazaria, volver a sellar la caja metálica y luego el ataúd; introducirlo en la cripta y volver a poner las piezas de cerámica con la que está revestida.

Han pasado 27 años desde aquel histórico momento del que –como regalo de Dios y de Santa Nazaria- me fue dada la gracia de ser testigo. Ella me inspira en el amor a Dios y en Él, a los pobres. Ella decía: “entendí bien el mensaje: los pobres eran la herencia que Dios me daba; de ellos lo recibiría todo, en el cielo y en la tierra”.

Y también la de iniciar su “gran cruzada de amor en torno a la Iglesia, al lado del Papa y los Obispos”; junto a nuestros párrocos, obispos y el sucesor de Pedro.