“Tomo la pluma después que el holocausto se ha terminado, y contemplo tranquila el montón de cenizas, y percibo sólo ya el humo y el olor del sacrificio, desde la humilde y pobrísima celda que ocupo en el Beaterio de las Nazarenas…” (1)
Así comienza el relato de Sor Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús March de su salida del Convento de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados hacen cien años atrás. El convento, que desde hacen 14 años atrás hasta el 1925 lo tenían en la calle Junín (Hospital San Juan de Dios), siendo además usufructuarias del templo del mismo nombre (Decreto de Mons. Antezana de 21 de enero de 1926). Cfr. Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Oruro, Abril de 1926
Eran las cinco de la tarde de aquel 16 de junio de 1925. Llegó Mons. Abel Isidoro Antezana que el 15 de marzo de aquel año fue consagrado junto a cuatro nuevos Obispos y había tomado posesión como el Primer Obispo de la Diócesis el 21 de ese mes, junto a otras autoridades de la Diócesis. Se reunió con Sor Luisa del Carmen Rufo, Superiora de las Hermanitas.
La M. Nazaria Ignacia relata aquel encuentro: “…Eran ya las cinco de la tarde, en el recibidor estaba el Ilustrísimo Monseñor Antezana, a su lado el Padre Superior de los Misioneros, Vicario Padre Ignacio Duña, a su izquierda, el Padre Superior de los Franciscanos, el P. Félix Sola, que no sé qué cargo tiene en la Curia, a su lado el Padre Argandoña… alrededor, todas las Hermanitas. Yo estaba sentada al lado de la pobre Madre Luisa… Monseñor les habló para tranquilizarlas, les leyó los documentos(2): el velo se descorrió para todas ¡qué confusión la mía!… No, no puedo recordar tan conmovedora escena. ¡¡Cuánto sufrimos todos!! Yo me arrodillé a los pies de la Madre, ella no quería saliera, dijo que mi salud era delicadísima, que estaba grave, que tenían que operarme y todo era cierto: yo estaba muy mal. Por fin accedió, me bendijo… nos abrazamos… Una por una, a todas pedí perdón y las abracé… Dios mío, mi pulso tiembla, las lágrimas nublan mis ojos…” (3)
A cien años de distancia de aquella reunión, me imagino la escena: En esta temporada, el frío que precede al invierno altiplánico empieza a arreciar y la luz diurna empieza a menguar. Seguramente, terminada la reunión, ya de noche, Sor Nazaria emprendería su camino hacia el Beaterio de las Nazarenas, hacia la humilde celda que ella ocuparía.
Una hermana, sobrina de Mons. Abel Antezana que tomaría los hábitos de la Cruzada Pontificia, me contó que esa noche, por encargo de su tío, llevó una cena para Sor Nazaria; que la encontró llorando (no era para menos; había dejado a su familia con la que había compartido el amor a los ancianitos en Oruro desde 1912, año en que ellas llegaron para fundar una comunidad).
Ella describía: “¿Qué pasó por mi corazón? Solo Dios lo sabe; jamás me costó un sacrificio lo que éste, las amaba tanto… ¡Cuánto me costó arrancarme de entre ellas!, sólo en el día del juicio se sabrá… Sé que ni lo sospechan… Tú lo sabes todo, Jesús, y déjame, ahora que no tengo a nadie sino a ti, solo para mitigar mi dolor, recordarte esa historia que sólo tú y yo y… sabemos…” (4)
Serían como las siete de la noche; el rudo frío altiplánico mostró a una religiosa caminando hasta el Beaterio de las Nazarenas; una pequeña comitiva la acompañaba hasta instalarse en aquella lúgubre habitación apenas iluminada. Con las lágrimas congeladas por el frío que empezaba a anunciar el invierno escribió…
Como a las nueve de la noche, recibió la visita de una sobrina de Mons. Antezana que le traía la cena. Ella me contó que la vio llorando (desde luego; el año 1912 llegó como novicia junto a otras hermanitas a fundar comunidad en Oruro), y tenía que romper esos vínculos para “formar un ejército de almas que luchasen para extender el Reinado de Cristo, al lado del Papa y los Obispos; claro que las primeras armadas, serían las mujeres…”.
Tenía grandes proyectos: Evangelizar, devolver a los pobres la dignidad de Hijos de Dios; bajar a la calle y trabajar “por la Iglesia, por el Reino y los pobres: ¡ADELANTE, SIEMPRE ADELANTE!.
En ellos, los pobres, vio la herencia que Dios le daba; en ellos lo recibiría todo, en la tierra y en el cielo. Por ellos, en tiempos de crisis, creó la “olla del pobre”.
Pero también sintió la necesidad de mitigar su dolor cuando, arrastrados por conflictos bélicos con Paraguay, curó sus heridas y los apoyó con los acompañó en los cuarteles y hospitales.
A las mujeres, las capacitó y las agrupó en la “Liga de Obreras”; las mantuvo informadas con el boletín “El adalid de Cristo Rey”.
Animada por la Encíclica del Papa Pío XI, trabajó por el “Reinado Social de Cristo.
Hoy, la “Cruzada de amor en torno a la Iglesia” trascendió desde Oruro en 1925, hacia los cinco continentes, y su fundadora el 14 de octubre de 2018 fue puesta en los Altares como figura modélica al ser canonizada por el Papa Francisco, de una obra nacida en Oruro (Uru Uru: de donde nace la luz).
NOTAS:
(1), (3) y (4): Diario de Madre Nazaria Ignacia March, Tomo II, Nos. 45, 46 y 47
(2) Decreto de Mons. Abel I. Antezana, Obispo de Oruro para la salida de Sor Nazaria Ignacia March:
Nos. Abel Isidoro Antezana y Rojas, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Oruro.
CONSIDERANDO: que es necesario reemplazar a la actual Superiora del Beaterio de Nazarenas doña Angélica Mangudo, por haber terminado su periodo y por su insistente renuncia:
Que es muy urgente poner mano en la reforma del Establecimiento, a fin de que sea más útil a la sociedad y a la Iglesia, conforme a la voluntad de Dios;
I que tenemos a la vista la licencia temporal de la Nunciatura, para que la Hermana Nazaria de Santa Teresa de Jesús del Asilo de Ancianos Desamparados, pueda morar en el mencionado Beaterio, con el fin de reformarlo, hemos resuelto decretar y:
DECRETAMOS: la salida de la expresada Hermana de su Comunidad y su traslado al Beaterio de esta ciudad, en calidad de Superiora, Que sea reconocida por tal, de parte de la Superiora cesante, de todo el personal, haciéndosele la entrega inventariada de los enseres de la Iglesia y de la Casa, que hubieren.
Dado, firmado de nuestra mano, sellado con el mayor de nuestro despacho, refrendado por nuestro Secretario de Cámara y Gobierno, en Oruro, a los quince días del mes de Junio del año Mil novecientos veinticinco.
ABEL I. Obispo
P.O. de SS. Iltma.
ROBERTO ZAMORANO
Canciller


