Análisis

Monseñor Roberto Flock: Santuario Mariano de Chochis, “Madre de la tierra nueva, gracias por tu Salvación”

Santuario Mariano de Chochis 2019 – Misa de Vísperas
“Madre de la tierra nueva, gracias por tu Salvación”

Queridos jóvenes y hermanos en Cristo.

Bienvenidos a nuestro Santuario de la Virgen María, hermoso lugar que fue escenario de un drama apocalíptico hace 40 años que provocó las suplicas dirigidas a la Virgen María, y su milagrosa intervención para salvar al pueblo de Chochis y a los pasajeros en tren. Pensando en este hecho y en el Sínodo Pan Amazónico convocado por el Papa Francisco, hemos elegido como lema: “Madre de la Tierra Nueva: Gracias por tu Salvación”.

Lo que sucede hoy con la acelerada deforestación y explotación de la Amazonía es comparable a los eventos aquí en aquel entonces, porque vivimos un verdadero cataclismo que amenaza la vida de los pueblos amazónicos y del mismo planeta. Pero esta vez no se trata de un sorprendente reventón volcánico, sino de una progresiva destrucción del medio ambiente por el mismo hombre, con la quema de la selva, la contaminación de las aguas, la extinción de la flora y fauna, y la expulsión de pueblos originarios. Al gran problema del calentamiento global, se suma la destrucción de la Amazonía, pulmón del mundo y mayor fuente del agua que sostiene la vida. Nosotros mismos estamos creando desastre.

En Bolivia nos gusta hablar de la Pachamama, la Madre Tierra. De hecho, hay antecedentes bíblicos para este concepto, ya que, en el Génesis, para crear a los seres vivos, Dios no lo hace de la misma manera que la luz, diciendo: “que haya luz”, que aparece de la nada. Más bien dice: “Qué la tierra produzca plantas”, y “Que la tierra produzca toda clase de seres vivientes”.

Cuando el Génesis se refiere al Jardín de Edén, no debemos pensarlo como un lugar aislado; es más bien el planeta mismo en su estado original antes de ser modificado por el ser humano, antes que existiera el pecado, que afecta no solamente nuestra relación con Dios, y entre nosotros, sino también con la misma naturaleza. Porque el hombre no se contenta con cultivar la tierra. Lamentablemente la abusa de muchas formas. Son cada vez menos los lugares con selva virgen, y hasta los océanos están llenos de plástico. Todo el ecosistema del planeta está en desequilibrio. Nosotros sufrimos por eso las exageradas sequias, con cada vez peores incendios. Entonces podemos preguntar: ¿Cómo está el Jardín? ¿Cómo está la Pachamama?

Nos damos cuenta que ha sufrido y sigue sufriendo una especie de violación grupal, incluso perpetrada por aquellos que proclaman su amor por ella. Pues, en Bolivia, hay un discurso sobre los derechos de la Madre Tierra. Pero la práctica lo contradice: Se va colonizando el TIPNIS para la coca. Se inunde el Parque Madidis con una gran represa hidroeléctrica. Se permite la contaminación de los ríos con mercurio para sacar oro. Hay más de mil asentamientos de colonos en la Chiquitanía concedidos por el INRA, con proyectos subvencionados del gobierno nacional para convertir la selva en monocultivos de soya y biocombustibles. Pero no hay proyectos para ayudar a los municipios reciclar la basura y sanear el agua servida.

Y ¿Cómo reacciona la Pachamama a estos ultrajes? ¿Acaso el calentamiento global con los desastres de la naturaleza no es la Pachamama reclamando justicia? ¿Acaso no expresa su humillación con la enfermedad de sus aguas, la esterilidad de sus tierras y la extinción de sus criaturas más finas y bellas? ¿Quién escucha sus gritos? ¿Quién le consuela en sus lamentos? ¿Puede superar este cáncer que padece? ¿Puede volver a florecer como jardín? Y nosotros, expulsados del Jardín, elevamos también nuestra voz para suplicar la misericordia divina en bien de la tierra sufrida, que nosotros mismos hemos herido. ¿Cómo responde Dios?

Una Virgen, sin pecado concebida, concibe en su seno, por obra y gracia del Espíritu Santo, al Salvador, al Hijo de Dios hecho hombre, el nuevo Adán. Jesús, proclama e instaura el Reino de Dios. Su vida terrenal en este valle de lágrimas no es más que un instante en el contexto de los milenios de la historia humana y planetaria, y termina crucificado en un jardín, que ya no es Edén, sino Gólgota. Pero sucede algo inaudito y casi inconcebible. Resucita glorioso. Y la Virgen Madre no muere como cualquier, sino que es llevada al cielo, cuerpo y alma, con su hijo Jesús. “La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria?”

Es ella ahora quien escucha nuestros gritos, como también los reclamos de la madre tierra. Aunque goza del cielo, no abandona a la tierra. Siendo ella mismo Cielo Nuevo, asume la tarea de ser Madre de una Tierra Nueva. Pero como Madre, no se limita a responder a sus hijos cuando lloran necesitando su atención; también cría y educa a sus hijos para que puedan florecer en la Tierra Nueva. Lo primero que nos enseña es de obedecer a su hijo Jesús, como dijo en las Bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga”. Y cuando una mujer exclamó: “¡Feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!”, Jesús precisa: “Felices más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la practican.”, como, de hecho, hizo María en toda su vida.

La pérdida del Jardín de Edén fue ocasionada por Adán y Eva al desobedecer la Palabra de Dios. La sordera espiritual lleva a la repetida y sistemática violación de la Madre Tierra. Por consiguiente, cualquier camino para su sanación requiere volver a la escucha de la Palabra de Dios. La Tierra Nueva, de la que es Madre la Santísima Virgen María, es un lugar donde la humanidad, arrepentida de sus pecados, sepa cultivar el Jardín, en sintonía con la Palabra Encarnada, en vez de convertirlo en un basural planetario, que ya no soporta la vida.

Cuando revisamos las parábolas y enseñanzas de Jesús, a primera vista, el tema ecológico no parece muy central. Sin embargo, está implicado en las bienaventuranzas, porque son los humildes que heredarán la tierra; está en las parábolas de la viña y de la semilla, especialmente aquel grano de mostaza que se convierte en un sencillo arbusto en medio del jardín donde los pajaritos pueden anidar en su sombra. Está en la comparación de sí mismo a un grano de trigo que cae en la tierra y muere para luego producir mucho fruto, y en el discurso de la vid y los sarmientos, donde sueña con que nosotros también produzcamos frutos que perduran. Está en pedir al Padre el pan de cada día, y saber dar gracias por ella, antes de entregarse como pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo, y está en su declarada vocación de haber venido para que tengamos vida y vida en abundancia. Está en la sanación de cada enfermo y en la expulsión de cada demonio. Está en vencer las tentaciones y ser liberados del mal. Y está, sobre todo, en el hecho de que Jesús, al padecer en el árbol de la Cruz, resucita como “Árbol de la Vida” que florece en medio del Jardín, para la salud de todo el ecosistema del Reino de Dios.

Jesús, antes de morir, dijo al Discípulo Amado: “Allí está tu madre”, y él la acogió en su casa. Hoy nos toca acoger a nuestra Madre celestial en la casa común, cuidando nuestra partecita, aquí en la Chiquitanía, en la Amazonía y en el Planeta entero. De esta manera, como Cielo Nuevo y Madre de la Tierra Nueva, María Santísima ayudará a sus hijos amados a disfrutar de la sombra que ofrece el Árbol de la Vida, y podremos volver a caminar con el soplo de la suave brisa de la tarde, más astutos que la serpiente, pero alegres e inocentes, en compañía de Dios.

Esperamos cielos nuevos. María eres Cielo Nuevo.
Anhelamos Tierra Nueva; eres Madre de la Tierra Nueva.

“Madre de la tierra nueva, Ama de la Casa Común.
Madre de Jesucristo, gracias por tu Salvación”