Análisis Reflexión Dominical

Monseñor Roberto Flock: ¡Felices Pascuas de Resurrección!

Felices Pascuas de Resurrección

Pascua 2019

Queridas hermanas y queridos hermanos.

¡Felices Pascuas de Resurrección! Felicidades también por ser parte del pueblo de Dios, el pueblo de Cristo Resucitado.

Hace una semana el mundo miró estupefacto mientras ardía la Catedral de Notre Dame en la ciudad de Paris. Posteriormente, a pesar de la intensidad del fuego que hizo que el techo pareciera un volcán, se dio la noticia que la antigua estructura fue preservada, junto con la gran mayoría de sus obras de arte. En Francia y en el mundo, ya se han prometido cerca de mil millones de dólares para su reconstrucción.

Me acuerdo cuando, en mi juventud, un rayo provocó un incendio en la torre de nuestra Iglesia parroquial, una torre construida de madera, con una cruz en la punta. Nuestra casa estaba a un kilómetro y medio de la Iglesia y, a pesar de un cerro entre nosotros y templo, pudimos ver la bola de fuego en la noche, como suspendido en el cielo. Por la altura de la misma, los bomberos, que llegaron rápido, no pudieron alcanzar el fuego con sus mangueras de alta presión. Entonces, los vecinos que llegaron, siendo todos lecheros, utilizando las latas para la leche, de 10 galones (38 litros), llevaron el agua por dentro y lograron apagar el fuego, salvando a la Iglesia. Posteriormente, cuando la torre fue reparada, mi propio padre fabricó la nueva cruz, de acero inoxidable, que corona la torre hasta ahora.

Aquí en San Ignacio de Velasco, sabemos que se perdió el templo jesuítico original. Por un lado, había deterioro en los cimientos provocado por la humedad de las lluvias que bajaban aquí; entiendo que también sufrió un incendio. Plácido Molina Barbery, en 1944, realizó gestiones para salvar el templo deteriorado, pero según su testimonio: “Encontré sólo ecos de laudables deseos”. Al recordar lo sucedido comenta: “Poco o nada podía esperarse de un Estado centralista congénito, impedido por inverteradas ignorancias y empedernidos prejuicios económicos, sociológicos y regionales. Lo pésimo, si bien se ve, era la inexistencia —en San Ignacio, Santa Cruz, La Paz y en todo el país—, de un ambiente propicio al aprecio del pasado y de sus obras, su importancia y proyecciones sobre el futuro. Por eso cuando, años después, jóvenes ignacianos me preguntaron quiénes fueron los culpables de la demolición de la iglesia, repuse convencido: «Todos… Aquí, en el Oriente y en el Occidente, no se supo qué era y cuánto valía lo que estábamos perdiendo».” (Las Misiones Jesuíticas de Chiquitos, P. 229)

Gracias a las fotografías detalladas que él mismo realizó, se pudo en otra época realizar la hermosa reconstrucción que tenemos hoy, que incluye la restauración del retablo original y otras obras antiguas.

Si preguntamos, ¿Quiénes fueron los culpables de la crucifixión de Jesucristo?, se puede explicar la conspiración de los enemigos de Jesús, la traición de Judas y la orden de Poncio Pilato. Pero sabemos que en realidad la respuesta convencida es que todos somos implicados en su muerto. Y que, no solamente en aquel entonces, sino también ahora, no llegamos a comprender a fondo lo sucedió en Jerusalén hace dos mil años. Jesús mismo levantó la oración al Padre celestial: “Padre, Perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Dios Padre, no solamente perdona el pecado del mundo que condenó a su propio Hijo a la muerte en cruz, pecado que está implicado en todas las injusticias, violencias, guerras, genocidios, violaciones, robos, es decir en todas las maldades en este mundo que Él creó; Dios también resucitó a Jesús de la muerte, y en su estado glorioso, liberado por siempre de la muerte, Jesús aparece a sus discípulos, no para echarles en cara su pecado, sino para decirles: “La paz esté con ustedes”.

Desde entonces, proclamamos la Buena Nueva de Cristo Resucitado, y buscamos promover la construcción de un mundo nuevo, cielos nuevos y tierra nueva, y más que todo con hombres nuevos. Nos damos cuenta con el Salmo que: “La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos.

Cuando el Creador del cielo y la tierra vio a la humanidad inmersa en el pecado, sabía lo que se estaba perdiendo. Pues su gran obra de arte, el ser humano creado en su propia imagen y semejanza, se ve envuelto en un fuego infernal que amenaza destruir a todos. No puede quedar como espectador pasivo, frente a la destrucción de su obra maestra. Así “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.” (Jn 3,16-17).

Los templos que construimos, los creyentes, son obra de la ingeniería humana, y muchas veces ellos mismos, como también las obras de arte que contienen, son las mejores expresiones de lo que hay de bueno en el ser humano, amado y redimido por Dios. Además, en ellos nos encontramos con nuestro Señor Jesucristo, renovando en nosotros su vida, su amor y su poder. Por eso, cuando sufren daños, es propicio restaurar, reconstruir y mejorarlos. Pero, al fin de cuentas, son obras pasajeras.

En cambio, la Iglesia como tal, es obra de Dios. Jesucristo resucitado es la Piedra Angular de esta estructura, a la vez su cabeza y nosotros su cuerpo y por eso, a pesar de las tragedias que soportamos, ataques por fuera, escándalos por dentro, no se derrumba, no se vence, no se quema. “Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos.”