Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “Incluso cuando por el pecado nos alejamos de Dios, Él nos busca para que nos reconciliemos”

En la 1ª lectura el profeta Isaías se dirige a la comunidad de los israelitas que desde poco tiempo habían regresado a la patria, después de 50 años de destierro, y que ahora están atravesando por problemas y tensiones de todo tipo.

El profeta hace resonar su palabra de unificación, esperanza y paz y anuncia algo nuevo de parte de Dios: “Su salvación y su justicia” está abierta para todos indistintamente, israelitas y no israelitas. El acceso a la salvación pide la fe en Dios y respetar el derecho y practicar el precepto de la “justicia”, norma universal que vale para toda la humanidad. Los que aceptan esta invitación gozarán de la alegría de ser salvados y ser acogidos como miembros del pueblo elegido, y el templo de Jerusalén será también su Casa de oración: “Esta casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”, ( ) nosotros vemos en este nuevo pueblo a la Iglesia donde todos los pueblos del mundo tienen acceso y donde todos podemos participar.

En la carta a los cristianos de Roma, San Pablo reafirma con fuerza esa verdad: Dios, con su actuación en las múltiples vicisitudes de la historia, ha anunciado y traído la salvación indistintamente a judíos y paganospara tener misericordia de todos”. Hermosa expresión, Dios actúa para poder desplegar su misericordia con todos, porque todos somos sus hijos y a todos nos quiere. Incluso cuando por el pecado nos alejamos de Dios, Él nos busca para que nos reconciliemos. Saber que nuestro Dios, fiel a la alianza, está siempre dispuesto a ofrecernos la salvación nos colma de esperanza y valor,porque sus dones y su llamado son irrevocables”.

En el Evangelio, San Mateo nos dice que esas palabras del profeta Isaías y de San Pablo encuentran su plena realización en Jesús, como nos muestra la liberación del espíritu malo de la hija de la mujer cananea.

Jesús, deja Genesaret y la región de Galilea donde había desempañando una actividad misionera muy intensa, y se retira en un territorio cerca a Tiro y Sidón, tierra de paganos. Allí una mujer pagana, desesperada porque su hija está atormentada por un demonio, va al encuentro de Jesús, sin preocuparse que él es judío y comienza a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mi!”. Ese grito es un signo de que ha vencido el miedo al desconocido, ella solo sabe que él puede solucionar su problema. Lo llama “Señor”, reconociendo el poder de Jesús, y lo invoca con una oración propia de los creyentes cuando se dirigen a Dios: “¡Ten piedad de mi!”. Jesús no contesta, calla, provocando la intervención de los discípulos que le piden que atienda a la mujer, no porque son solidarios con ella sino para que ella deje de perseguirlos y molestar con sus gritos.

Jesús, responde a los discípulos recordando que Él ha sido enviado para traer la salvación a los judíos, el pueblo que gozaba de la prioridad en el plan de salvación de Dios. Pero este argumento contundente, no acobarda a la mujer cananea, el amor hacia su hija y la fe en el Señor hace que siga insistiendo en su pedido: ¡Señor, socórreme!”. Esta vez Jesús, responde con una expresión despectiva, propia del lenguaje común del pueblo judío hacia los paganos: ”No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. Tampoco, esta dura respuesta de Jesús atemoriza a la mujer cananea, que con sagacidad le objeta:”Y sin embargo, Señor, los cachorros comen de las migas que caen de la mesa de sus dueños”.

Jesús, asombrado y sorprendido ante esa respuesta, exclama:” Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”.

Toda la actitud reticente de Jesús, a lo largo del diálogo, apunta a hacer resaltar con fuerza la gran fe de la mujer y el resultado que alcanza: el reconocimiento, sin reserva alguna, de la posibilidad para los paganos de tener acceso a la salvación, como atestiguan sus palabras finales:”Qué se cumpla tu deseo”. Por Jesús, el pan de los hijos, el pan del Reino de Dios, los dones de la gracia y de la vida de Dios son accesibles a todos, y por la fe en Él se rompen todas las barreras raciales, sociales y culturales.  

Es justamente la fe de esa mujer cananea que mueve Jesús a liberar a su hija del espíritu del mal. Es admirable como Jesús pone a esa pagana como modelo de fe orante y humilde:Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Una fe grande porque ha superado la prueba, sostenida por la oración, y porque se centra en la persona de Jesús al que reconoce como Señor, y la mueve salir a su encuentro, no para buscar algo para sí, sino para liberar a su hija del espíritu del mal. Esa fe “grande” de la mujer se manifiesta en la confianza hacia Jesús y en el diálogo entablado con perseverancia indefectible, diálogo que logra cambiar los planes iniciales del Señor.

Este encuentro entre Jesús y la mujer pagana nos enseña que dialogar exige perseverancia y apertura en escuchar las razones y necesidades del interlocutor, y estar dispuestos a cambiar de opinión. En el diálogo con Dios nuestra vida se abre a su designio y al servicio a los hermanos, a la solidaridad y a hacer nuestros los problemas de los que sufren y están agobiados.

¡Qué todos acojamos esta enseñanza y aprendamos a dialogar, en nuestras familias y en todos los ámbitos de la sociedad.

De manera particular es muy deseable que los distintos candidatos, comprometidos en la campaña electoral, en sus debates recurran a un diálogo respetuoso, constructivo y enriquecedor, y no los vuelvan espacios de confrontación y de insultos!

Como para la mujer cananea, también en nuestra vida la fe y la oración tienen que ir unidas, y no pueden faltar en cuanto constituyen la actitud fundamental y necesaria del cristiano: oración y fe. La fe orante es diálogo con Dios, dialogo confiado de los hijos con el Padre, por el cual nosotros ponemos delante de él nuestras vidas, nuestras esperanzas y angustias y nuestros logros y fracasos en nuestro seguimiento a Jesús.

La fe orante es deseo de salvación, de intervención de Dios en nuestra vida, intervención que nos libera de nuestros miedos, de nuestros errores y pecados. Jesús nos asegura que Dios siempre acoge este pedido de salvación, porque su misericordia no tiene límites.

Por eso elevemos hoy, una vez más y con toda confianza, nuestras oraciones no solo por nuestra vida cristiana, sino abriendo nuestro horizonte a las grandes necesidades del mundo. Vamos a orar por la paz en las naciones sumidas en la guerra, las persecuciones y el terrorismo, para que cese esa violencia inhumana que causa tantas víctimas y que no para ni siquiera ante mujeres y niños inocentes.

Y esta violencia que sigue presente lamentablemente también en nuestro país, de manera particular en nuestra ciudad, una violencia sobre todo en contra de las mujeres como el último caso antes de ayer, de esa joven Sofía, esa persona que ha sido asesinada y deambulada en el coche del que la ha matado. Es el momento de que reaccionemos todos, no solo para reprimir sino para educar en respecto en la paz, y esto comienza desde nuestra familia, el valorar a toda persona, de manera particular a la mujer en su gran dignidad. Esto lo tenemos que hacer y también elevamos nuestras oraciones para esta persona y tantas otras víctimas en estos días, en estos meses en nuestra ciudad, para sus familiares y para que de verdad todos seamos constructores de este espíritu de respecto y de paz. De manera especial una invitación a los medios de comunicación que tanto pueden colaborar en este compromiso.

También acogemos la constante invitación del Papa Francisco a orar por él y que en estos días está realizando un viaje apostólico en Corea del Sud, para que el Señor le ilumine y bendiga con frutos abundante su anuncio y testimonio valiente de misionero del Evangelio de la vida y la salvación universal. Amén