Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “La Santa Cruz, el único punto firme y seguro de la humanidad”

Esta mañana están con nosotros un buen grupo de jóvenes que celebran los 30 años de la Pastoral Juvenil y Vocacional Arquidiocesana. A lo largo de estos años varias generaciones de jóvenes se han incorporado al caminar de esta pastoral de la alegría y de la esperanza que transmite el mensaje gozoso del Salvador a un mundo muchas veces triste y desorientado, a pesar de sus promesas de felicidad fácil y al alcance de todos. En la Pastoral juvenil los mismos jóvenes son llamados a ser evangelizadores de otros jóvenes, a hacerles conocer que Cristo es aquel que da sentido y llena sus vidas y que la verdadera felicidad se encuentra gastando la vida por Él y por el Evangelio.

Seguir a Jesús y a su Evangelio exige ser valientes, ser anticonformistas, ir en contracorriente de la mentalidad de hoy y estar dispuestos a sufrir incomprensiones, burlas y hasta persecuciones como nos recuerda la fiesta de la Exaltación de la Cruz que celebramos litúrgicamente hoy. Puede extrañarnos esta expresión: “Exaltación de la cruz”, exaltar al instrumento de suplicio y de muerte de los esclavos, al que fue sometido también Jesús.

Nosotros recordamos con mucho cariño y veneración la Santa Cruz de Jesús, no porque instrumento de muerte ni porque somos masoquistas como algunos nos lo reprochan, sino porque, por la cruz, Jesucristo se hizo nuestro Redentor y nos consiguió la salvación: en Él, este signo de muerte se ha vuelto signo de vida. El himno de nuestra ciudad y departamento que, por la feliz inspiración de los fundadores lleva el nombre de la “Santa Cruz”, expresa bien esta verdad: “Aquí plantó el signo de la Redención”, signo de vida. El pueblo cristiano en Bolivia, con su profundo sentido religioso, entiende a la cruz en su sentido verdadero y por eso manifiesta mucha devoción a la cruz, que encontramos a la cruz no sólo en las Iglesias y espacios religiosos, sino también en varios ambientes públicos, como colegios, hospitales, plazas y carreteras.

Desde niños hemos aprendido también a hacer la señal de cruz, en varios momentos de la jornada y ocasiones de nuestra vida. Es sin duda un hábito que hay que valorar, custodiar e implementar, sin embargo hay que cuidar de que no se vuelva un signo rutinario y vacío o peor un signo de magia o superstición. Tenemos que recordar que con este sencillo gesto profesamos los dos misterios principales de nuestra fe, los misterios del amor de Dios: Con las palabras profesamos la identidad de Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a imagen de la que hemos sido creados. Con el trazo de la cruz el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, que nos ha redimido. Cada vez que nos persignamos o besamos la cruz, renovamos nuestro agradecimiento a Jesús que nos ha salvado por la cruz y al mismo tiempo renovamos el compromiso de seguir sus pasos. La cruz es indudablemente el signo de la fe cristiana, así lo entienden hasta los enemigos de los cristianos: es noticia de estos días la destrucción sistemática de cruces en China y en países musulmanes. Pero, también en países que se definen democráticos, se retira la cruz de los espacios públicos bajo argumento de no ofender a personas que profesan otras religiones o que no son creyentes. La verdad es que la cruz y el crucificado resultan incómodos y cuestionadores para una sociedad sumida en el consumismo materialista, sin valores espirituales y sin referencia a lo sobrenatural. Ser cristiano hoy es tan difícil y comprometedor como en los tiempos de Jesús: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a si mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

La cruz de Cristo Redentor se levanta sobre la tierra como un signo claro de que Dios ha entregado a su Hijo por amor, como inocente cordero sin pecado, para que asuma sobre sí el mal y los pecados de toda la humanidad. La cruz no es un signo de impotencia y de fracaso de Dios, sino la expresión de su amor eterno y, por la resurrección, de su victoria sobre el pecado, el mal y toda clase de esclavitudes.

Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea tenga vida eterna”. En la cruz radica nuestra esperanza de vida nueva y de salvación, porque el corazón herido y los brazos abiertos del Crucificado están siempre dispuestos a acoger y redimir nuestro sincero dolor, y también a disipar el desconcierto y miedo por tanto dolor, injusticia, tragedia y muerte en la historia de la humanidad.

En esta perspectiva de fe asumen otro sentido el dolor y la muerte en nuestra vidas: ya no son una fatalidad y un misterio sin sentido que llevan a la desesperación y a la nada, sino la manera privilegiada de participar del misterio de vida que Cristo nos adquirió con su dolor, muerte. Jesús clavado en la cruz nos llama a ser parte de su misión liberadora, a ser misericordiosos y solidarios, a dar testimonio de amor, de justicia y de perdón, a sembrar esperanza en tantas personas sumidas en la miseria material y moral, personas, en su mayoría, víctimas de la marginación y explotación de un sistema economicista injusto e inhumano.

Tener la valentía de entregar nuestra vida junto a Cristo en la cruz, es salvarla: “El que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí y la Buena Noticia, la salvará”. Esta propuesta de Jesús es totalmente inconcebible para la lógica del mundo que tiene pavor y miedo a la palabra sacrificio y entrega, y huye ante el dolor.

La cultura actual busca la felicidad en la vida cómoda y egoísta, en el consumismo, la moda, la diversión, el éxito, el erotismo y hasta la droga. Este es el espejismo encantador del consumismo que se lo propone en particular a los jóvenes que están en el ojo de la publicidad: ellos son sus señuelos y objetivos preferidos.

Se exalta a la juventud como un estado a guardar a como de lugar, permanecer siempre jóvenes.

Sin embargo, este mito de eterna juventud y de una vida feliz, se funda sobre la inconsistencia de la apariencia, del momento fugaz, de la superficialidad y las falsas ilusiones que, ante la dura realidad de la vida, se esfuma como neblina al sol dejando un vacío existencial profundo.

La palabra de Dios de esta mañana, aunque cuestionadora y dura, es muy iluminadora y nos pone ante el verdadero destino de nuestra existencia humana, llamados a compartir para siempre la vida de Dios por medio de la fe en el crucificado y resucitado. “Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan vida eterna”.

El camino de la felicidad auténtica es el de la cruz, porque nos incorpora en el amor fiel y redentor de Dios en su Hijo Jesucristo, un amor que libera y salva de toda clase de atadura y esclavitud: “Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

Por eso, ante los falsos ídolos del consumismo y ante el horizonte incierto de una cultura relativista, les invito a todos, en especial a ustedes jóvenes, a elevar la mirada a la cruz, hacia él que “está levantado en cruz” el único punto firme y seguro de la humanidad. Los monjes benedictinos en muchos de sus conventos han puesto esta hermosa inscripción: en medio de todos los vaivenes humanos sólo sigue en pie la Cruz“. Esta es la certeza que nos llena de esperanza y que nos anima a seguir con valentía y entusiasmo a Jesús en el camino de la cruz.

Amén