Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “El Estado no cumple con su deber de garantizar el sostenimiento de los huérfanos”

Queridos hermanos y hermanas:

El texto evangélico de hoy, al igual que los domingos anteriores, se enmarca en un clima de controversia entre sectores de poder religioso y político y Jesús. Esta vez es un maestro de la ley del grupo de los fariseos que, al enterarse del fracaso de los saduceos,  busca poner a prueba a Jesús, preguntándole sobre el mandamiento más importante de la ley de Moisés.

Jesús, responde con las mismas palabras de la ley: “Amarás al señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu”. Esta afirmación indica que, para tener acceso al Reino de Dios, no es suficiente la profesión de fe, sino que ésta debe traducirse en un amor que involucra a todo nuestro ser, todas nuestras facultades.

Pero el amor a Dios tiene que manifestarse en el amor a los hermanos: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Sin el amor al prójimo no hay amor a Dios, como nos dice el apóstol San Juan: “El que dice – amo a Dios – y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve”. El amor a Dios y a los hermanos, no se reduce a sentimiento, emoción, pasión, sino que es entrega, donación y servicio a favor de Dios y los hermanos, manifestados en obras concretas.

Esto es lo que pide Dios, en la primera lectura del Éxodo, donde  Él se presenta como el defensor de los pobres: cumplir con el mandamiento del amor es ser justos y solidarios con los pobres y marginados. “No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto”. El problema del maltrato y opresión de los extranjeros, no era algo solamente de ese tiempo, es una problemática que siempre ha acompañado la historia de los pueblos. También hoy asistimos al drama de tantos migrantes en el mundo y también de nuestro país, gente que deja su tierra en busca de nuevas oportunidades de vida. Muchos hermanos y hermanas ni siquiera logran cumplir con su sueño, porque en las fronteras se los devuelve a su país,  porque encuentran la muerte en el camino, porque son victimados por traficantes de personas como en los confines entre México y Estados Unidos, o porque mueren ahogados en el Mar Mediterráneo como los miles y miles de migrantes de África.

Y los que logran llegar a un nuevo país, a menudo son mirados con desconfianza, son sometidos a atropellos y no se les reconoce el derecho de participar plenamente en la vida social y política. Desgraciadamente sufren esta misma suerte miles de refugiados que han tenido que huir de su tierra ante la persecución religiosa en Medio Oriente, y que viven en condiciones precarias, recluidos en campamentos.

Dios pide a su pueblo de no maltratar a los extranjeros y de darles un trato justo y solidario, recordándoles que ellos también fueron extranjeros y esclavos en Egipto. También nosotros tenemos que recordarnos que somos extranjeros y peregrinos en esta tierra, y que por tanto no debemos discriminar a las personas nacidas en otros lugares, y más bien considerarnos todos hermanos llamados a compartir, en igualdad y solidaridad, los bienes de la creación, derribando fronteras y desterrando odios y miramientos.

Como hemos escuchado, Dios pide a su pueblo no olvidar su historia pasada, mantener viva la memoria de las injusticias y sufrimientos soportados en Egipto y sobre todo de su intervención liberadora.

La memoria histórica de su alianza con Dios, ha sido el fundamento de la fe del pueblo Israelita y su guía hasta el día de hoy, memoria guardada y transmitida en familia, en los santuarios y las fiestas, en especial en la Pascua judía.

En nuestro país hace mucha falta memoria histórica. Con mucha facilidad se olvidan acontecimientos y males que han causado sufrimiento y dolor, y desconociendo esas lecciones se cae en los mismos errores con graves perjuicios para el presente. De la misma manera se olvidan los méritos de personas que han aportado mucho a la vida del país, como es el caso de nuestro querido Cardenal Julio Terrazas. Cualquier persona que tenga memoria y una mirada transparente y sincera de los hechos, no puede expresar falsedades e insultos como los que ha vertido una autoridad del Estado en días pasados. Por el contrario, reconocería su trayectoria de Pastor y su gran contribución a la vida de Bolivia, no sólo en el aspecto espiritual y en la propagación de los valores humanos y cristianos, sino en la recuperación y consolidación de la democracia y de la paz. En total fidelidad al Evangelio, nunca ha dejado faltar su palabra profética y su testimonio coherente en defensa de los pobres, de la justicia y de la verdad, preocupado de agradar a Dios más que a los poderes de turno. A él nuestra sincera solidaridad y nuestra oración.

Pasamos a los otros mandatos de Dios de la 1era lectura: “No harás daño a la viuda ni al huérfano… Si prestas dinero… al pobre, no te comportarás con él como un usurero… si me piden auxilio, Yo escucharé su clamor…”. Dios escucha  el grito y acude en defensa de todos los oprimidos de su pueblo representados por esas categorías: los pobres que piden prestado dinero, y las viudas y los huérfanos, víctimas de toda clase de abusos.  

Esta realidad de desamparo, aunque no en esos extremos, se da también en nuestra sociedad, específicamente me refiero, como muestra, a la situación de los niños huérfanos acogidos en los hogares. En los últimos tiempos, y a pesar de la bonanza económica, las contribuciones públicas se han vuelto totalmente insuficientes para la educación y sustento digno de esos niños. Los hogares logran a duras penas subsistir gracias a la ayuda solidaria de bienhechores de nuestro y otros países, porque el Estado no cumple con su deber de garantizar el sostenimiento de esos huérfanos, los más pobres entre los pobres. En efecto, los políticos se recuerdan de los pobres cada cuatro o cinco años para conquistar sus votos en las elecciones, pero de los niños huérfanos no se recuerdan, porque ellos no votan.

Faltan pocos días a la Solemnidad de Todos Santos, una fiesta religiosa muy sentida por nuestro pueblo,  marcada por lindas tradiciones y un gran movimiento alrededor de los cementerios, expresiones de nuestro cariño para con nuestros seres queridos difuntos y de nuestra fe de que ellos siguen vivos en Dios. Son tradiciones que tenemos que guardar con mucho cuidado y cariño, para que no se pierdan ante el avance de “halloween”, fiesta propia de una cultura ajena, que en nuestro ambiente, impulsada por intereses meramente comerciales, pierde su sentido originario y solo es ocasión de diversión.

Por eso les invito a vivir con intensidad, en estos días, el misterio de “la comunión de los santos”, a sentirnos unidos, vivos y difuntos, en el vínculo del amor de Dios, y que nuestras devociones y celebraciones sean signos claros de “vida y esperanza” más allá de tantos signos de muerte. Amén